Es el primer día de clases de Kike en el prestigioso colegio de hombres General Santelices. Él, como muchos otros hijos de familias en busca de una oportunidad, tendrá que pasar por el ritual escolar de los llamados “liceos emblemáticos”, en los que rige la ley del más fuerte, la disciplina y la competencia. En ese camino empinado y cruel, encontrará la amistad en algunos compañeros, quienes se convertirán en el pilar fundamental para aprender a sobrevivir, comprenderse y disfrutar parte de su viaje escolar. Días salvajes de Horacio Santander es un retrato brutal y estremecedor, tierno y entrañable, que muestra de frente el corazón del sistema escolar chileno.
Esto debería ser lectura obligatoria en los colegios y en la U y en la vida. Novela gráfica sobre el sistema educativo chileno, crecer en la clase media baja, el mito de la meritocracia, la importancia de la amistad, afectos masculinos, etc.
Días Salvajes retrata lo más crudo y lo más bello del paso de estudiantes de enseñanza media en un liceo emblemático. No puedo evitar referirme a mi experiencia en uno de esos colegios, salí hace 10 años del Liceo 1 y, a pesar de las diferencias propias de las dinámicas entre los géneros, hay elementos que se repiten y que pude identificar: el ambiente hostil por parte de profesores y directiva, la exigencia académica estresante, la búsqueda por "ser alguien, ser el mejor" a la vez que escuchas el discurso de profesores en el que dejan claro que eres uno más entre 45 estudiantes en uno de los 12 o más cursos del mismo nivel. Cuando Kike entra al Colegio General Santelices, recordé cuando entré al Liceo 1 y los profesores (sin excepción alguna) nos repetían que teníamos que cuidar nuestro lugar en esa institución, porque si no lo hacíamos, "hay 100 niñas más esperando ocupar su asiento". Esa hostilidad muchas veces se traspasa a las dináminas entre estudiantes, el ciclo de la violencia emprende su marcha. Esa misma violencia que provoca que algunos compañeros decidan irse, ya sea del liceo/insituto o de este plano terrenal. Hay cosas que una persona de 12 años no debería escuchar, por más que puedan ser ciertas (¿somos más que un número dentro del montón?). Lo bello está en encontrar contención en medio de ese caos, en medio de los abusos y el estrés. La amistad que hace esos 6 años más llevaderos, aunque pueda resultar en una amistad que se queda en esos años. Por otra parte y sobre algo que no sé, qué hermosa ilustración.
Estudiar en un colegio público de hombres, encajar con la manada, darle una vuelta a la vida y ponerle ganas para salir airoso de esa selva. Muchas personas recuerdan sus mejores días en la universidad, guardando con cariño esa etapa y olvidando lo que fue el liceo, quizás porque la inmadurez de entonces parecía opacar todo lo demás. No es que yo no recuerde la universidad con afecto, pero la cantidad de cosas que pasaron en el colegio hacen imposible no tenerle cariño a ese tiempo y a esos compañeros que estuvieron a mi lado, haciéndome sentir, con el paso de los años, que todo eso tuvo sentido. O, más que sentido, que fue una forma de escapar de la realidad, tal como lo hacen El Gato y Kike, buscando refugio en medio de tanta hostilidad.
Creo que una de las principales razones por las que me gustó esta obra radica en la sensibilidad y la sinceridad con que se abordan los distintos momentos. El relato nos acompaña desde séptimo básico (primer año en el liceo emblemático) hasta cuarto medio (último año), ofreciéndonos seis años de estadía junto al protagonista. Y, por supuesto, cada año es un proceso completamente distinto: no se siente igual estar en séptimo que en segundo, ni menos en cuarto medio. Cada etapa tiene su propio peso.
Siento que esta historia es una radiografía honesta y emotiva de la educación chilena en tiempos milenials, especialmente para quienes pasaron por liceos emblemáticos. No es la realidad de todas y todos, pero sí muestra, con crudeza y humanidad, lo violento que puede llegar a ser simplemente sobrevivir la etapa escolar.
