la historia alcanza un nivel de caos agotador, donde Maeve se ve obligada a cargar con el peso de todos: el Dominio, la Confederación, la Academia, la guerra de razas y, sobre todo, los hombres que la rodean. Aunque su poder como bruja vidente es cada vez más fuerte, lo que se siente en todo el libro es un permanente estado de colapso: siempre está arreglando lo que los demás rompen, salvando a quien se equivoca, soportando mentiras o tratando de que el grupo no se destruya.
Ash prácticamente se separa del grupo. Su obsesión con Vicent lo consume, y aunque regresa una y otra vez, siempre es por su hermano. Lo más duro llega en el final: se revela que Vicent está muerto desde hace tiempo, y que lo que todos vieron era en realidad nigromancia manipulada por la mafia Blackwood, quienes planeaban usarlo como carnada para acercarse a Maeve y secuestrarla. Ese golpe destruye a Ash, pero no es lo único: además pierde la memoria a causa de la magia y empieza a vivir en el medio de una transformación hacia su naturaleza de dragón, lo que lo aísla todavía más de Maeve y el grupo. Su historia en este libro es pura desintegración: un chico roto que se pierde entre la obsesión, la magia y una identidad que no controla.
Con Andrei, las cosas parecen mejorar al principio. Maeve logra desenmascarar la mentira sobre la muerte de Lorna y eso le permite volver de la cárcel. La pareja finalmente se consolida y comparten momentos donde el vínculo entre ellos parece lo más auténtico de la historia. Sin embargo, el guion los sabotea: Andrei empieza a consumir drogas para lidiar con la presión y el dolor, lo que hace que Maeve tenga que estar constantemente detrás de él, cuidándolo, sosteniéndolo. Lo que debería ser una relación fuerte y de apoyo mutuo se convierte en otro peso más para ella. Y es frustrante, porque aunque es la pareja más sólida y la favorita, terminan arrastrándola de nuevo a ese papel de cuidadora.
Jaime sigue en la misma espiral de magia oscura, pero con un giro importante: a pesar de todo, en un momento clave, logra salvarle la vida a Maeve gracias a su vínculo de brujos. Ese acto demuestra que todavía hay luz en él, aunque viva consumido por la oscuridad. Sin embargo, el precio es terrible: cuando Maeve intenta salvarlo a él de una bala que ya había visto en sus visiones, termina siendo secuestrada por el Dominio (terroristas) en el clímax del libro. Es un cierre durísimo porque lo que empezó como una advertencia en sus visiones se cumple de la peor forma posible.
Tobías es probablemente el personaje más agotador en este libro. Cada revelación lo ensucia más: resulta que conocía a los Blackwood, que estuvo metido en el Dominio, que fue un asesino de brujas en el pasado, y que además ha vivido con la memoria borrada. Aunque muchas veces ayuda a Maeve, lo hace con tantas mentiras y manipulaciones que al final la perjudica más de lo que la protege. Incluso cuando parece acercarse a ella y generar una conexión real, todo se mancha por su historial y por el hecho de que siempre termina ocultando algo. Su relación con Maeve se siente como un tira y afloje que desgasta, porque aunque ella lo necesita, él constantemente la arrastra a más problemas.
El trasfondo del libro es una guerra de razas que arranca desde la muerte de Lorna. Lo insoportable es que este conflicto nunca se calma: vampiros, brujos, cambiaformas, todos enfrentados, con la Academia convertida en un campo de tensiones. Maeve queda en el medio, siempre usada como pieza o blanco, y eso la empuja a un nivel de estrés insoportable. Todo sale mal, todo recae en ella, y la sensación constante es que está al borde del colapso, intentando sostener un mundo que se le cae encima.
Para colmo, Amelia y Matt siguen desaparecidos, y su historia se va a un spin-off/libro aparte, lo cual corta el ritmo de la saga principal y se siente más como una trampa editorial que como una parte orgánica de la trama. Maeve y el grupo los pierden de vista por completo, y eso aumenta la sensación de fragmentación.