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230 pages, Kindle Edition
Published June 5, 2024
Nos mira Ramón Lobo desde sus sesenta y pico años aparentemente bien llevados en la portada de este libro. Medio de lado, con los brazos cruzados, luciendo una simple camisa de rayas, su cabeza entrecana vuelta hacia nosotros, nos sonríe con los ojos, como celebrando conocernos. Su boca casi desaparece bajo el blanco mostacho y la canosa barba; en cambio, sus ojos divertidos, amigables, transmiten serenidad y alegría de vivir bajo esa frente poderosa, amplia, libre de preocupación, miedo, rabia o cualquiera de los sentimientos que podrían habitar su mente. No en el momento de hacer la foto, desde luego. Es como si hubiera querido dejar huella no solo con su libro, sino también con su propia imagen, donándola generosa o egoístamente, o quizá ambas cosas, pues el dar tiene algo de las dos.
El autor, del que no había leído más que artículos de corresponsal de guerra años atrás, y de quien siempre apreciaba su forma de abordar la vida en esas zonas en conflicto, su manera de describir las situaciones extremas, su visión de las personas que las sufren, ahora me reclamaba desde la portada de su libro con esa mirada que es casi un guiño. Luego, al leer en la contraportada que lo había escrito como sus memorias póstumas, supe que quería formar parte del grupo de lectores que lo siguieran en su último viaje literario.
No me ha defraudado en ningún momento. La ironía o el humor no están enemistados con la expresión de la melancolía, el miedo o la fragilidad humana que desarrolla Lobo en poco más de 200 páginas. Hay anécdotas, rememoraciones de viajes, buceos en su infancia y adolescencia, marcadas por relaciones familiares no siempre fáciles. Y, claro está, reflexiona sobre la muerte: la suya, que le aguarda cercana, así como la de otros que ha visto marcharse antes. Así, nos hace partícipes de su meditación particular, que le sirve tanto para considerar su propia desaparición con cierta distancia y desapego como para evidenciar el miedo que le seguimos teniendo, como sociedad e individualmente, a ese final de nuestra existencia del que no sabemos nada. Pero, como dice el autor: “El viaje ha sido maravilloso, pleno. (…) Mereció la pena”. También a mí me ha merecido la pena leer este libro. Gracias, Ramón.