Sinceramente, las crónicas que detalla Juan Mendoza son todas las razones por las que no frecuento ir a conciertos. Digo, yo también alguna vez salí empapado de sudor de un concierto increíble o con lodo hasta los calzones disfrutando cada minuto del recital. Eran otros años, pero vamos, él mismo lo comenta varias veces preguntándose "¿qué chingados hago yo aquí?" En contraparte, lo que no le gustó de los eventos en EEUU, hace que busque entradas mejor allá que aquí: prefiero que empiece a la hora indicada, que no haya vendedores de cerveza atravesándote, que hay baños limpios y funcionales, que no llueven vasos de quien sabe qué líquido. Pero bueno, de este lado de la frontera o de aquel, nunca entendí de nadie eso de ahogarte hasta las chanclas de alcohol durante un concierto ¿porqué necesitas perder noción de tí mismo para disfrutar la música? Pero bueno, ya son otros años y son pocos los conciertos a los que asisto, y aquí se detalla mucho de porqué no voy, especialmente a festivales.
Juan Mendoza y su esposa (y cuando llegó Brisa a sus vidas, también se llevaban a la bebé) no quiso renunciar a ellos pero sí fue distinto. Narra el ritual que incluye la odisea de conseguir las entradas (no facilitada por la tecnología actual, déjame decirte), organizarte con tus amigos, la emoción el día del evento, esa ansiedad de cuando parece que no llegarás a tiempo, disfrutar de que esta vez sí tocaron alguna de tus canciones favoritas, y el fatídico regreso.
Como no podía ser de otra forma, no solo son las crónicas de los conciertos, sino también es una especie de confesionario de los acontecimientos que sucedían por esos días en la vida de Juan, narrados con un olor a cerveza helada y salsa bien picosa. Una colección de epopeyas por demás interesantes y que quedan para la posteridad.