¿Os he hablado alguna vez de mi vecino de noventa años? El otro día lo pillé en el portal peleándose con el buzón de otro. Sombrero ladeado, bastón en mano y una corbata de lazo que parecía recién sacada de otra época. Le pregunté qué tal llevaba los días, señalándole discretamente su buzón correcto. Me miró, sonrió con esa paciencia que solo dan las décadas, y me soltó: “cuando llegues a mi edad te darás cuenta de que los días ya no van hacia delante, sino que empiezan a dar la vuelta sobre sí mismos”.
Me acordé de esa frase mientras leía Trilogía de Jon Fosse. Porque lo que hace este señor no es escribir novelas, sino precisamente eso que mencionaba mi vecino: hace que el tiempo se pliegue, se estire y se repita, transformando la lectura en una liturgia íntima donde los personajes apenas susurran, mientras el silencio te va reventando por dentro.
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que el tiempo se pliega sobre sí mismo, como si el presente no fuera más que un eco de algo que ya ocurrió, o de algo que está por ocurrir pero aún no ha llegado?
Trilogía no es una historia al uso, ni siquiera tres. Es más bien un movimiento lento, casi hipnótico, que te arrastra por la vida de Alida y Asle, dos jóvenes que vagan por el mundo con una mezcla de ternura desamparada y tragedia inevitable. Aquí no hay epopeyas ni gestas: hay dos adolescentes noruegos del siglo XIX —él con apenas dieciocho años, ella con dieciséis y embarazada—, que podrían ser los bisabuelos del propio autor —por lo que se intuye— o, si se quiere, dos figuras bíblicas sacadas del exilio y arrojadas a un mundo que no los quiere. Él la ama. Ella carga con una vida en camino. Nadie los espera. Huyen. Buscan algo parecido a un hogar. Huyen como se huye en los cuentos viejos: sin mapas, sin destino, con una fe rudimentaria y un miedo sordo. Y lo que encuentran —o lo que no encuentran— es el corazón de esta novela.
La historia se divide en tres partes, pero no esperes giros argumentales ni misterios resueltos: esto es música escrita con palabras. Hay una huida, hay hambre, hay rechazo, y también una forma de amor que se parece mucho a un acto de fe. Es difícil contar de qué va sin fastidiarte la experiencia, porque aquí el qué importa menos que el cómo. Lo esencial no es lo que ocurre, sino cómo Fosse lo deja resonando entre frases repetidas, respiraciones entrecortadas y un ritmo que se instala en el cuerpo como una letanía.
Y ahí es, precisamente, donde aparece la magia de Fosse en toda su intensidad: leerlo es como escuchar a alguien rezar en voz baja en una habitación vacía. Esto es música, y de la densa. La prosa se desliza en oleadas, con frases que parecen tambalearse, que titubean, que se repiten, que se niegan a cerrar del todo. Es escritura que se arrastra y se detiene, que duda, que se aferra a un gesto o a una palabra como si se tratara del último vestigio de sentido.
Lo que hace Fosse con el lenguaje es casi chamánico. Repite frases como quien recita mantras. Rodea las cosas, las nombra desde la duda, desde la insistencia. Escribe como si tuviera miedo de decir demasiado y al mismo tiempo supiera que no puede decir otra cosa. Su prosa es hipnótica y fragmentaria, llena de silencios elocuentes. Se podría decir que escribe como se reza. Pero también como se recuerda: con vacíos, con repeticiones, con fallos de memoria que son más verdad que la memoria misma. Aquí hay algo de Bernhard pero sin el veneno, algo de Faulkner pero sin el barro. Y, sobre todo, hay mucho de Beckett, en esa forma de mirar lo humano desde el borde del abismo, con una ternura que solo puede permitirse quien ya lo ha perdido todo.
Pero ese estilo tan particular no se queda en la superficie, también condiciona la forma en que la historia está narrada: en tercera persona pero con una cercanía brutal, casi enfermiza. El texto se adhiere a la conciencia de los personajes como una niebla pegajosa. Fosse no juzga, no explica. Observa. Como si se negara a intervenir, como si supiera que las palabras, en el fondo, son un pobre sustituto de lo que está ocurriendo de verdad. No hay psicología al uso ni análisis de motivaciones: solo hay presencia. Alida y Asle no se explican, no reflexionan, apenas piensan. Viven, dudan, temen. Y esa forma de contar sin explicar es quizá lo más potente de todo. Porque Fosse no nos da acceso al interior de sus personajes mediante monólogos interiores ni grandes confesiones: nos lo da por ósmosis, por repetición, por ritmo. Y esa es quizá la clave: Fosse no busca claridad, busca verdad. No la verdad factual, sino la emocional, la que se cuela por las grietas del lenguaje. Y eso es lo que hace que duelan. Que los sintamos como si fueran parte de una pesadilla que hemos tenido alguna vez y hemos olvidado al despertar.
