Camus la consideraba la mente más lúcida de su tiempo. Simone de Beauvoir dijo que tenía un corazón capaz de latir para todo el mundo. Célebre fue aquel debate en el que Beauvoir sostenía que el problema no era hacer felices a los hombres sino darle un sentido a sus vidas, Weil replicó: “cómo se nota que usted nunca ha padecido hambre”.
Después de leer este libro, yo también estoy de acuerdo con lo dicho por Camus, pero no sé si estoy de acuerdo con todas sus afirmaciones, aunque proceden de una dialéctica implacable. Sus deducciones lógicas son irreductibles. Pero su pensamiento sí está marcado por su compromiso social, el sindicalismo, la causa obrera, pero desde la crítica profunda hacia el marxismo y el materialismo dialéctico. No obstante, también parten de la experiencia, como para borrar cualquier veta de empirismo, ya que Weil se convirtió en verdadera practicante de lo que predicaba: se hizo obrera de fábricas para vivir en carne propia esa realidad. También se enroló en la facción anarcosindicalista de la Guerra civil española. Y de esa encarnación y de la lucidez extrema de su mente sale toda su filosofía. De eso y del descubrimiento de la necesidad de lo sobrenatural en la existencia humana. Aunque de su experiencia obrera concluyó que el trabajo en esas condiciones obnubilaba e impedía pensar. “Lo enormemente doloroso del trabajo manual es que se está obligado a esforzarse durante largas horas simplemente para existir”. Sin embargo, su solución era la de confesarse a sí mismo ese hastío que produce el trabajo manual para elevarse.
Me hallo incapaz de hacer una reseña justa de este libro porque es irreseñable y cualquier intento se convertiría en una tesina. Esto por la densidad de su contenido, la cantidad de ideas por párrafo es enorme. Una línea es una noción distinta encadenada a otra, que va revelando una concatenación de ideas, las cuales están divididas en pequeños capítulos que tienen una continuidad dialéctica que marca justamente la relación entre la gravedad (lo que opera de forma similar a las leyes físicas, materiales y naturales, es decir, todo lo que nos atrae a lo bajo, a lo oscuro, lo indigno, el mal, el pecado, la opresión social) y la Gracia (lo que nos eleva y libera espiritualmente, es decir, lo eterno, lo divino, Dios). El hombre sin Dios está abocado a la gravedad, a lo temporal, a la gran bestia socratiana.
Existencialismo de lo natural en su relación con lo sobrenatural, así puedo definir este libro. “Dios ha confiado todos los fenómenos a la mecánica del mundo”. Es una visión determinista cartesiana y spinoziana de los fenómenos naturales y del hombre y su psicología. Según su visión, sólo la gracia puede hacer fracasar la gravedad (como ley natural). Pero ello no incluye la paradoja de la gratuidad incluida por Dios en la naturaleza (que posibilita la libertad y el milagro), pero aún así la gravedad es todopoderosa.
Ahora, retomo el mito del gran animal de Sócrates, sacado de La República de Platón, según el cual, la voluntad del hombre obedece a lo colectivo. Es el actuar según los prejuicios y reflejos de la muchedumbre. Weil lo compara con el marxismo. Plantea si en una sociedad en la que únicamente reina la gravedad es necesario lo sobrenatural:
“El servicio al falso Dios (a la bestia social) purifica el mal mediante la eliminación de su horror. A quien le sirve nada le parece mal, salvo el incumplimiento de ese servicio. Pero el servicio al Dios verdadero deja que subsista, e incluso que se vuelva aún más vivo, el horror al mal. A ese mal, del que se siente horror, se le ama al propio tiempo como la emanación de la voluntad de Dios”.
Ahora, advertencia, aunque su filosofía es una filosofia teológica con base de contraste con el cristianismo (y el catolicismo específicamente), Simone Weil era judía y por ello se puede permitir hablar de este modo sobre el Judaísmo y los judíos sin sonar antisemita (aunque parecería en superficie):
Para Weil, Israel tiene al Dios que merecía, un Dios carnal que nunca habló al alma de nadie. Pero según su pensar, el contacto entre Dios y el hombre sólo puede darse a través del Mediador (Cristo). Fuera de ello solo puede darse una presencia de Dios colectiva, nacional, un Dios tribal. “Israel escogió al Dios nacional al tiempo que rechazaba al Mediador”. Religión colectiva versus religión personal (Dios es persona).
