escribí y él [nicolás] juega en medio de la sala. mientras lo observo, intento adivinar a partir de qué objeto habrá de construirse el relato de su errancia.
pensamientos sueltos al hojear jardines errantes para escribir algo:
escritura evocativa, "plantástica", jardines de la memoria, el jardín en el que sembramos los recuerdos, el pasado que se reconfigura constantemente, las sensaciones que experimentamos en la infancia nos acompañan por siempre, todas necesitamos un árbol que nos proteja en vida y nos acompañe en la muerte; pocas he visto la escritura como un tejido tan perceptible como en estos ensayos. preferiría que la patria fuera un árbol.
(punto y aparte)
siguiendo la tradición de las personas que participaron en la creación de este libro, me permito compartir lo siguiente: mi jardín existió y existe a pesar de la vida urbana, en un departamento de dos pisos que siempre me ha parecido para solteros, pero que mamá y papá volvieron un hogar. el jardín, en realidad, es un patio pequeño que alberga sólo macetas con plantas. también ahí afuera se encuentra atenea, nuestra tortuga. todas son cuidadas por mi papá, quien heredó de su papá la buena mano, y por supuesto, la costumbre de llevarse piecitos de plantas en la calle (o de regar las de los vecinos). nunca me interesó participar en el cuidado de las plantas, pero sí manipularlas: quería encontrar gusanos en la tierra, hacer pastelitos de lodo, luego guardar los pétalos y hojas caídos que se terminaban de secar entre mis libros. pienso en la importancia de que estos espacios existan en nuestra infancia, en cómo configuran nuestra sensibilidad y percepción. ojalá siempre poder estar rodeada de ellos y poder escuchar sus historias.