Las veces que me he sentido más cerca a mi vieja, ha sido en aquellos no tan comunes momentos en los que me habla de su juventud: los bares, los coqueteos, los corazones rotos (nunca el de ella), los viajes y las borracheras. Supongo que solo en medio de esas charlas puedo dejarla de ver simplemente como madre y empezar a entenderla como mujer, algo sin duda mucho más fascinante.
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Pensé en ello leyendo esta novela, la cuarta de su autor, una en la que este, reconstruyendo 18 horas de su mamá caminando como migrante por Nueva York y asistiendo a un concierto de Sandro en el Madison Square Garden, logra no solo contar gran parte de la vida de ella sino de la propia, haciendo de la coincidencia de que ambos, madre e hijo, vivieran en la ciudad teniendo la misma edad (20), una solemne conjunción cuasi cósmica. Quizás lo mejor de la obra sea su narrativa cambiante, la cual cambia constantemente de temporalidad y narrador: Gloria en NY de los 70, Andrés Felipe en NY contemporaneo, Gloria recordando su pasado, Andrés Felipe inventando el pasado de los amigos de Gloria, Gloria ignorando su futuro, Andrés Felipe hablando desde el pasado anunciando lo que será ese futuro que Gloria ignora...
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Gloria en efecto es la mamá del autor, y los tiempos y algunos recuerdos y algunos personas con los que estuvo en Nueva York coinciden con la realidad. Pero es complementamente ficción, como lo ha dejado claro el autor en varias entrevistas. Se trata de hecho un particular juego en el que la verdad y la mentira se entremezclan para dar vida a una nueva realidad, del mismo modo (aunque a la inversa) en que un cronista hace pasar por verdadera una historia inventada. ¡Fascinante!
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Me emociona conocer nuevos autores. Es mi forma de intentar abarcar ese finito pero tan inmenso que bien podría ser infinito mundo que es la literatura. Pero al hacerlo tengo un estricto ritual: jamás leo las biografías ni averiguo nada de la vida de esos autores hasta que termino de leer su libro; temo que al saber desde dónde escriben (nacionalidad, edad, etnia, posición política, etc.) quede condicionado y se contamine mi primera vez con ellos. Así leí a Solano, ignorante de quién estaba detrás de la pluma pero con la certeza de que nunca lo había leído. Solamente al terminar su novela, la cuarta que ha escrito, y al revisar en el todopoderoso Google por sus milagros y pecados, fue que caí en cuenta de que ya lo conocía, de que ya lo había leído casi una década atrás. Fue su premiada crónica de inmersión "Salario mínimo: vivir sin nada", una que en su momento me impactó mucho y que incluso me hizo coquetear brevemente con la idea de ser cronista. No reconocí su nombre, que no es sorpresa, pero tampoco reconocí su estilo: la crónica que leí en el 2015 era cruda, concreta y personal, pero la novela que leí en el 2023, Gloria, era etérea y de narrativa cuasi experimental. En ambos casos los adjetivos los uso como cumplidos; las dos me gustaron a su manera, pero son tan distintas que simplemente fue imposible que mi cerebro literario relacionara la una con la otra. Pero una conclusión queda: ¡Que tipo más polifacético en su escritura!
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A la escritura llegó después de fracasar como músico, y tuvo a Cromos, Soho y Semana (cuando era buena) como escuelas. A laiteraruta de ficción parece haber llegado más por accidente que por antojo: si conoció a varios excelentes periodistas que armaban crónicas a partir de hechos y personajes falsos, ¿por qué no volverse escritor de hechos ficticios a partir de personajes reales? Esto desde luego no lo dice él; es mi interpretación de varias entrevistas que leí en las que cuenta su evolución profesional.