“Pueblo elegido para la ceguera, para ser el verdugo de Cristo”. Para Weil, los judíos, pueblo desarraigado, generaron desarraigo en el mundo entero. Luego, la mentira del progreso ha aumentado el desarraigo. El silogismo continúa así: Europa desarraigó al resto del mundo por la conquista colonial. El capitalismo y el totalitarismo son parte de ese desarraigo. Pero también para Weil el Cristianismo fabricó la noción de progreso basándose en la pedagogía divina que prepara a los hombres para recibir a Cristo. Es decir, la conversión de todas las naciones y el fin del mundo (la Parusía). Nada de esto sucedió y la prolongación de esa noción de progreso rebasó el momento de La Revelación cristiana. “El cristianismo pretendió hallar una armonía en la historia. Ese es el germen de Hegel y Marx. La noción de historia como continuidad dirigida es cristiana”. Para Weil esa una noción fallida, pues no se puede buscar la armonía en lo contrario a la eternidad: el devenir. “La libertad sin amor sobrenatural es vacía, una mera abstracción”.
Ahora, sobre la dialéctica de opresores versus oprimidos, Weil también la considera errónea, pues ésta asegura falsamente que cuando el poder sea dado a los vencidos (u oprimidos) o las víctimas de la fuerza, éste será usado con justicia. “El mal que se halla en la empuñadura de la espada se transmite a la punta (...). Y las víctimas acaban haciendo un daño igual o mayor, y pronto vuelven a caer en lo mismo”. “El socialismo consiste en poner el bien en los vencidos, y el racismo en los vencedores. Pero el ala revolucionaria del socialismo se sirve de quienes, aunque nacidos abajo, son vencedores por naturaleza, de manera que desemboca en la misma ética”.
Para Weil la única solución a esto es la recuperación de lo sobrenatural, de la jerarquía interior que ella consideraba perdida en su tiempo (primera mitad del siglo XX). Auguraba el hundimiento de la civilización (sobreentendiéndose que es la occidental) y que solo hay dos caminos: perecer por completo o adaptarse a la descentralización. La jerarquía social para Weil es nada más que una imagen grosera de la jerarquía interior, por lo cual considera que tampoco puede subsistir en esos tiempos. Quizás tenga razón ochenta años después. A mi entender, lo que Weil plantea es que la ausencia de espiritualidad se ha reflejado en occidente en lo social y lo político. Un traslado desde el inconsciente del individuo hacia lo colectivo. Para Weil lo espiritual es político.
Pero el Dios en el que cree Weil no es el Dios judío ni el cristiano (aunque se acerca por momentos y por otros se aleja) sino uno más filosófico, uno paradójico en su absoluto. El Dios que se ausenta de la creación para dejar libre al hombre por amor, pero a la vez lo hace para cumplir el plan divino de atraer al hombre hacia sí, lo cual sólo es posible al desconocer a Dios (por eso incluso asegura que el ateísmo es un paso más cercano a Dios, “el ateísmo purificador”, que la falsa creencia fariseica en Dios; esto es un tema más largo y complejo pero no voy a entrar en él ahora). Ella misma habría pasado por ese ateísmo purificador hasta que tuvo un momento epifánico con Cristo. Entonces, es en esa ausencia de Dios en la que el hombre clama y el propio Dios desciende encarnado para amar al hombre a través del sufrimiento (Cristo). El anodadamiento de Dios es análogo al anodadamiento del hombre para hallar a Dios. Y lo halla a través de la atención pura (la contemplación que puede darse en la oración y en la belleza), y a través de la aceptación por igual de lo bueno y lo malo que acaezca (una visión estoica) sin inmutarse, la negación del yo y la aceptación del sufrimiento como vía para el contacto con el amor divino.
“El secreto de la condición humana es que no hay equilibrio entre el hombre y las fuerzas de la naturaleza que le rodean, las cuales le superan infinitamente en la inaccción; tan sólo hay equilibrio en la Acción con que el hombre recrea su propia vida en el trabajo”. Todas las demás creaciones del hombre recrean lo mismo.
Esta es apenas una mínima parte de la profundidad y cantidad de ideas que expone Weil en este libro, abarcarlo todo sería escribir otro libro. Realmente Simone Weil es una pensadora formidable, de un ingenio y precocidad enormes (murió a sus 34 años pero ya había dejado una obra vasta). Creo que nadie había pensado lo que ella escribe aquí, sus dilucidaciones y deducciones son tremendamente novedosas y la velocidad de su mente y el nivel de asociaciones es inédito, al menos en lo referente a lo filosófico-teológico católico. Hay ideas que ya he leído en Spinoza, San Juan de la Cruz, Kierkegaard, el Maestro Eckhart (siglo XIV) y en el Hinduismo (que ella misma cita), pero Weil rebasa varios esquemas de pensamiento al ensamblarlos con su idea de lo colectivo (influido por su veta sindicalista y social) y de la ausencia presente de Dios, y con su propia capacidad de llevar la lógica hasta niveles incognoscibles.