Los mitos literarios –esos que se construyen con fascinación desde el mundo editorial– en ocasiones no ayudan a acercarse de manera honesta a las obras literarias. Todavía menos cuando se acude a la figura del “escritor maldito”: abultando las anécdotas trágicas, las excentricidades, el carácter de genios incomprendidos y los avatares de los “espíritus” atormentados, mientras que los méritos literarios pasan a segundo lugar.
Salvador Benesdra –aunque menos conocido– ha sido puesto en ese lugar de manera recurrente. Al lado de su condición de políglota y su vasta erudición, es común que al hablar de él se ponga en primer lugar su fatal desenlace: al suicidarse arrojándose de un octavo piso. Aquella circunstancia abonó al aura místico de su obra. Al igual que con “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole, “El traductor”, la única novela de Benesdra, fue publicada póstumamente después de haber enfrentado una serie de rechazos editoriales.
A la par de esas circunstancias que prontamente perfilaron la figura de Benesdra, “El traductor” ha sido calificada como “una de las mejores novelas argentinas que se hayan escrito desde 1810” –en palabras del escritor Elvio Gandolfo– asociándola en repetidas ocasiones con el ímpetu narrativo del icónico Roberto Arlt. Otros, señalan el valor de la novela ya no solo por el retrato “excepcional” que encuentran de la etapa de transformación social argentina en el periodo finisecular, sino también por considerar que en ella hay una notable vigencia que la convierte hoy en un clásico.
Tantas loas y mitologías me hicieron llegar a “El traductor” con expectativas muy abultadas. Como señala Gandolfo, en el prólogo de la edición de Eterna Cadencia, esta novela se enmarca más dentro del realismo que la literatura de vanguardia. El desarrollo narrativo se da a partir de la voz en primera persona de Ricardo Zevi, un traductor que trabaja para una editorial de izquierda. Zevi traduce a Brockner, un autor alemán con filiaciones fascistas y, además, conoce a Romina, una mujer sencilla de Salta con la que empieza una complicada relación de pareja. Tales circunstancias se desenvuelven acompañadas de las disputas laborales en un entorno de transformación de la editorial donde se ha desempeñado Zevi. Además, pareciera que la propia transformación de ese ámbito reducido está asociado también a los cambios que se dan en el ámbito histórico y social –esa coyuntura a la que se hace referencia como el fin de la historia y de las utopías–, así como a la propia metamorfosis emocional y psicológica del personaje principal.
La novela tiene notables méritos. Benesdra es un narrador de alto nivel, se desenvuelve con soltura creando contextos, conflictos y climas emocionales; pero igualmente el relato ofrece en abundancia algunas características que me hicieron perder rápidamente el entusiasmo. Menciono algunas de estas cuestiones.
La predominante voz en primera persona de Ricardo Zevi amplifica demasiado los tormentos, complejos y trastornos de esa figura que muchos insisten en asociar con el propio autor. No obstante, esa voz termina por reducir la complejidad psicológica de otros personajes, y principalmente de Romina. Además de ser casi el único personaje femenino, queda reducido a demasiados estereotipos de la feminidad sumisa, ingenua y groseramente confinada al anhelo sexual. De hecho, el conflicto más importante de la novela está depositado en la “frigidez” de Romina y en la frustración sexual de Zevi. No me interesa sancionar ni a Benesdra ni a su obra desde una chata corrección política. Sin embargo, me cuesta encontrar vigente una novela tan llena de lugares comunes, tan dispar en su construcción de personajes y tan fácilmente polémica. Al contrario, fueron muchas las ocasiones en que su trasfondo y sus resoluciones narrativas me resultaron simples y rancias.
Por otra parte, no termina de convencer la atención de un periodo de transformación histórica desde varios niveles: ya no solo el mundial, sino también el de la Argentina, el del mundo del trabajo y la dimensión subjetiva. El relato parece acudir al marxismo más ortodoxo donde la base o infraestructura –principalmente económica y política– sobre determina el espacio de las ideas y las emociones. Los múltiples cambios sociales que Benesdra retrata con brocha gorda en la novela parecen reflejarse en conflictos laborales, tensiones afectivas y subjetividades donde pocas veces se asoma la complejidad y la agencia de los personajes. Esto aplica sobre todo para el personaje principal, al convertirse irreflexivamente en un miserable agresor –parece que con tanto resquemor del narrador que, en esos tramos, prefiere desdoblarse y acudir a la tercera persona–.
Otro aspecto que inquieta es el trabajo editorial. Según el mismo Elvio Gandolfo –que editó la primera edición en De La Flor– el texto quedó como estaba en manuscrito. Al señalar que la obra “era un organismo complejo que se defendía solo” dice que se limitó a cambiar de lugar algunas comas o aplicar algún punto. Quizás por ello no es fortuito encontrar –sobre todo en la primera mitad de la novela– un abuso de adverbios terminados en “mente” (Al respecto, no está de más recordar aquello que decía el Gabo: «En español, el adverbio “–mente” es una solución demasiado fácil. Si quieres usar un adverbio terminado en “–mente” y buscas otra palabra, siempre es mejor»). Pero también es común encontrar descuidos y erratas que una buena revisión no habría dejado pasar tan fácil. Asimismo, como señaló Aníbal Jarkowski, hay que decir que la novela tiene “cierto carácter amorfo” donde muchas páginas salen sobrando y parecen “escritas más por desahogo que por necesidades narrativas”.
En conclusión, no me fue posible subir al tren del entusiasmo que he encontrado en la mayoría de reseñas y comentarios sobre “El traductor”. Eso no significa que la novela no tenga sobrados méritos literarios, sino que tanta mitología a su alrededor quizás ha inflado las expectativas y no le ha hecho justicia: ni al relato ni al lugar que puede ocupar dentro de la novelística latinoamericana.