El retrato de formación de uno de los escritores más sólidos de la narrativa española.
Ignacio Martínez de Pisón fue niño en el Logroño de los sesenta, muchacho en la Zaragoza de los setenta y aprendiz de novelista en la Barcelona de los ochenta. La primera parte de su vida es la de un chico cualquiera, nacido en el seno de una familia feliz hasta la temprana muerte de su padre; años cruciales de los que se nutre su mundo literario.
Este es el apasionante retrato de formación de uno de los autores más sólidos de nuestra narrativa, unas memorias literarias que reflejan los profundos cambios vividos por la sociedad española, que en muy poco tiempo pasa de una rancia dictadura a una democracia consolidada que se integra en Europa.
«El lector de Ropa de casa se encontrará con el retrato de un joven más bien corriente, ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni bueno ni malo, pero dotado, eso sí, del don de saber contar historias. Mi idea precisamente era aprovechar ese don para contarme. Para contarme y, sobre todo, para contar una época», Ignacio Martínez de Pisón
De lectura fluida y prosa aguda. Una autobiografía siempre conlleva riesgo de tedio; no ha sido mi caso con "Ropa de casa". Destaco la segunda mitad en que cobran importancia otros autores. Adecuado para quien se asoma al acantilado de la escritura.
No había leído nada de Martínez de Pisón y me ha parecido una prosa muy fluida. Te va llevando con suavidad por toda la narración y es muy ameno. Aunque en este caso, hacia el final he comenzado a sentir un poco de cansancio por la descripción de su vida. Seguramente será por mis propios gustos más que por su narración. Porque no suelo leer autobiografías ni biografías a no ser que esté muy interesada en la persona. En este caso fue una recomendación de una compañera que me dijo que hablaba sobre mi ciudad, Zaragoza, en los años no muy alejados a mi propia experiencia y más debido a sus estudios paralelos a los míos. Debo de reconocer que disfruté con esa primera parte de sus vivencias en Zaragoza y volví a disfrutar descubriendo (y recordando) todos esos nombres que habían formado parte de mi propia vida. Esos profesores que me dieron clase o que conocía porque les habían dado clase a amigos míos. Me sorprendió la visión que me mostraba el autor de esas mismas personas que yo había conocido, tan diferente a mi propia visión en algunos casos (como la imagen que conservo de la profesora Egido, tan seria, pero tan profesional; o ese Félix Monge al que conocí con varios años más y que a mis ojos era un anciano al que le costaba llegar a clase). Sonreí con la imagen de algunos otros profesores como Túa Blesa o la profesora Lacarra que tanto marcó mi gusto por la literatura medieval. La verdad es que hacia la segunda parte del libro perdí un poco el interés y solo lo recuperaba al leer nombres que me saltaban a los ojos como Labordeta que me hacía recordar mis propios recuerdos de él cuando no me atreví a decirle nada cuando tomaba café en una cafetería a la que acudí (así como Martínez de Pisón no se atrevió a hacer lo mismo con uno de sus referentes cuando era niño). Y ya al final volvió a despertar mi interés con nombres que habían pasado por mi vida laboral como Vicente Pinilla. Y otros nombres de escritores que me sonaban y que nunca había leído. Gracias a la lectura de este libro he apuntado próximas lecturas y, por supuesto, quedan apuntadas nuevas lecturas del autor. Me ha gustado su forma de narrar y quiero ver cómo se defiende en la narrativa fuera de su propia vida.
Me ha gustado mucho este repaso que hace Martínez de Pisón de su vida. Es un libro muy agradable de leer, tanto por su prosa limpia, sin ostentación, como por la fluidez con la que se van sucediendo los principales acontecimientos: su infancia feliz pero marcada por la pronta muerte de su padre, las raíces carlistas de su familia, la juventud descubriendo el placer del cine y la lectura… En un capítulo más avanzado del libro se introduce de lleno en el mundo literario hablando de cómo se formó en el oficio de la escritura en la Barcelona de los 80. A partir de ahí Pisón cuenta anécdotas sobre el círculo de escritores que vino a formar la «nueva literatura española», su relación con Jorge Herralde o la relación maestro-discípulo que quiso emprender Javier Marías con él. Me ha gustado especialmente la reflexión, sin ningún tipo de vanidad, sobre la creación literaria, el aprecio y la gratitud que muestra hacia sus seres queridos y, también, el humor con el que cuenta algunas anécdotas.. Un libro de memorias, a mi juicio, perfecto.
