Me sorprende mucho que esta novela haya quedado finalista del Premio Planeta. Para mi gusto, lectura ligera que aporta muy poco y con un estilo literario bastante pobre.
Gabriela lleva 20 años casada con Germán cuando en su vida se cruza Pablo, un atractivo escritor con quien siente conexión desde el primer momento en que cruzan sus miradas. Durante el transcurso de varios años, Gabi y Pablo se encuentran, se miran, pero nunca hablan, hasta que el escritor se muda a la misma zona residencial que Gabi y entonces, sin apenas cruzar palabra, se funden en un beso y él la invita a su buhardilla. Pablo y Gabi comienzan así un tórrido romance a escondidas de sus parejas.
Como personajes satélite de la novela, las amigas de la protagonista: Silvia, una chica lesbiana que no acepta su orientación sexual y que se ve encerrada en un matrimonio con un tío simplón adicto al sexo del que ella no disfruta; Cósima, una joven aristócrata que, cansada de su familia y de su vida ostentosa, decide trabajar y se vuelca en la moda; y Eugenia, tía de Cósima y directora de la Femme, la revista femenina en la que trabajan todas.
Personajes que pretenden hacérsele glamourosos al lector, manidos y explotados ya lo suficiente por la literatura y el cine. Sin ir más lejos, “Historias de mujeres casadas” podría definirse como un Sexo en Nueva York, pero sin Nueva York y lo mejor que tenía la serie, el mostrar a mujeres hablando de sexo sin tapujos. Porque la autora resulta ñoña y las escenas de sexo más que resultar excitantes dan algo de vergüenza ajena. El uso de diminutivos, como “braguitas” o de eufemismos, como “la miel”, para referirse a los fluidos femeninos, hacen que la lectura resulte excesivamente edulcorada.
Y si los personajes femeninos son un coñazo por sentimentales y pasivos, los masculinos rezuman una masculinidad tóxica que ya en la literatura también cansa. El marido de Gabi es un señor introvertido, que no disfruta haciendo nada que le obligue a salir de casa, que jamás habla de sus sentimientos y que cuando se enfada, castiga verbalmente a su esposa llamándola, “calientapollas” o “loca”, pero por algún motivo Gabi lo ama. No solo lo ama, sino que decide acompañarlo a Boston, dejándose a su amante en Barcelona, y poner fin a la historia que con él arrastra. Tampoco el personaje de Pablo parece mejor tipo. Como él mismo le consifesa a Gabi, el trato que le da a su mujer, Pía, no parece ser muy distinto al que ella recibe por parte de Germán. Lo único que permite que Pablo sea así con Gabi es el sentirla de algún modo prohibida, como una novedad.
Y por último, el personaje de Salva, marido de Silvia, a quien parece que solo le importen dar raquetazos y el sexo.
Qué elemental, qué aburrimiento, qué categorización de los sexos más manida y anticuada:
“Qué simpleza la del sexo masculino. ¿Cómo no os van a pillar? Si es que dejáis pistas por todas partes. Porque nosotras, si lo hacemos, somos hábiles; mucho más hábiles que vosotros. Qué lástima que nosotras no sepamos separar el sexo del amor. Que no podamos separar el sexo del sentimiento. Qué lástima tener unos niveles de testosterona tan bajos. Qué lástima”.
Una categorización que lleva además a la autora a perpetuar ideas bastante nocivas y peligrosas en cuanto a las relaciones de pareja y la sexualidad se refiere:
“-Mi primo dice que Tinder está lleno de solteras depredadoras en busca de marido. Que en la primera cita dicen que solo sexo y el segundo día, que qué a gusto estoy contigo. Que qué mono eres. Que si vamos a cenar.
Que es más fácil pagar. Meterla y pa casa. Sin problemas luego.
-¿Tu primo? ¿En serio?
Gabriela hizo un gesto curioso y siguió:
-Está casao con una niña bien de Pedralbes, tres hijos monísimos, pero va de putas
-Jolín. Sí que está mal la cosa. Yo espero que Salva no”. Página 253
“Abrazó la espalda de Pablo y la acarició mientras le sentía empujar. Pablo se había convertido en otro. En el animal que todo hombre lleva dentro. Ese animal cargado de testosterona la penetraba entrando y saliendo de su cuerpo. Entrando y saliendo. Entrando y saliendo. ¿Un minuto? ¿Dos?” Página 330
“Porque una mujer puede hacer el amor con su marido sin sentir nada. Hacerlo por él. Gabriela se abrió de piernas como lo hacía Silvia.” Página 365
“Reneclinada en la mesa, de espaldas a él, sin abrir los ojos, Gabriela jugó a la comunicación no verbal, deseando que la entendiera. Hablándole con sus pensamientos. Pablo, acaba, por favor. Me estás haciendo daño. Acaba.
Y todo llegó a la mente de Pablo. Porque los cuerpos cuando se conocen, cuando se aman, se entienden sin palabras. Pablo la sintió frágil. Sintió frágil a su amante en cuerpo y en alma. Vulnerable. Entregada a él. Totalmente entregada a él”. Página 399
Terrible.
Y por si fuera poco, el estilo de escritura me ha resultado totalmente farragoso. La autora comienza los primeros capítulos haciendo uso de frases excesivamente cortas, apenas hay ninguna subordinada. Luego, pasa a capítulos donde predomina el diálogo. Durante unas cuantas páginas, le da por comenzar cada pasaje definiendo una palabra…
Lo único que me llevo positivo de esta lectura es este trozo en el que Gabriela explica cómo debe escribirse una novela según su profesora de escritura:
“Biografía. Mapa de la psicología de los personajes.
Trama. La felicidad no da trama.
Conflicto. Sin conflicto no hay historia.
Emoción. La emoción se articula con mecanismos de anticipación. Plantar las cosas antes.
Estructura. Como si de un edificio se tratara. Siempre primero la estructura. Estructura en tres actos. Planteamiento o primer acto. Nudo o segundo acto. Desenlace o tercer acto. Anticlímax. Clímax.
Volver el mapa de la psicología de los personajes. Escribir el dolor. Ser generosa. Hablar de sus miserias. De sus logros. De su locura. De sus amigas. Robar vidas ajenas. Llevar a los personajes hasta las últimas consecuencias de sus acciones. Al extremo. A lugares a los que quizá ella no llegaría. O quizá sí. Porque la realidad puede superar la ficción.
Cambiar nombres. Cambiar calles. Cambiar ciudades.
Omitir aquello que se entiende. Elipsis. La poesía de tu novela está en la elipsis.
Aburrir es de mala educación. No aburrir. O por lo menos intentarlo”. Página 428