Rosa se dibuja a sí misma con más mano de poeta y de dramaturga infantil que es lo que ha sido siempre que ha podido que de caricaturista, y en este dibujo lo que le sale, ya digo, es un retrato secreto del espíritu del TBO mostrado a través de sus dibujantes, de Benejam mandando a su hija Roser a entregar unos originales; de Coll diciendo que no podía dejar su empleo de albañil porque el lápiz no le daba para vivir; del guionista Bech, que una vez salió en el periódico porque puso en fuga a un asaltador que le atacó navaja en ristre; o a través de Alfonso, el contable madrileño, que exclamaba “¡Mosca!”, y a través del director, Albert Viña, que iba para médico, pero que animado por su padre abandonó la carrera para dedicarse a hacer estas cosas de chiquillos.
Me sabe mal decirlo, pero es un libro muy flojito. Las anécdotas son en el mejor de los casos simpáticas y en general, intrascendentes. La escritura es bastante básica, y no le hubiera venido mal una corrección de estilo. Una manera de escribir para niños de posguerra.
La edición que tengo es más antigua, igual en ésta se han subsanado algunos errores.