Los árboles caídos también son el bosque es un libro magnifico, desde todo punto de vista. No es nada habitual que puntee con cinco estrellas un libro de relatos, porque generalmente, aún en libros que me gustaron mucho, suele haber muchas diferencias de calidad entre algunos relatos y otros. No es el caso del libro de Alejandra Kamiya. Cada uno de los doce cuentos que componen este volumen es una pequeña obra maestra en sí misma. No hay uno solo que no te sorprenda, te haga reflexionar o te maraville por la belleza de las descripciones e imágenes que emplea su autora. Obviamente, tengo mis favoritos, pero se debe solo al gusto personal, no a que haya diferencias de calidad entre ellos.
Todo el libro es una maravilla, empezando por el título. Los árboles caídos también son el bosque no es el nombre de ninguno de los relatos, como es habitual, sino una frase extraída de uno de ellos: “Partir”. Pero es un nombre que sienta de maravillas al conjunto. Metafóricamente, el libro está plagado de árboles caídos, es una colección de ellos. Personajes sufrientes, abandonados, nostálgicos; algunos muertos, o a punto de morir. Un rasgo que engloba a todos los cuentos es la melancolía; son historias tristes, reflexivas, a veces hasta dolorosas. Pero hay tanta belleza en esa melancolía…
Estos relatos abordan temas diversos: la maternidad, la amistad, la depresión, la soledad, la pérdida de los seres queridos, la identidad, la expatriación. Algunos parecerían ser autobiográficos (“Partir”, “Tan breves como un trébol”, “Arroz”), aunque no conozco tanto la vida de la autora como para afirmarlo a ciencia cierta. Otros están conectados sutilmente, como “Las botas”, en el que reencontramos, en un rol secundario, a la protagonista de “Los nombres”.
También en su extensión difieren bastante: “El pozo” supera las treinta páginas, mientras que “Tres sillas” apenas alcanza las dos. También en su formato difieren fuertemente: mientras en el primero la historia es fundamental, el segundo es minimalismo puro: casi no tiene argumento, pero en lo que no dice también hay muchísimo significado.
Pero lo más destacable no está ni en los temas ni en las historias, sino en el modo, en la forma. El estilo poético con el que impregna sus páginas es una maravilla. Cada uno de los relatos cuenta con al menos un par de frases que te gustaría copiar y atesorar en algún cuaderno. Descripciones hermosas, plagadas de sutiles metáforas, comparaciones o imágenes sensoriales; reflexiones de esas que tiempo después siguen dándote vueltas por la cabeza, que vas rumiando, como las vacas. Genialidad pura.
Mis cuentos favoritos fueron “Los restos del secreto” (no sé por qué, pero tengo debilidad por las historias sobre la infancia), “Los nombres” y “El pañuelo y el viento”.
Es un libro bellísimo, si no te importa que te lastimen un poco. También depende mucho de lo que uno busca en un libro de relatos; entiendo perfectamente que a algunos lectores no les guste el estilo. Para gustos, los colores.