Esa forma de narrar sin explicar no solo moldea la atmósfera, también transforma a los personajes, que no se presentan como individuos psicológicamente complejos, sino como figuras arquetípicas, casi bíblicas. Alida, con su embarazo y su fe ciega en Asle, se convierte en una especie de María nórdica que recorre un paisaje tan hostil como inexpresivo. Asle, por su parte, es un joven de silencios culpables, de ternura muda, que carga con un destino que ni comprende ni elige. La relación entre ambos está marcada por la fragilidad, por la incertidumbre, pero también por una lealtad que desafía cualquier lógica. Y aunque los personajes secundarios aparecen como sombras, su presencia resulta perturbadora, casi siempre ambigua, como si fuesen emisarios de algo que no terminamos de entender, pero no dejamos de temer.
Y es precisamente a través de estos personajes frágiles y arquetípicos como Fosse consigue hablar del sufrimiento sin dramatismo, del amor sin romanticismo, de la fe sin predicar. Hay una espiritualidad que lo atraviesa todo, pero no es dogmática. Es más bien una fe en lo inexplicable, en el otro, en seguir caminando aunque no sepamos por qué ni a dónde. Hay momentos en los que uno podría pensar en El primer hombre de Camus, por esa forma de mirar el mundo desde la humildad y la herida. Pero también hay ecos de Dostoievski, especialmente en la culpa muda, en el peso del pasado y en esa especie de redención que nunca llega pero que se sigue buscando igual.
La estructura, aparentemente simple —tres partes que cuentan momentos distintos de la vida de los protagonistas—, está tejida con una precisión casi invisible. Los detalles del pasado vuelven, pero no como flashbacks, sino como obsesiones. El texto se va llenando de reiteraciones, de ecos, de ritornellos que cargan cada frase de un peso emocional creciente. Fosse escribe como si compusiera música minimalista —piensa en Philip Glass o Michael Nyman—: lo que se repite no cansa, sino que transforma. Porque esa repetición no es solo estilo: es eco interno, es patrón mental cíclico, es la forma en que el pensamiento se atrapa a sí mismo como un pez que no sabe salir del estanque.
Esas tres partes de la trilogía, esas tres novelas en realidad —Vigilia, Olvidado, Soy otro— funcionan como variaciones sobre un mismo motivo, y el lector, más que avanzar, se hunde. El ritmo lento y obsesivo recuerda por momentos al último Modiano, y por otros al primer Dostoievski. Pero con menos acción y más niebla. Más religión. Porque sí, esto también es una novela religiosa, en el sentido más sucio, más desgarrado de la palabra. Aquí no hay dogmas ni sermones, pero hay culpa, hay redención malograda, hay fe como quien aprieta los dientes.
Y sí, es imposible no pensar en la Biblia cuando se lee Trilogía. No por la fe, sino por la estructura del viaje, por el tono de exilio permanente, por la sensación de que en algún lugar hay una promesa que nunca termina de cumplirse. Como José y María sin establo, como los hebreos en tránsito eterno, como Job sin redención. Todo esto lo sugiere Fosse sin decirlo, como un eco más.
Leer Trilogía no es placentero en el sentido convencional. Es una experiencia extraña, incómoda a veces, porque te enfrenta a lo que casi nunca miramos de frente: la precariedad de la vida, la brutal indiferencia del mundo, la belleza que se cuela incluso en lo más feo. No es un libro que te abrace, es un libro que te acompaña mientras tiemblas. Es imposible no pensar en las pinturas de Edward Hopper, con esos personajes quietos, perdidos en una habitación o en un andén, esperando algo que no llega. Eso es Fosse: una espera. Una pregunta sin respuesta. Un gesto que se repite porque es lo único que queda.
Y sin embargo, ahí está la fuerza del libro. En no ofrecer salidas. En recordarte que el lenguaje no basta pero que es todo lo que tenemos. Que el amor puede no salvarnos, pero igual seguimos amando. Que a veces, lo único que podemos hacer es seguir caminando, aunque no sepamos hacia dónde.
Trilogía es una obra profundamente humana, en el sentido más desnudo del término. Es literatura de la intemperie, escrita con una delicadeza que corta. Y cuando la cierras, no sientes alivio. Sientes que algo se ha movido dentro de ti, aunque no sepas ponerle nombre. Y eso, amigos, eso es exactamente lo que busco cuando abro un libro.