Debo cultivar más el don de la paciencia para evitar estos desagradables equívocos. Si hubiera reflexionado un poco más antes de valorar este libro de seguro no luciría cuatro estrellas, tres a lo sumo; si hubiera reflexionado aún más, con suerte tendría dos. Pero no, con cuatro se va a quedar, y ahora voy a explicar por qué.
Todos los seres vivos se presenta como un díptico enfrentado, dos biografías de dos naturalistas contemporáneos con pretensiones y trayectorias muy similares que han dejado improntas en la ciencia muy diferentes: el primero, Carl Linneo, un héroe personal que, a su pesar, asentó las bases de la teoría de la evolución al diseñar el método sistemático y de nomenclatura binomial en virtud del cual todos los seres vivos pueden describirse, catalogarse y clasificarse; el otro, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, también creador de un ambicioso sistema mediante el cual abarcar la inmensidad de la diversidad de la vida que, sin embargo, se negaba a catalogar y clasificar lo que consideraba inabarcable e inclasificable. Linneo cambió la manera de entender la naturaleza, Buffon, en cambio, se convirtió en el primer divulgador científico; Buffon en vida fue una celebridad, una autoridad heterodoxa venerada dentro y fuera de Francia, en tanto Linneo malvivió la mayor parte de su vida y no fue sino muerto que su obra se convirtió en base científica y método establecido hasta nuestros días para ordenar y entender la naturaleza.
Sin embargo, Jason Roberts considera que la historia ha sido injusta y se erige como vindicador del naturalista francés. El biógrafo no escatimará esfuerzos en presentarnos al conde como un ser incomprendido desde que hiciera sus pinitos en la silvicultura experimental y al vicario frustrado con las galas más desagradables posibles. Roberts, ladino como abogado, presenta una sólida bibliografía como aval y demuestra que la verdad es un concepto flexible, que una vida puede ser una y muchas según la lente con que se la estudie; Roberts no miente, pero no es honesto.
La tesis de que Buffon nunca fue reconocido como el gran científico que era no es del todo cierta, pues no hay más que tomar cualquier manual científicos para advertir su nombre en varios párrafos, no solo limitados a la sistemática o la clasificación, también en la geología. Porque Buffon, como empirista recalcitrante, fue de los primeros en calcular de manera experimental la edad de la Tierra por el intuitivo método de medir el tiempo que tardaba en solidificarse una esfera de hierro fundido. Que no fuera reconocido tampoco se sostiene cuando su gran obra, Historia natural, fue un bestseller durante el siglo XVIII y XIX, y pocas eran las bibliotecas de los más importantes naturalistas que no contaran con varios de sus volúmenes. Esto, por supuesto, lo reconoce Roberts, aunque asume tácita e injustamente que la figura de divulgador científico está por debajo de la del científico. Creo que a cualquiera de los lectores de esta reseña le sonarán nombres como David Attenborough, Félix Rodríguez de la Fuente o Carl Sagan y coincidirán que su fama e influencia ha sido más significativa que la de muchos científicos contemporáneos. Sagan, además, no era solo un excelente divulgador, también un gran científico con importantes aportaciones a la astrofísica. Otro punto de su alegato es que la obra de Buffon era, en origen, mucho más atrevida y adelantada, pero que una serie de oscuras confabulaciones obligaron al autor a expurgarla. Esto, de nuevo, tampoco se sostiene, y es el mismo Roberts quien sabotea su argumentación. Es conocido que Buffon tenía ideas que se adelantaban en un siglo a las de Charles Darwin, de la misma forma en que las tenían el abuelo de éste, Erasmus Darwin, Maupertius o el naturalista español Félix de Azara, y Roberts señala cómo al propio Darwin, años después de publicada su teoría, se le llamó la atención al respecto y el mismo admitió. Es decir, estas ideas atrevidas, por silenciadas o censurada que estuvieran según Roberts, eran lo suficientemente accesibles al gran público como para suscitar una reflexión. Sin embargo, y esto es algo que olvida Roberts, una epifanía atrevida no es una hipótesis, ni mucho menos una teoría, y la teoría de evolución de Darwin es mucho más que un conjunto de ideas atrevidas. Pero eso ya es otra historia.
