Habiendo leido Hierba, de la misma autora, el año pasado, llegué a este libro con muchas expectativas y la verdad es que me ha decepcionado un poco. Creo que tenía la vara muy alta. Ojo, el libro está muy bien, trabaja temáticas muy pertinentes y removedoras emocionalmente, hace reivindicaciones importantes. Pero también hubo aspectos que no me gustaron del todo.
La lectura de novelas gráficas siempre suele ser rápida, pero en este caso se me hizo una lectura corta. Precipitadamente se terminó, casi sin que me diera cuenta. Y a lo largo de todo el libro tuve la sensación de que los temas eran tratados con rapidez y cierta superficialidad. Creo que se habría podido profundizar mucho más en ellos y por el contrario encontré elementos innecesarios, que aportaban poco. En el epílogo la autora aclara que prefirió, a diferencia de Hierba, ficcionalizar sobre los testimonios y no ahondar demasiado en aspectos que pudiesen exponer a las personas entrevistadas. Eso está bien y es una posible explicación. De todos modos me quedo con cierto sinsabor, con esa duda que siempre asalta al plantearse la lectura de una novela gráfica. ¿Tendrá la misma potencia narrativa que una novela "convencional"? En Hierba sin dudas la tiene. Aquí, al menos en mi opinión, no es el caso.
Respecto a las ilustraciones, por algunos momentos el libro es impecable (al igual que en Hierba y siguiendo su mismo estilo y uso del blanco y negro) pero en su mayor parte se eligió representar con menos detalle, no hay tantos elementos paisajísticos, y algunas viñetas de diálogo pueden resultar un tanto confusas y sobrecargadas. Tal vez me impactó demasiado Hierba y ahora resalto para mal solamente lo que cambió, pero sentí que en general había menos trabajo.
Para cerrar con el elemento muy positivo y que hace que a pesar de todo, me parezca un buen libro: la temática, los reclamos que hacen los testimonios pero también la autora, el enfoque muy humano que ella elige para transmitir su voz.
La espera trabaja sobre la memoria y el resarcimiento que reclaman los refugiados de guerra en Corea. Familias que se vieron divididas por la guerra y la división del país en dos en función de los intereses de los poderosos, quienes hasta el día de hoy les privan de reencontrarse con sus seres queridos, perpetuando la impunidad.
Las generaciones que vivieron el conflicto naturalmente están desapareciendo, y es necesario mantener la memoria viva. Uno de los principales problemas de la península es que no hay verdadera voluntad política para tender o aunque sea dar algún paso hacia la justicia (mucho menos para buscar la reunificación). Personas como las protagonistas de la novela nunca van a poder ser compensadas por todo lo que tuvieron que sufrir. Rehacer su vida, olvidando todo lo que pasó, no es una opción. Tampoco un encuentro excepcional para después volver a separarse. Este aspecto me hizo conectar con lo sucedido en la dictadura y post-dictadura en el cono sur, donde la impunidad perpetuada por los Estados sigue tan campante luego de 40 o 50 años.
El libro trabaja otras temáticas de un modo no tan central: la relación de la autora con su madre, la vida y las dificultades de los adultos mayores, las terribles condiciones de vida en el ámbito rural coreano durante los años 1940, la cultura terriblemente patriarcal de entonces, y el impacto en el país de la Segunda Guerra Mundial (colonización japonesa mediante) y la Guerra Fría. Pero en su mayoría estos temas, no son abordados con profundidad, sino que contextualizan el nudo central.
En resumen un buen libro, recomendable, pero del que creo que esperaba más.