Diecisiete cuentos fantásticos, torcidos y góticos, deudores de la imaginación y horrores de la infancia, esa corona de flores negras con que cargamos todos.
De la contratapa: Una grácil doncella encontró un caldero en el umbrío bosque. Sin miedo se asomó por el borde y lo que vio fue su reflejo. Lo que vio fue un hervidero de historias como cucarachas, lo que vio fue princesas torcidas y brazos de pan, relatos no tan redondos como ovalados. ¿Cuentos de hadas? Lo que la grácil doncella vio fue un reino fantástico, dolorosamente hermoso, sin comodidad ni tranquilidad, al que solo se llega arrojándose de cabeza y aprendiendo a respirar de otra forma, pues ya nunca más saldremos a flote.
Me gustó mucho, fue como volver a las lecturas de los cuentos de hadas de mi infancia, especialmente a un libro que me gustaba mucho que se llamaba Cuentos Chilenos de la Blanca Santa Cruz, de cuentos de hadas rescatados acá, pero mezclado con el absurdo y el humor que me hizo recordar un poco a Boris Vian. Una mezcla de dos cosas que me gustan mucho. Hay un montón de imágenes y frases maravillosas y espantosas y me encanta la naturalidad en que todas esas formas aparecen en la lectura. Si en vez de cuentos fuera una novela me gustaría más todavía.
Me costó mucho leer estos cuentos. La autora tiene una imaginación que todos quisiéramos tener para escribir historias con personajes extravagantes, irreales y de fantasía. A quienes les guste ese tipo de cuentos, les va a encantar. No es un mal libro ni está mal escrito, es simplemente que a mí no me gustan este tipo de cuentos y personajes. En algunos relatos me faltó intriga o un final más sorprendente. En otros no me motivaba la historia ni el personaje tan mágico.