Por último —y pidiendo de antemano una disculpa a Chomsky por seguir llamándolo así—, voy a compartir dos frases que resumen lo más valioso que he aprendido del sabio del norte y del sabio del sur, y que identifico como los valores esenciales para que el Águila y el Cóndor vuelen juntos de nuevo:
«Piensa por ti mismo». Noam Chomsky.
«El verdadero triunfo es levantarse cada vez que uno cae». Pepe Mujica.
Pensamientos y principios políticos de izquierda, incluso radicales («Para mí, la izquierda tiene que ser más revolucionaria que nunca.»), y además: gran inteligencia, gran conocimiento, gran sabiduría, gran elocuencia. Testimonios extraordinarios de dos hombres decentes, muy notables, muy humanos, recopilados con inspiración por Saúl Alvidrez, lo cual, forzado por las circunstancias, se desvía de su camino en su intento de crear un documental emblemático.
También: mucha esperanza, mucha ilusión. ¡La necesitamos!
Compré las ediciones en español e inglés del libro y el audiolibro; ¡espero que esto le sea útil!
Vamos a ver:
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(...) la vida no tiene sentido; el sentido de la vida es aquel que uno le da.
(...) es indispensable advertir que cuando uno está acorralado la única salida es hacia adentro, y esto significa que, al perder el rumbo, uno debe escucharse a sí mismo y confiar en eso, aun cuando aquello contradiga las cuotas sociales del grupo al que pertenece.
(...) tener un propósito en la vida superior a uno mismo, y creo que una vida con propósito es la única vacuna para la mayor pandemia del siglo XXI: la depresión. (...) Es preciso hacer lo que amamos, y todos aquellos que se entreguen a una causa superior están inevitablemente llamados a lo extraordinario.
(...) la inteligencia humana ha creado una tormenta perfecta y, si esto continúa, es poco probable que nuestra especie sobreviva mucho tiempo.
Mayr concluye: «La historia de la vida en la Tierra refuta la teoría de que es mejor ser inteligente que estúpido».
Los dos asombrosos desafíos que enfrenta la especie humana para una supervivencia decente son, por supuesto, las armas nucleares y la catástrofe ambiental. Y la mejor defensa contra el desastre terminal sería una democracia funcional en la que los ciudadanos informados y comprometidos se unieran para desarrollar medios capaces de superar las amenazas, como de hecho se puede hacer.
En marzo de 1952 Stalin hizo una propuesta muy importante; ofreció aceptar la unificación de Alemania con una sola condición: que Alemania no se uniera a la OTAN, una alianza militar que consideraba hostil para la URSS. Stalin dejó abierta la posibilidad de elecciones en Alemania, que Occidente claramente iba a ganar, y esto habría terminado con la Guerra Fría, la amenaza de conflicto y la amenaza del desastre. De hecho, hubo un analista político muy respetado en esa época que sí discutió la propuesta de Stalin: James Warburg, quien publicó un importante libro al respecto titulado Alemania, clave para la paz. En ese libro básicamente ridiculiza la propuesta de Stalin diciendo que no se debía tomar en serio, y de hecho no se hizo nada al respecto. Es más, cualquiera que lo mencionara en los años siguientes era automáticamente descartado y agraviado. Yo lo hice y eso fue lo que pasó. Él [Warburg] contestó: «¿ Cómo se puede tomar en serio algo así?».
Recientemente, se han desclasificado algunos archivos rusos y resulta que la oferta era en realidad bastante seria.
(...) los esfuerzos para evitar la catástrofe ecológica están siendo liderados en todo el mundo por lo que llamamos sociedades primitivas: primeras naciones, comunidades tribales, aborígenes.
Estoy convencido de que no hay crisis ecológica o nuclear, hay crisis política. Hemos desatado una civilización que no tiene mando político, está gobernada por los intereses de mercado; la política quedó subordinada a los intereses de mercado.
La izquierda, como todos los demás, debe reconocer el hecho de que por primera vez en la historia humana estamos enfrentando decisiones que determinarán si nuestra especie sobrevivirá o no.
(...) el milagro mayor que hay es la vida. Mirá, cuando yo era más joven era humanista, me parecía que la vida humana estaba en el centro. Pero ahora que estoy viejo soy menos humanista; ahora amo la vida, la vida de un pastito, la vida de una hormiga, la vida de una cucaracha… ¡La vida!, esa diferencia que nos separa de lo inerte. A ese mundo pertenecemos.
¿Sabés cuál es el único triunfo en la vida? Levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae. (...) es indispensable tener una causa para vivir; solo así podrás levantarte al caer. (...) en el mundo se aprende mucho más con las derrotas que con los triunfos, siempre y cuando las derrotas no te destruyan, y eso depende de ti.
El concepto de desarrollo económico debe llevar a caballo el concepto de felicidad humana.
(...) felicidad no es equivalente a placer; felicidad es equivalente al equilibrio de sentir que uno está cumpliendo con alegría y con ganas en lo que se compromete.
(...) precisamos desarrollo, ¡pero precisamos también un poco de vida humildemente feliz! Por eso insisto en que hay una cosa muy importante y desatendida: el tiempo humano para cultivar los afectos.
Para los aimaras, pobre es aquel que no tiene comunidad; para Séneca, pobre era el que precisaba mucho.
En este momento, nuestra democracia es fundamentalmente una plutocracia. Se le llama democracia, pero esto no es democracia.
Desde el punto de vista antropológico, somos unos seres insoportablemente engreídos. Nos creemos muy importantes, todo está sometido al hombre. Estamos haciendo una barbaridad. No sé por qué vale más la vida nuestra que la de una cucaracha, si tras las guerras nucleares solo ellas van a quedar ¡y nosotros desapareceremos!
Esta lucha por los derechos de la naturaleza es una contribución a la vida supuestamente civilizada que, de hecho, viene principalmente de las sociedades indígenas y tribales del mundo.
Poderosa e irresponsable, frenética e inestable, la humanidad debe convertirse en adulta en las próximas décadas, pues de lo contrario nuestra especie se autodestruirá o, con un poco de suerte, volverá a la era de palos y piedras para comenzar de nuevo. Esa es, nada menos, la misión histórica de millennials y centennials: construir una civilización de adultos capaz de relevar a tiempo la inmadurez programada que amenaza con cancelar el futuro de la especie humana.
Adulto es aquel que se hace responsable de su propia vida, un individuo que toma decisiones y asume consecuencias con autonomía e independencia. Sin embargo, aunque hoy nuestras sociedades están llenas de individuos mayores de edad, el mundo carece de ciudadanos cabalmente adultos porque estamos estructuralmente impedidos para serlo.
La lucha ahora es por hacer a los administradores del sistema tan obsoletos como las películas en formato VHS o la música en CD, y eso implica construir de manera autónoma y colectiva modelos de organización paralela que sean más eficientes que el modelo que justifica la existencia del poder monopolizado y los representantes tradicionales. (...) Los usuarios deben gobernar el sistema, lo cual sería sin duda toda una revolución, pero tal proeza civilizatoria requiere un cambio cultural que ponga en el centro el paradigma de la autodeterminación colectiva.
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