Me ha gustado bastante. Unas memorias muy livianas de leer en donde te cuenta poco de lo literario quizá pero mucho de una vida bastante normal. Esperando que se decida a escribir otro libro. Es como un libro suyo sobre cualquier familia, en este caso llena de amigos.
Un fantástico relato entre crónica y novela autobiografico que cuenta muy bien una parte de nuestra historia reciente Un homenaje al duro trabajo de escribir libros Muy recomendable
Libro autobiográfico de un escritor al que no había leído hasta ahora. Puedo decir que me ha resultado interesante su lectura, quizás porque a los que tenemos más de 50 años nos trae algunos recuerdos la lectura de algunos capítulos. Escrito correctamente. De hecho, me gusta la forma de escritura. Probablemente busque algún libro más suyo, a ver qué pasa.
Novela irregular. Tiene pasajes bien escritos, pero cuando uno está disfrutando, se da de bruces con unas cuantas frases ramplonas. No está mal, pero es algo superficial, rutinario y de poca enjundia.
Sigo siendo lector incondicional de pison. Este libro me ha gustado, sobre todo su infancia en logroño y zaragoza. En ultimos capitulos a veces he notado se centra mas en hablar de otros escritores y pierde un poco lq naturalidad de esas historias contadas
Leer Ropa de casa de Ignacio Martínez de Pisón ha sido como volver a abrir un álbum de fotos que llevaba años guardado. Desde la primera página sentí que lo que él narraba no era solo suyo: también era mío. No porque yo estuviera en su casa ni compartiera exactamente su biografía, sino porque pertenecemos a la misma generación y nos tocó vivir un tiempo que, con sus luces y sombras, nos marcó a todos.
Martínez de Pisón recurre a la autoficción para reconstruir su vida, pero lo hace con una técnica narrativa sobria y contenida, sin artificios. Me impresionó esa claridad en la prosa, que convierte escenas simples —una conversación familiar, la ropa tendida, la rutina diaria— en algo cargado de significado. Nada está idealizado: se habla con la misma naturalidad de lo entrañable que de lo incómodo, de los silencios en la mesa o de esas tensiones que latían en los hogares de la época.
Esa forma de narrar, sin adornos excesivos, me recordó a cómo uno mismo cuenta los recuerdos cuando habla en confianza: con frases cortas, detalles precisos y esa mezcla de ternura y distancia que da el paso del tiempo. Y en ese tono reconocí mi propia voz.
Por ejemplo, cuando el autor habla de la casa familiar como un espacio que lo explica todo —las habitaciones estrechas, la ropa de andar por casa que revela la intimidad de cada uno—, yo no pude evitar pensar en la mía. Recuerdo el olor a lejía en el suelo recién fregado, el armario en el pasillo lleno de mantas y ropa que se heredaba, la mesa del comedor que servía tanto para comer como para hacer los deberes. Esa cotidianidad que hoy parece tan lejana era, entonces, el escenario donde crecimos y aprendimos a mirar el mundo.
También me vi reflejada en los años de la transición, que el libro evoca sin necesidad de proclamas: estaban en el aire, en los cambios de costumbres, en la televisión que de pronto traía imágenes nuevas, en las conversaciones en voz baja de los adultos. Yo lo viví desde la misma mirada infantil y adolescente: con la sensación de que algo se movía, aunque no supiéramos muy bien qué.
Otro aspecto que me tocó profundamente es la forma en que Martínez de Pisón retrata la relación con los padres: ese respeto mezclado con distancia, esa educación entre la severidad y el afecto medido. Yo también crecí con la idea de que muchas cosas no se preguntaban, que había temas que se quedaban en silencio. Y sin embargo, al recordarlo, surge una ternura inevitable, como si todo eso, con sus grietas, nos hubiera dado forma.
La estructura del libro, con su memoria fragmentaria, también reproduce cómo recordamos en realidad: saltando de un episodio a otro, sin un orden estricto, pero con una lógica interior. Así es como yo mismo recupero mi pasado: empiezo recordando una camiseta y termino evocando una excursión, un olor de cocina o una canción de la radio que parecía sonar en todas partes.
Eso es lo que me ha hecho sentir que La ropa de casa no es solo el relato de Martínez de Pisón, sino también un espejo de mi propia biografía. Lo que él escribe como suyo se transforma en algo compartido. Al terminar el libro, tuve la sensación de haber recorrido no solo su vida, sino también la mía, con una mezcla de nostalgia, reconocimiento y cierta reconciliación con lo que fuimos.
