William H. Prescott nos presenta aquí una civilización inca en la que no existen ni pobres ni ricos, ni propiedad privada, donde todos los trabajos están regulados, donde no existen apenas sacrificios humanos (en 2024 hay registros de unos 20 en todo el país), donde se construyen miles de millas de calzadas y de canales subterráneos para su próspera agricultura, donde hacen la guerra de manera piadosa y no destructiva, donde han extendido el quechua como la lengua común, donde no consumían la leche de su ganado... Y, de repente, llegan Pizarro y Almagro.
Tras unas primeras expediciones poco productivas, aunque prometedoras, Pizarro viaja a Castilla para conseguir el apoyo real, y lo consigue cuando le nombran gobernador y capitán general de la Nueva Castilla (es decir, Perú). Ese nombramiento provoca, por supuesto, fricciones con su socio, que se siente agraviado.
La conquista comienza así, de manera definitiva, en 1531, cuando tres barcos, 180 hombres, 27 caballos y un número indeterminado de terribles perros comienzan la rapiña de aldeas y ciudades, así como las primeras matanzas de autóctonos. Coincide además con que el rey inca ha muerto y ha dividido su imperio entre sus dos hijos, que pelearán por quedarse con todo, guerra en la que sale vencedor Atahualpa. Pizarro aprovecha esa división para hacerse con el rey, liquidarlo, y tomar la ciudad de Cuzco. Por el norte, Pedro de Alvarado se hace con Quito.
Desde ese momento se desata una locura (o guerras civiles como las define Prescott), en la que españoles luchan entre sí por ir haciéndose con el poder de un reino riquísimo en minerales preciosos, sobre todo en plata. Así, Almagro es ejecutado tras una batalla, los partidarios de Almagro asesinan a Francisco Pizarro (a quien Prescott define como un analfabeto pérfido), llega Vaca de Castro como gobernador nombrado por la corona y liquida al heredero de Almagro (y a otros muchos), llega el virrey Blasco de Nuñez y Gonzalo Pizarro monta un ejército para liquidarle y se nombra a sí mismo gobernador, Pedro Gasca es nombrado presidente de la Audiencia Real con amplios poderes y liquida a Gonzalo Pizarro y su cabeza adorna las calles de Cuzco.
Y mientras tanto, los peruanos intentan defenderse como pueden, con una guerra basada en el número en lugar de la estrategia, pero pronto son derrotados por las armas castellanas y pasan a ser vasallos, muchas de las mujeres son prostituidas (incluso las que vivían en una especie de conventos) y muchos de los peruanos se convierten en mano de obra prácticamente esclava en las minas que sirvieron para enriquecer a los conquistadores y, sobre todo, a Carlos V, que dedicó todo lo proveniente de América para sus luchas europeas.
En definitiva, una historia lamentable, sin ningún brillo ni honor. Como la de todas las conquistas, pero aquí además manchada por esos enfrentamientos sin piedad entre las facciones de los propios conquistadores.