¿Y en que lugar deja a Linneo esta apología a Buffon? Como he dicho, este libro está construido como un díptico enfrentado y una reivindicación, por lo que si Buffon es el injusto olvidado, el Rocky de esta historia, Linneo tiene que ser el arrogante campeón, un Apollo Creed con la percha de Dolph Lundgren. De nuevo, la bibliografía que maneja Roberts nos asegura credibilidad y rigor, lo que leemos es lo que ocurrió y, sin embargo, no lo es. En un tiempo en que la botánica no existía más que como una disciplina adventicia de la medicina, Linneo no lo tuvo fácil a la hora de medrar, pero consiguió hacerse un gran nombre gracias a unos rudimentarios sistemas de clasificación que, con el tiempo, se convertiría en el sistema de clasificación con el que trabajan los biólogos a día de hoy. Estos primeros éxitos y su fama posterior le hizo arrogante, pecado imperdonable para el biógrafo tendencioso que sabe qué poner en primer plano. Para Roberts, Linneo es una figura desagradable, seguramente porque lo era; pero eso no demerita sus aportaciones científicas, y en una semblanza objetiva esta particularidad de carácter sería una anécdota, no la base sobre la que levantar una causa. Por cierto que, si debemos hablar cómo la egolatría de Linneo condujo a varios de sus seguidores, sus apóstoles, como los hacia llamar, tampoco debemos olvidar las limitaciones y dificultades que tenía tanto el botánico como la Universidad de Upsala para emprender expediciones científicas, limitaciones que el conde de Buffon no tenía, como podrán adivinar por la dignidad del título que ostentaba.
Lo que si es objetivamente cierto es que Buffon fue más famoso e influyente en vida que Linneo, y que éste lo fue mucho más que Buffon en la muerte ¿A qué se debe esto? Si desdeñamos las conspiraciones que tanto parecen gustar a Roberts, la realidad resulta ser mucho más prosaica. Roberts da lo que considera su estocada definitiva al sistema del sueco en los últimos capítulos, en los que, ya muertos ambos científicos, confronta sus obras con lo que ahora se sabe sobre sistemática y concluye que el sistema linneano se ha revelado como la elección equivocada y que fue Buffon quién confeccionó la mejor herramienta de clasificación. La ciencia retrospectiva, sin embargo, no es ciencia, y no explica por qué Linneo triunfó donde Buffon no. Linneo creo un sistema de clasificación util y manejable tan sencillo y flexible que permitía añadir mejoras para solventar sus muchas equivocaciones, en tanto que Buffon diseñó un sistema tan ambicioso como imposible de llevar a la práctica: Linneo quería catalogar la vida, por lo que tenía que reducirla a compartimentos estancos, Buffon, que solo veía la grandeza de la vida, se negaba a constreñirla. El sistema de clasificación de Buffon era excesivamente complejo, y lo que es peor, altamente mutable: solo lo entendía Buffon. El sistema linneano, si bien imperfecto, se mostró lo suficientemente flexible como para permitir su modificación posterior y necesaria, primero, a la luz de la evolución y, segundo, a la nueva definición de especie. Es esto, y no otra razón, lo que convierten a Linneo en un pilar de la ciencia y a Buffon uno de los muchas lumbreras que dan lustre a tan insigne institución.
Jason Roberts nos trae dos biografías interesantes y bien contextualizadas que, desafortunadamente, adolecen de una falta de rigor y honestidad por pretensiones espurias. Si Roberts se hubiera limitado en su ensayo a realizar un retrato y semblanza de una época, muy seguramente me hubiera mostrado más indulgente a la hora de juzgar tanto su resultado como sus intenciones. Sin embargo, nada me había preparado para lo que encontré en los últimos capítulos. Fue antes de llegar a ellos que coloqué precipitadamente estas cuatro estrellas, y fue tras su lectura y meditación que juzgue en libro bajo una nueva luz. Para todos aquellos que se animen a leer este ensayo les recomiendo encarecidamente que, luego de muerto Buffon, asuman que ya ha terminado y se queden con el buen saber de boca que da conocer la vida y obra de dos personajes singulares. Porque, si deciden adentrarse en las siguientes páginas, lo único que encontraran será una sarta de inexactitudes, errores históricos y científicos y manipulación directa de las fuentes, que te harán dudar de algo más que las intenciones del autor.