El libro de Lucas Silva es como esas películas basdas en hechos reales que te cuentan tramas pergeñadas por un montón de gente que se cagan en la honestidad y las buenas prácticas de sea cual sea el oficio que practican, en suma, que se aprovechan de sus posiciones de poder para beneficios particulares con unas impunidad y deslealtad aberrantes, pero que una vez revelados todos sus secretos -cuando se funde en negro la pantalla- se cuenta que en realidad ninguno fue condenado como debía o que la mayoría de los principales implicados se encuentran libres o tuvieron condenas irrisorias. Bueno, eso es el caso Astesiano, un puñado de personas condenadas, un montón de actividades ilegales sin consecuencias judiciales y una trama política donde el presidente de un país se encuentra más hundido en el fango que el propio protagonista (y el que no lo ve es porque está totalmente enceguecido por el fanatismo partidario). En este país existen problemas estructurales en las altas esferas del poder (nepotismo, clientelismo, encubrimiento, tráfico de influencias y otras versiones más o menos graves de corrupción) pero el libro también deja entrever el estado de podredumbre de instituciones claves en el desarrollo de un Estado democrático -la policía y el ejército- que se rigen por una triste y particular regla: a más alto se llega en su verticalidad más corrupción y deshonestidad se puede encontrar.