La muerte es una realidad inescapable, y una vez que se interioriza esto, no hay vuelta atrás; tener plena consciencia de nuestra fragilidad nos cambia como personas. Se sentirá desesperación y miedo ante este porvenir que avanza a una velocidad desconocida, pero también es una oportunidad para vivir de una manera más auténtica y consciente, para procurar que nuestra naturaleza efímera nos haga más gentiles y para apreciar el hecho de estar aquí. Reconocer la mortalidad abre el camino para poder entender nuestras vidas y relaciones de una manera totalmente distinta. Existe una urgencia real de hacer algo con nuestro tiempo, del cual cada vez nos queda menos, pero también nos da la paz que únicamente lo inevitable trae. En esta situación paradójica nos encontramos, y en ella podemos cultivar un nuevo sentido de belleza con el cual mirar las cosas. También, en esta coyuntura de ver la muerte como algo universal, nace un sentido de deber con el mundo. Si nuestro tiempo es escaso, pues nuestros actos adquieren un peso enorme en nuestra obligación ética de utilizar la brevedad que somos para imaginar e intentar construir un mundo mejor. Nuestro tiempo no solo es breve, sino que también existimos en contextos sumamente crueles de explotación y degradación, y frente a eso debemos alzarnos y luchar, porque nuestras vidas son demasiado cortas como para darles cabida a la cobardía y a la tibieza moral.
Un libro que utiliza un lenguaje conversacional y cercano para hablar de nuestra relación con la muerte y nuestro deber como personas al vivir en un mundo donde la hemos aceptado. Un ensayo que no busca presumir y nos hunde en la experiencia cerca e íntima del autor sobre su propia muerte. Salvo la última parte que a ratos no termina de aterrizar y vuelve a proponer temas ya discutidos, es un ejercicio bien logrado sobre lo que significa vivir bajo el yugo de tu mortalidad.
Una lectura que nos invita a cambiar los roles que nos dictan las tragedias que ocurren en la vida y al final de ella. Nos enseña, a través de la experiencia del autor, a cómo poder cambiar este papel de víctima por el de una persona vulnerable, donde la diferencia radica en el reconocimiento de nuestra responsabilidad como personas de crearnos un mejor camino para evitarnos el sufrimiento al que tanto nos aferramos luego de experimentar dolor.