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Los niños del agua (The Water Babies; 1863) de Charles Kingsley es una novela infanti-juvenil fantástica en la línea satírica y bizarra de las narraciones escatológicas de autores como Lewis Carroll y Edward Lear.
Se han de tener algunas consideraciones presentes antes de hablar sobre la obra de Kingsley. Para empezar, este caballero británico de pura cepa publicó dos años antes que Lewis Carroll su Alicia, por lo que se trata de un precursor del sinsentido y no de un influenciado. Aunque el viaje del deshollinador de Kingsley puede traernos ecos de las aventuras de Alicia, Kingsley no tuvo un delirio artístico tras leer a Carroll ni tampoco trató de imitar o superar a Lewis Carroll. A no ser que fuera un viajero en el tiempo, claro.
Fuera bromas, la verdad es que se percibe que el sinsentido de Kingsley procedía de poemitas infantiles tontos y canciones de cuna con tintes grotescos y misteriosos. Leyendo Los niños del agua podemos observar numerosos ejemplos de poemas, tanto autoría de Kingsley como de otros autores, que refuerzan la teoría de que este tipo de textos fueron una influencia decisiva en la historia y en su trabajo artístico.
De nuevo, recalco su posición de precedente del sinsentido para trazar, bajo mi punto de vista, una adecuada crítica de diversos aspectos de la obra del señor Charles Kingsley.
Charles Kingsley se vale de la historia de Tom, un crío victoriano obligado a trabajar como deshollinador desde una temprana edad para un tal Grimes, para narrar una historia infantil llena de moralejas pero sin moraleja (incomprensible, lo sé) y realizar diversas críticas sociales; la esclavitud infantil, el sistema educativo de la época, la teoría de la evolución de Charles Darwin y la racionalización del mundo fantástico llevada, según Kingsley, por la sociedad estadounidense. También subyace una simplona crítica hacia los irlandeses y el catolicismo, pero creo que esta última viene más por la profesión del propio Kingsley y su orgullo británico y temperamento flemático que por un odio real hacia los irlandeses y el catolicismo.
Mi principal problema con este libro es que no tiene una intención muy clara. El absurdo carece de intención, pero este libro parece que tiene alguna clase de pretensión. Además, la historia tiene tres tonos que no terminan de fusionarse bien: el fantástico, el crítico y el pedante.
Al tono fantástico le pongo un diez, del crítico diría que es mejorable y del pedante, que lo considero casi un subtono del segundo, diría que es horrible. Para empezar, Tom realiza todo un viaje personal hacia la máxima virtud, es decir, convertirse en un niño bueno cristiano que antepone los buenos deseos ajenos a los deseos personales. Ese viaje está lleno de magia, imaginación y elementos dispares que unidos crean una historia perfecta a la que le hubiera puesto cinco estrellas de cabeza. Sin embargo, como la historia está repleta de comentarios críticos, más dirigidos a un público adulto que al infantil, la fantasía es interrumpida en decenas de ocasiones y, finalmente, opacada por temas mundanos y muy concretos de la época. Que si un tal Samuel Griswold (Primo Cramchild) dijo que la magia no existe en una ponencia, que si la gente sigue la moda y por eso se ponen esos horribles spoon-bonnets, que si Jane Marcet (Tía Agigate) dijo no se qué…Se centra en hechos muy específicos de la era victoriana que desde la mirada actual solo nos provocan indiferencia pues, aunque podemos entender el modo de proceder de los citados y del propio Kingsley, el comentario concreto y la crítica nos es indiferente.
La necesidad del autor de justificar que existen los niños del agua no me pareció del todo mal, pero la forma de proceder no me gustó nada. Su crítica estaba llena de comentarios despectivos y pedantes hacia los racionalistas o aquellos que se abisman en la fantasía sabiendo que son una ficción. Esta humilde pagana cristiana debe confesarle, señor Kingsley, que ve completamente lícito abismarse en una ficción conociendo su naturaleza irreal. ¿O es que acaso es menos valioso el objeto que nace de mi mente que el que es obra de la Naturaleza?
Los personajes no están muy desarrollados, pero realmente eso no importa en este cuento de hadas victoriano. El peso de la trama lo adquiere el sinsentido una vez la fantasía queda en segundo plano. La consecución de temas escatológicos culmina en una escena en la que Tom ha de reencontrarse con su mayor miedo y ayudarlo.
No es una mala obra, pero no creo que pudiera recomendarla a cualquier persona. Incluso si el interesado disfruta el humor absurdo tendría serias dudas de si recomendarla o no. Creo que su público específico serían aquellos lectores que quieran ver la evolución histórica del absurdo y los que no tuvieron suficientes idas de olla con las obras de Carroll.
Los lectores que busquen fantasía saldrán de la narración decepcionados; los que busquen una crítica a la sociedad victoriana encontrarán discursos simplones y emocionales; a los que busquen el sinsentido encontrarán una narración que podrán calificar entretenida, pero no memorable.
En cualquier caso, la tríada Kingsley-Carroll-Lear constituye para mí el perfecto precedente del género “absurdo” que se desarrollaría con propiedad a lo largo del siglo XX en la prosa, la poesía y en el teatro y merecen ser leídos los tres si se tiene un verdadero interés por el tema, que en mi caso es afirmativo.