Aclamo la forma, tiene una prosa exquisita, refinada. Se nota el oficio de lecturas y escrituras. Me gustaron las capas, hay un hilado metaliterario de ir indicando, cual cronómetro, en qué lugar del metraje de la trama nos encontramos: el principio y sus múltiples ingresos; las digresiones del habla y la narrativa del centro; el inevitable final que siempre decanta en muerte. Me gustó la progresión numérica del patrón: llego en diez, estoy atrasado cinco minutos, tengo dos minutos para desayunar. Me gustaron también las alusiones al oficio de narrar: que en la tragedia el final oscuro esté iluminado desde el comienzo. La niña muere. También disfruté la enumeración insistente de árboles, pájaros, lugares. Bello. También me gusta que interpele a un otro para narrar y que tenga estructura de circulito: termina donde empieza, se da toda la vuelta para explicar cómo es que llegó al presente. Ahora, el fondo lo encuentro problemático. Osada decisión de Alia el contar desde la perspectiva de una nana, considerando que la autora proviene y pertenece a una clase acomodada. Aunque, a la vez, la literatura se trata de jugar a ser otro. ¿Para decir qué? Lo que más me costó de la novela es que Estela (nombre que también usa Donoso en "Coronación" para bautizar a una empleada) relata desde una posición casi omnisciente, como si fuese una cámara oculta cuya única función es describir la vida opulenta e infeliz de sus patrones. No tiene meta, no tiene deseo. Es un instrumento para mostrar a la clase dominante, su crueldad, su hipocresía, su egoísmo; sin criticarlo, sin enfrentarse a él. Para mí, la literatura es lucha de clases. Si le voy a pasar el micrófono a una nana, espero que algo de sí misma, de su condición, me pueda decir. Aquí la subjetividad de Estela me pareció mecánica, sin sangre. No obstante, algo de su agotamiento de clase se intenta develar al final, cuando esta mujer llega caminando al 18 de octubre y empuña una piedra con la rabia limpia de su linaje obrero. Me faltó ternura, empatía. En ese sentido, mi corazón siempre va a estar con Pedro Lemebel o Manuel Rojas o Daniela Catrileo, que narran la vida de la clase trabajadora desde el sudor de los brazos de su gente. El final me recordó algo a "Isla decepción", de Paulina Flores: personajes que habitan un mundo violento donde la agresividad les atrapa por accidente. Como sea, esta novela la rompe, la he visto traducida y destacada en distintos países y muy celebrada acá mismo en Goodreads. Bien por Alia. Gracias a mí misma por escuchar la versión audiolibro disponible en Spotify.