Creo que ahí está la grandeza de esta obra: no se limita a contar una historia personal, sino que logra convertirla en una memoria generacional. La autoficción, cuando está bien hecha, tiene ese poder: hablarnos de alguien concreto para hablarnos, en el fondo, de todos nosotros.
Ropa de casa me ha recordado que la literatura no siempre necesita inventar para conmover; a veces basta con mirar hacia atrás y poner en palabras aquello que parecía olvidado. Y yo, como lectora, me he sentido parte de ese viaje, como si el libro me devolviera una parte de mí misma que creía perdida.
Una de las cosas buenas del libro de memorias de Pisón es que parece exento de nostalgia. Se detiene poco en el paisaje de la Barcelona de los 80, ya absolutamente perdida, y pasa de puntillas por los pasajes subterráneos de la Avenida de la Luz o los billares Ibéricos.
Afortunadamente se para un poco más en la cafetería del cine Astoria, que ya sale en ‘Celia en la revolución’ de Elena Fortún como refugio de modernos de los años 30 y que en los 80 frecuentaba Enrique Vila-Matas para escribir y beber. Por desgracia no encuentro fotografías del local por dentro en Internet pero hay que imaginárselo “de luces tenues y colores rojizos, con las mesas alineadas como compartimentos de tren y, al igual que en los cuadros de Hopper, una larga barra para los bebedores solitarios”.
Otra de las cosas que me interesan del libro son los retratos de los escritores de entonces, que muchos son aún los de ahora, aunque ya echemos de menos a Javier Marías o a Tomeo. Aquí puede haber algo más de ternura, pero leyendo este libro he pensado que es seguro que en el futuro esta generación de escritores será sustituida por otra al menos igual de buena (que ya está escribiendo y publicando) y que añoraremos a unos y a otros, pero que quizás nunca sentiremos nostalgia por las ciudades que el turismo masivo nos está dejando puestas.
No me había convencido ninguno de los dos libros que leí de Ignacio Martínez de Pisón, ni La mala reputación ni, menos aún, Dientes de leche.
Al final, después de leerlo mi mujer a la que le gustó, lo dijo sin mucho entusiasmo, me convenció para que yo también lo leyera, describe lugares y épocas que nos son comunes, me animó. Así que me decidí.
Esta podía haber sido la lectura que me reconciliara con el autor, me habría gustado leer un relato que me llegara, pero no fue el caso. Yo creo que eso es lo que me pasa con Paison, sus libros se leen con facilidad pero a las historias les falta intensidad, sus historias me dejan frío incluso describiendo una época que he vivido. Él mismo lo intuye:
"Me pregunto a quién, aparte de a mí y de mis allegados, pueden interesar estas páginas, que cuentan una vida en la que no han pasado demasiadas cosas.[...] Un posible resumen del libro sería: niño en el Logroño de los años sesenta, muchacho de Zaragoza de los setenta, aprendiz de novelista en la Barcelona de los ochenta. Un resumen aún más escueto diría que este es el relato de la formación de un escritor,..."
Su formación como escritor me sacó aún más del libro. Es más bien un inventario de editores y escritores consagrados, además de los locales, a los que conoció en su juventud. Chascarrillos incluidos.
Un libro ameno y de muy fácil lectura, probablemente más interesante para quienes conocen al autor que para quienes, como yo, apenas están familiarizados con su obra, así como para los aficionados y seguidores de la literatura contemporánea española y del mundo literario y editorial barcelonés durante la transición y las décadas del 80 y el 90.
Se trata de una mezcla de memorias narradas en orden cronológico, con algunos saltos temporales hacia atrás y hacia adelante, pero fáciles de seguir. Incluye retratos de amigos y conocidos del autor, en su mayoría pertenecientes al ámbito literario, aunque también aparecen personas anónimas. El autor explica que, para él, la literatura de la guerra y la cultivada durante la dictadura resultaba caduca y poco interesante por pertenecer a un tiempo oscuro y superado. Salvando las distancias, algo similar me ocurre a mí, pues apenas he leído literatura española de autores posteriores a la generación del 50. De algunos de los que menciona, como Marías o Vila-Matas, no he leído nada; y de otros, como Muñoz Molina o Javier Reverte, apenas uno o dos títulos. Una carencia que intentaré corregir en los próximos lustros.
