3,5. Tras abandonar su trabajo como redactora de programas de televisión, Jeongmin se hunde en una profunda depresión, la cual incluso la lleva a no salir de la pequeña casa en el barrio de Bamgashi a la que acaba de mudarse, salvo para lo preciso. No deja de darle vueltas a como abandonó su trabajo cuando dejó de estar cómoda en este, se siente perdida y no encuentra su camino. Un día, cansada de estar sin hacer nada y de lo anodino que es su día a día, decide salir a pasear por el barrio en busca de una cafetería, sin embargo, sus pasos la llevaran casi por accidente a un taller de cerámica llamado “Soyo &”, donde su dueña, Johee, le dará un gran recibimiento. Lo que empieza siendo una manera de pasar el tiempo en un momento complicado, acaba convirtiéndose en un salvavidas para Jeongmin, una manera de conectar con otros y volver a conectar consigo misma, una forma de por fin abrirse a los demás, y también abrirse a un destino que está deseando vivir.
Aunque me declaro un fanático de todas estas historias confortables de literatura japonesa o coreana que están editando en español, debo admitir que el hecho de que todas estén ambientadas en librerías o bibliotecas estaba empezando a resultarme repetitivo. Por eso, este cambio de escenario que podemos apreciar en “Historias del taller de cerámica Soyo”, llevando ese ambiente cozy a un taller de cerámica donde una experta ceramista inicia a todo tipo de personas en el arte de la cerámica, me ha resultado muy refrescante, puede que incluso estimulante, ya que Yeon Somin describe esas clases de cerámica casi como si fueran un experiencia más allá de lo terrenal. Me ha picado la curiosidad para aprender algún día.
Cada uno de los personajes de la historia se relaciona con la cerámica y entiende la actividad de una manera diferente, pero todos la usan como vía de escape ante una situación complicada de su vida. Esta unión que experimentan a través de este arte, consigue que poco a poco forjen un vínculo, y se abran los unos a los otros. He disfrutado de ese abanico tan grande y variado de personajes y como formaban un grupo tierno y creíble, donde todos tenían su lugar en el taller. También siento que la autora consigue que estas relaciones que se dan entre sus personajes, relaciones de diferentes tipos, al cocerse a fuego lento y sin prisas, se sientan reales.
Me ha sorprendido gratamente que pese a que no deja de ser una historia sencilla y tierna, la autora toca temas más profundos y delicados a los habituales en este tipo de novelas, como pueden ser el maltrato, el alcoholismo o la salud mental. Quizás me hubiera gustado que ahondara un poco más en estas cosas, porque se quedan en la superficie, pero entiendo que lo deja en el límite justo para que la historia no pierda ese carácter confortable y esperanzador. Mi cosa favorita de la obra es la existencia de Hoya, un gato callejero que vive cerca del taller y que acaba siendo adoptado con el objetivo de ser salvado de una vida de penurias en la calle. Me ha gustado mucho como trataba el tema la autora, aunque siento que llegado cierto punto se olvida de él y eso me chafó el disfrute.
Un último punto a valorar es la ambientación, es una delicia como la autora va describiendo ese barrio llamado Bamgashi, lleno de almendras, y como las estaciones del año van pasando por él. Es uno de esos libros que te abre el apetito porque no para de hablar de comer, con esa costumbre tan asiática de entender la cocina y el comer junto a seres queridos como una manera de sanar las heridas que la vida te va generando. No sé si es que estoy últimamente sensible y todo me llega más rápdio, pero el final me ha gustado mucho y me ha parecido muy emotivo.
Ahora bien, pese a que no tengo una sola queja (salvo que Hoya no salga más, eso sí) y es una de esas historias sencillas pero bonitas, que te dejan una sonrisa en el rostro al acabarla, debo admitir que cuando empecé a pensar en la reseña me invadió una una sensación agridulce, algo difícil de explicar. ¿Tiene algo malo la historia? No, de hecho he hablado de todas sus virtudes, la he disfrutado y la recomiendo, sin embargo, siento que me ha faltado algo más que me termine de cautivar, ese algo memorable que he encontrado en otras historias confortables que me haga no olvidarme de ellas y sentirla redonda