Cuando siento que necesito desviar mi mente ansiosa, estresada o llena de agobio necesito desviar mi atención hacia un lugar en el que mi mente descanse de ello. La fórmula de libros «confortables» nunca me ha funcionado del todo, pero he descubierto que lo que a mi me ayuda a veces, es llevarme a los lugares más oscuros, densos y extraños (al menos literaria o cinematográficamente hablando) que ocupen el lugar de aquellos otros pensamientos desgastantes.
Con esa idea comencé este libro. Gran decisión. Uno a uno, los relatos fueron adentrándome en esa extrañeza y ese lugar fantasmagórico, alucinante, retorcido, doloroso, y algunas veces también, triste. Pero no una tristeza emocional, sino aquella que se acerca más a una desolación, a una resignación de entender que lo que está frente a ti, es más real de lo que sugiere la fantasía. Es locura y enajenación. Ese encuentro inesperado con miedos arrinconados que se expanden a poco de que te hagas presente.
Para mi, adentrarme en cada historia fue caminar en la mente de espíritus, fantasmas, y seres monstruosos o fuera de sí. En muchas ocasiones tuve que regresarme a confirmar que lo que estaba entendiendo correspondía a lo que había leído, pues las imágenes que se formaban en mi, eran confusas e irónicamente se mantenían bajo el marco de una realidad posible, consciente de que los temas tratados en cada relato, provienen de un lugar sombrío en la mente de un escritor que lleva una carrera forjada en esos mundos oscuros e insólitos y a los que pocas veces queremos o logramos asomarnos a voluntad.
De doce relatos diez me han atrapado, de ellos, cinco me han desbordado. Un par los he leído dos veces, y uno lo he leído en voz alta: Damián. Mención honorífica para Añoramos la lluvia y Odio.