Cantaban triste, aunque maravillosamente, palabras como estas, Señor mi Dios, misericordia, borra mi culpa, por tu gran compasión... Cantaban aquí, en este cuarto, las cuatro viudas cantaban. Entre estas cuatro paredes, alababan al Señor y le pedían perdón, y era hermoso, hermosísimo, su canto triste. Yo cerré los ojos y creí en Dios. La voz de ellas contenida entre estas paredes, tan cerca de mí, dirigiéndose tan directamente a la altura de mi pecho, me hizo creer que los seres humanos, todos ellos, ahora y siempre, son animales racionales hijos de un Creador que los quiere bien. Si no, ¿por qué les habría dado el don de la voz?