Poco a poco, se desinfla el globo. Lo que empezó como una curiosa vuelta de tuerca al género fantástico, con una concepción feminista de lo que siempre ha sido un cenagal de tópicos machistas, sin descuidar la violencia y el misterio, se va convirtiendo en una saga tediosa y estirada cual chicle, a lo largo de la cual el en un principio apabullante dibujo de Sana Takeda va reduciéndose por momentos a bosquejos, bocetos sin acabar, sketches... en lo que sospechamos es un ejercicio de cansancio en toda regla por parte de la ilustradora. Siendo justos, no carece de interés este segundo tomazo de Monstress; de hecho, tanto las historias cortas sobre la infancia de los personajes como la trama relacionada con el traicionero padre de la protagonista logran mantener el listón de la serie más o menos alto, lo suficiente como para que, un tanto desganadamente, continuemos con la lectura de la misma. Pero la ultraviolencia cansa, la tragedia interminable y plomiza, también, y no deja de llamar la atención el hecho de que Marjorie Liu considere (al menos, es lo que se desprende de su obra) que un matriarcado, en caso de establecerse, sería igual de malo (o peor, incluso), que el patriarcado vigente en el mundo actual (una concepción no muy lejana a la de Y, el último hombre). No es que me parezca mal, pero me parece una curiosa elección para un cómic que comenzó siendo decididamente feminista. Y, bueno, siento si esto lastima las sensibilidades de alguien, pero ese neutro fantasmal e impostado, completamente innecesario (sí, me refiero al «todes», «le monstrue» y esas cosas), me saca de quicio, no puedo evitarlo. Como profesor de lengua que soy, sé perfectamente que los poderes fácticos impulsan estos usos, y así no es como una lengua debe funcionar. La aparición del neutro en nuestro lenguaje debería de ser elección del pueblo, no de las élites, y sobrevenir como consecuencia lógica de una sociedad plenamente igualitaria. Si no, estamos contribuyendo no solo a una igualdad impostada, sino también a impulsar esa concepción de la lengua como un instrumento de manipulación de masas que desean los gobiernos; hoy, puede que este uso sea bienintencionado, o, al menos, no abiertamente negativo, pero, si permitimos que los de arriba creen nuevos vocablos (¡o nuevos usos gramaticales!) a su antojo y nos lo tragamos tal cual, no creo que quede mucho hasta que la neo-lengua de 1984 se convierta en realidad. He dicho.
Y perdón por el rollo.