Siempre es un gustazo leer a Ignacio Martínez de Pisón. Posee el don de una prosa ligera, casi conversacional. Como si estuviera contándonos una anécdota banal en un velador de cafetería. En esta ocasión se trata de una biografía personal, la suya propia. En una primera parte, relata su infancia y adolescencia, en unos tiempos que coinciden con los míos propios y en los que me reconozco. Ambos somos nacidos en los meses finales de 1960. Después, cambia de tercio, y recoge retazos de su memoria literaria, a través de sus años de formación universitaria y laboral y, más tarde, su trayectoria como autor de novelas y articulista. En esta ocasión, los protagonistas son los otros escritores con los que coincidió más que el propio autor. Por allí transitan Carlos Barral, Jorge Herralde, Javier Marías, Bernardo Atxaga, Enrique Vila-Matas, Antonio Muloz Molina, Bryce Echenique... El desplazamiento a los márgenes del propio autor es una muestra más de su generosidad y humildad, que hace más entrañable la lectura.
Una novela en la que el autor repasa su infancia, adolescencia y juventud, tres épocas en que la vida familiar y los acontecimientos sociales también forman parte de un escenario en el que se forja y cimenta la carrera del escritor. Desde el ahora echa la vista atrás y repasa, los días de café y humo, amistades, compañeros de letras, el despertar de una cultura que se enfrentaba a la dura herencia de la dictadura, la precaria vida de profesor y la no menos austera que le aguardaba como joven escritor, las oportunidades que se le brindaban y como fue creciendo como persona y como autor. Una historia narrada con maestría y en la que los recuerdos sustentan y vertebran unas memorias que al llegar al final dejan al lector con ganas de seguir navegando por los años siguientes hasta llegar a la actualidad.
He disfrutado leyendo este libro, en parte porque la historia que cuenta me resulta un poco familiar, pues somos más o menos de la misma generación y yo también viví algunos años de mi niñez y juventud en Zaragoza. Sus orígenes y su vida son mucho más interesantes que los míos, y me daba un poco de envidia, pero la narración de sus años formativos es muy entrañable. Luego la cosa degenera un poco en una lista de gente importante que ha conocido. Curiosamente, el otro día un viejo amigo de mis tiempos zaragozanos me decía que es una tendencia muy común entre gente de esa ciudad.
Memorias en las que se va narrando el recorrido formativo como escritor. Interesante el modo en que se describe una época de la España de los 60, 70 y 80 vista desde esa perspectiva de alguien que quieres ser escritor. Familia, amigos, viajes y opiniones personales de este autor van siendo narradas con buen estilo y de modo sencillo y fácil de leer.
Autobiografía de la infancia y juventud del autor centrada en su formación como escritor. Escritura limpia y relato lleno de cariño con homenajes a sus seres queridos y a los amigos hechos durante estos años. "Digamos que, en comparación con otras, la mía ha sido una vida pequeña. Pero, en fin, no solo a los pomelos y a las naranjas se les puede sacar el jugo: también a las mandarinas."
No sé si lo pretende pero podría ser la biografía emocional de Ignacio Martínez de Pisón, verdad? Yo personalmente, que soy de Zaragoza, y a pesar de no haber vivido esos años, he conectado infinito con la etapa de Zaragoza y leer historias que ocurren en calles que pisas tú todos los días te hace ver esos sitios de maneras completamente diferentes. Vaya sensación
Nos cuenta su autor, su propia trayectoria desde niño hasta que se hizo escritor conocido, contándonos innumerables anécdotas y salpicándolas de multitud de personajes y amigos que han jalonado su vida. Se hace muy ameno y entretenido en especial si se han vivido esos años, los 80s, 90s del siglo pasado y la primera década de este siglo XXI. Recomiendo su lectura.
Bueno, este el típico libro que hemos leído infinidad de veces. Es una novela que recorre los años del autor desde su infancia en los 60 a su maduez en los 80. Pero no aporta nada de nada. Es una sucesion de hechos, sin gracia, sin profundizar y sin ningún interés al menos para mí. Con un comienzo prometedor, se queda en nada. Una oportunidad perdida
Una novela muy muy entretenida, dando un repaso a su vida, sus padres, su entorno, sus relaciones, sin caer en sensiblerías, escueto pero suficiente para ver a través de sus ojos las relaciones con otros escritores y retazos de su vida
Una autobiografía sencilla, amena, sin vanidad que hace lo cotidiano entrañable, que habla de una época reciente y hacia el final, de escritores y libros. Me ha gustado.
Elegí este libro porque otros del autor me han gustado bastante. Este, al ser con tono biográfico, no es lo que me esperaba. De todas formas, es un claro ejemplo más de la prosa de este autor.