"Educad a vuestras hijas para que sean fuertes, para que sean autónomas, para que sean libres (y también que aprendan artes marciales). Educad a vuestros hijos para que no tengan miedo ni se sientan acomplejados ni frustrados ante las mujeres fuertes y libres. El fracaso no es de temer. Vivir es fracasar, porque al final te mueres. Pero, amigas y amigos, qué flipada, el camino. Mejor juntos y juntas."
4⭐️
"Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo" se mueve en un territorio fronterizo entre la memoria, el ensayo y la crónica vital. La autora no propone una autobiografía ordenada ni una narración cerrada, sino un texto que avanza a impulsos, guiado por una voz que piensa mientras escribe. El libro se inscribe en la tradición del ensayo personal, pero con una impronta periodística muy marcada, donde priman la lucidez, la ironía y la observación crítica sobre cualquier voluntad de armonía formal.
La obra parte de una idea tan simple como provocadora. Frente a la acumulación de pérdidas que acompaña al paso del tiempo, Torres afirma un deseo de vivir cada vez más consciente y menos ingenuo. A partir de ahí, el texto se despliega como una sucesión de recuerdos, escenas profesionales, reflexiones y comentarios sobre el mundo que la rodea. No hay una progresión narrativa clara, sino una exploración continua de lo vivido cuando el tiempo ya no se percibe como infinito.
La narradora es el verdadero eje del libro. Maruja Torres construye una voz reconocible, directa y in afán de agradar, que rehúye tanto la autocompasión como la épica personal. Se trata de una mirada curtida, consciente de sus contradicciones y de sus límites, que observa el pasado sin idealizarlo y el presente con una mezcla de escepticismo y energía vital. Esa voz sostiene el texto incluso cuando los temas se dispersan, y es lo que da coherencia al conjunto.
La muerte funciona como telón de fondo más que como tema central. Frente a ella aparecen la amistad, la memoria, el oficio periodístico, la independencia intelectual y una reflexión constante sobre la vejez. El libro cuestiona las narrativas edulcoradas del envejecimiento y reivindica una actitud crítica y activa frente al paso del tiempo. También atraviesa el texto una mirada política y social, no tanto en forma de discurso articulado como de comentarios incisivos que revelan una posición ética clara.
El estilo es deliberadamente irregular y fragmentario. El libro avanza a base de digresiones, cambios de tema y asociaciones libres, lo que le da un carácter caótico. Esa falta de orden puede resultar desorientadora, pero también refuerza la sensación de estar asistiendo a un pensamiento en movimiento. La prosa es oral, afilada y rápida, más preocupada por la intensidad de las ideas que por la pulcritud estructural.
Más que una obra cerrada, el libro funciona como un espacio de pensamiento abierto. Su valor reside en la claridad intelectual y en la capacidad de articular reflexiones incisivas desde una voz madura y consciente de su tiempo. El desorden formal no diluye el interés del texto, más bien define una propuesta literaria que apuesta por la libertad expresiva y la honestidad como principios centrales.