Soy bastante mala para leer trabajos nacionales de este tipo, en parte porque desconozco muchos y por otra, porque estoy en mi leer-libros-y-no-tantos-comics era. Tengo que decir que quede gratamente sorprendida con este. TANTO, que es parte de mi inspiración para comenzar a hacer mis propios comics.
Pocas veces en media veo representada la sensibilidad de las infancias y adolescencias masculinas, más aun en espacios como los liceos emblemáticos donde la presión tiene consecuencias irreparables en ocasiones. Ser adolescente ya es un tema complejo por los cambios y la transición a la adultez sin embargo, esta obra nos recuerda lo importante que es estar en un espacio donde podamos ser nosotros mismos y donde podamos conocer a otros semejantes a nosotros, que nos hagan más fácil el tortuoso camino de crecer.
Lo leí súper rápido, lo tome prestado de la biblioteca siguiendo los comentarios positivos que había leído y escuchado sobre la obra. No mentiré, no me sentí convencida porque el estilo de dibujo está muy alejado a lo que acostumbro a leer, pero le di la oportunidad y me gustó mucho.
La forma de narrar, las cosas cotidianas y las ambiciones que se tienen a edades temprana, me parecieron muy bien logradas.
Es rápido de leer, aún tomándote el tiempo para analizar el dibujo.
Me dejó una sensación de nostalgia en el pecho, la misma sensación que me dejó la película Stand by me, donde la amistad en importante y siempre formará parte de nosotros, aunque ya no estemos en el mismo camino.
Días salvajes debe ser la mejor representación que he visto de la experiencia chilena adolescente de los 2000. En sus páginas no solo se respira ese olor de lo que fue crecer, sino una experiencia cultural compartida en la que se cruza política, masculinidades, el coming at age y más.
Creo que se asemeja mucho a lo que logra Blue spring, solo que en versión chilena.
Me atrapó desde el inicio, y en verdad logró encariñarme con todos sus personajes, hasta los antagonistas.
Excelente historia, el lector pasa por diferentes estados que no te imaginas, sus personajes son claros y te encariñas. Los pequeños detalles lo hacen ser una excelente experiencia.
Me hace muy feliz que, luego de tantos años siendo testigo del talento de mi amigo Horacio, haya podido terminar de leer esta obra salida directo desde sus entrañas (guácala) (no se me ocurrió una palabra más poética) hasta llegar a mis propias memorias enterradas bajo la alfombra que suelo entender por etapa escolar. Estudiar en un liceo "emblemático" o en un colegio de excelencia académica, como solían ser en la época retratada en Días Salvajes, era una experiencia completamente tortuosa y despersonalizada, bastante dañina para tratarse de una etapa en que uno intenta a toda costa formar algún tipo de identidad, por más básica que sea. "Un trauma en común", como suelo bromear cuando me encuentro con cualquier egresada de mi liceo que, si bien probablemente no me haya topado nunca, vivió la misma experiencia, al mismo tiempo, con los mismos profesores e inspectores, y, por ese entonces, la misma directora facha, esposa de un ex-milico –ya que Cristian Labbé tenía a todos los directores de colegios de la comuna perfectamente seleccionados– que nos mantenía a todas vigiladas y clasificadas en sus archivadores de Orientación. Días Salvajes es una obra sensible que pone en valor a todas esas personas olvidadas en el pasado que nos acompañaron e inevitablemente nos hicieron ser quiénes somos: héroes y villanos, compañías casuales y fugaces, personajes en el fondo de la escena, otros inalcanzables objetos de admiración, y personas que parecían ser más desafortunados que uno mismo, imprescindibles para terminar de medir la posición propia y calcular tu valor personal como individuo, porque así nos enseñaban a relacionarnos. Este cómic reivindica a aquellas otras criaturitas en formación, tan perdidas como uno, que hicieron que los largos 12 años pudieran llegar a ser llamados los 12 "juegos".