Creo que no es descabellado calificar este libro como «raro», ya que está escrito en un viaje constante. La protagonista parece que no encuentra su hogar, viaja entre el presente y el pasado, entre Nueva York, Madrid y Cuba, entre la relación con su madre, su padre y sus amigos... Es en sí mismo una búsqueda de sentido constante cargada de ternura, valentía y honestidad.
Partiendo desde un suceso verdaderamente traumático, la narradora construye su línea temporal hacia delante y hacia atrás en torno a ello; como si escapar de aquello hubiese resultado una suerte de nacimiento por segunda vez. Además, es sincera cuando habla del miedo que produce romper un vínculo que nos engancha, que nos provoca constantemente una intensidad insostenible para nuestro equilibrio emocional.
Hay tantas cosas increíbles en esta novela breve: la voz narrativa, el uso de las raíces en el lenguaje, las expresiones; es decir, los idiolectos que atraviesan toda la narración. Lo sensorial y concreto que es, la capacidad que tiene la autora de generar imágenes y escenas visibles donde nos encontramos presentes y nos sentimos igual de asustadas, de perdidas. Somos ella, en todo momento, escribiendo en sus notas del movil porque no puede cargar con un cuaderno, no tiene donde dejarlo.
El libro se sucede en lugares que no están en ninguna parte, ella parece flotar y tratar de comprenderse huérfana, desprovista de todo, cargada de tantas cosas que no sabe donde colocar porque no hay pertenencia.
A mí me ha parecido brillante, muy interesante y lleno de posibles interpretaciones. Pero soy consciente, al mismo tiempo, de que es un libro que no gustará a todo el mundo, que está en los márgenes y ha de tenerse en cuenta si os apetece leerlo.