(3.5/5). Al igual que me ocurrió con otro ensayo de Mario Sabán (La cábala. La psicología del misticismo judío), debo decir que me resulta interesante y audaz lo que aquí el autor nos cuenta. Sin embargo, me resulta algo cansino (y quizás parcialmente fallida) la empresa. Y, por otra parte, es de agradecer la la exquisita divulgación que se nos regala, de un modo accesible para un lector con conocimientos medios. Me explico.
El ensayo me resulta parcialmente interesante dadas mis lecturas previas sobre misticismo, esoterismo y mística, incluyendo lecturas de índole judía (sobre la mística de Abraham Abulafia -por Moshe Idel- , o alrededor de las teorías de Scholem y sus "Conceptos básicos de judaísmo"). Me ocurre que los conceptos y enseñanzas más atrevidas e interesantes expuestas por Mario Sabán (sobre el deseo, la ignorancia, la humildad, el ego, la distorsión de la realidad, el vacío...) las he encontrado ampliamente recogidas y de un modo menos "críptico" (pero sí poético) en el budismo y el taoísmo, el psicoanálisis o las diversas místicas (Ibn Arabi, Meister Eckhart, etcétera).
Personalmente, el quid para mi, es que Saban esgrime una pátina hermética (demasiada nomenclatura, números y letras mágicas) un tanto innecesarias viendo las directrices y adagios (fórmulas de cabalistas) con los que toca tierra. Mientras que se pueden entender los metadiscursos de, digamos, el psicoanálisis, en tanto su supuesta oscuridad en verdad es un método propio para sortear las trampas del lenguaje, aquí Saban rehuye del metalenguaje alquímico medieval pero insufla de maleza mensajes que, a la postre, no son tan complejos. De hecho, formarían parte de los principios fundamentales de la tradición filosófica de los últimos siglos (me refiero a Montaigne y a Nietzsche, a Freud y a Heidegger...)
No es que las perlas de sabiduría y de psicología que se encuentran en este opúsculo no sean interesantes, pero no siempre me transmiten la profundidad (no calan, no traspasan, no vibran) como las de otras lecturas y autores comprometidos también con lo enigmático de la condición humana y su lugar en el cosmos. Quizás más que el contenido el problema sea la forma. En fin, las comparaciones son odiosas y si bien llama la atención la empresa de Mario Saban y sus enseñanzas universitarias, sin duda meritorias en tanto a divulgadoras de la Cábala (y extrayendo su potencialidad psíquica), el método, pedagogia y saber no siempre me resultan un estímulo -o una revelación- a la altura de su potencialidad. Y, pese a todo, hay muchos fragmentos iluminadores.