Con este libro, los autores pretenden proporcionar una visión diferente sobre un candente tema contemporáneo, el cambio climático, desde la perspectiva de la dilatada y larguísima historia de nuestro planeta. La obra presenta de forma sistemática una serie de evidencias geológicas, astronómicas, arqueológicas e históricas, indicativas de que el proceso de calentamiento actual no es diferente de otros muchos procesos similares registrados en épocas anteriores, como se encarga la propia Tierra de hacernos llegar a través de la información registrada en el hielo, rocas y sedimentos. El libro, a pesar de ser riguroso desde el punto de vista científico, está redactado en lenguaje sencillo, evitando excesos de terminología técnica, para que pueda ser asequible a cualquier lector y con profusión de material gráfico.
Hastiados de la desinformación y de las mentiras con las que diariamente nos bombardean desde los medios de comunicación y las instituciones acerca del cambio climático, tres expertos geólogos ponen a disposición del lector no especialista un enorme cúmulo de evidencias sobre el tema. Desde la composición de los hielos polares hasta el estudio de los anillos en el tronco de los árboles, pasando por el estudio de los fondos marinos, los glaciares, los restos históricos, los registros escritos y fósiles, los estratos y sedimentos, etc., todo indica que el actual proceso de aumento de temperatura de la Tierra no es más que un proceso natural que ya ha tenido lugar varias veces en el pasado, y sobre el que el hombre no tiene ningún poder de actuación. Tras unos capítulos iniciales en los que se explican los factores fundamentales que influyen sobre el clima, los autores muestran cómo la temperatura de la Tierra varía con las alteraciones de excentricidad de la órbita de la tierra, de inclinación y de cabeceo de su eje, y especialmente con la actividad solar, y se demuestra, por un lado que no existe una corrección entre el aumento del CO2 en la atmósfera y la temperatura del planeta (como sí existe claramente entre dicha temperatura y la actividad solar), y por otro que la Tierra en el pasado ha tenido niveles de CO2 mucho más altos que los actuales. Los modelos en los que se basan los defensores de la emergencia climático presentan muchas deficiencias, pues no consideran estos ciclos naturales, ni la acción de los volcanes, ni la capacidad de los océanos para retener o liberar CO2, o los efectos de aumento de vegetación por incremento de la fotosíntesis al aumentar los niveles de un gas al que falsamente se describe como tóxico y que es fundamental para la vida en la Tierra. Sobre todo, se demuestra cómo una de las principales tesis de los alarmistas, el aumento de temperatura global, es consecuencia de tomar como punto de referencia la temperatura del planeta en 1850, un momento en el que, como se demuestra en el libro, nos encontrábamos en un momento del ciclo especialmente frío, es decir, justo en el extremo opuesto de la situación actual. Las temperatura actuales (y los niveles del mar) ya se han alcanzado en el pasado, y han sido más beneficiosas para la humanidad en términos de salud y prosperidad económica que los momentos en los que el ciclo pasaba por épocas de frío intenso. La clarísima dependencia del clima de la actividad solar es ignorada, e incluso se ha recurrido a la manipulación de los datos cuando ha sido necesario. Así, la gráfica de evolución del CO2 y de la temperatura de la Tierra en el tiempo, que indica claramente que el aumento del CO2 es posterior al calentamiento, y por tanto una consecuencia del mismo (ya que reduce la solubilidad del gas en los océanos, los cuales lo van liberando poco a poco), son mostradas en el famoso documental de Al Gore prácticamente superpuestas, de forma que el aumento de CO2 parece causa del aumento de temperatura en lugar de consecuencia del mismo. De igual manera, los alarmantes gráficos del Panel del Clima de la ONU se construyen llevando a cabo un tratamiento estadístico de los datos tan poco ortodoxo, que ha provocado las protestas y el rechazo de buena parte de la comunidad científica. Y es que otro aspecto que desmonta el libro es el del supuesto consenso de la comunidad científica con la teoría del CO2; son muchos ya los manifiestos firmados por cientos de estudiosos denunciando la inconsistencia del modelo propuesto, si bien la voz de estos académicos es sofocada por el poder de los medios e instituciones promotores de la emergencia climático. Si discutible es la influencia del CO2 en el clima, aún lo es más la capacidad que tiene el hombre en el mismo, teniendo en cuenta que las emisiones de CO2 de origen antrópico constituyen apenas un 3% del total. Los autores ponen de manifiesto la incapacidad del hombre para actuar sobre el clima, y realizan un estudio del consumo energético actual que pone de manifiesto la imposibilidad de sustituir las fuentes procedentes del carbón y del petróleo y de las graves consecuencias que podría tener la llamada descarbonización sobre los paises del tercer mundo y sobre la población con nivel de ingresos más bajos. La electrificación del transporte requiere la fabricación de componentes con una elevada huella de carbono, equivalente a unos diez barriles de petróleo, por lo que no tendrá impacto en el CO2, y el rechazo a la energía nuclear y a las explotaciones mineras dejará a Europa en manos de los países ricos en tierras raras como lo está ahora de los países de la OPEP o los productores de gas natural. Mientras tanto, los grandes emisores de CO2 siguen apostando por los combustibles fósiles, cuyas reservas continúan aumentando año tras año. Los autores concluyen que, detrás de la utópica transición energética, hay un trasfondo oscuro de poder y dinero.
Estamos ante un libro muy didáctico, que abarca estudios de hasta 2023, y que resulta imprescindible para obtener una visión diferente del discurso oficial. La editorial debería haberse esforzado un poco más en la calidad de impresión de los gráficos, pues algunos caracteres son tan pequeños que apenas resultan legibles. Y es una lástima que los autores no hayan extendido la exhaustividad de su investigación a los temas históricos y religiosos, pues nos llevan a leer simplificaciones y falsedades dentro de estos ámbitos similares a las que comenten los medios al hablar del cambio climático. Afirmaciones como las de que Giordano Bruno era un científico, que Moisés fue quien interpretó los sueños del Faraón, o que la religión católica envía a las personas al infierno chirrían dentro de un texto que pretende desmontar inexactitudes. La religión es mucho más que el pequeño conjunto de dogmas o verdades reveladas, y en la discusión sobre la edad de la Tierra se mezclan en el libro actitudes protestantes con las católicas. Pero obviando estas pocas páginas, la información que contiene el libro es suficientemente valiosa como para recomendar su lectura.
Este libro el punto de vista geológico, astronómico y arqueológico sobre el cambio climático en la tierra ya no se puede mirar el efecto invernadero de una forma tan simple como nos la presentan. El libro se complementa muy bien con otro “ El clima, no todo es culpa nuestra” Imprescindibles ambos para tener una idea real de lo que puede estar ocurriendo y de la validez de las políticas que pretenden solucionarlo
Un magnífico recorrido por las principales controversias sobre el cambio climático. Recomendable para aquellos que quieran entender algo más sobre donde estamos en este asunto..