Rubicunda Brezoardiente es una anciana cocinera que se echó al camino acompañada de un burro y con toda clase de instrumentos de cocina. No sabe qué busca (aunque a quien pregunta le dice que el mejor queso del mundo), pero sí conoce el valor de la cocina para lograr el entendimiento entre pueblos. Incluso entre aquellos a priori poco compatibles.
Historia tranquilita (a pesar de ambientarse en una guerra) y muy, muy bien horneada.
Quiero destacar dos cosas. Primero, la protagonista. Es una señora mayor de verdad, no una chica joven vestida de señora mayor. Le duelen cosas, tiene que pararse a descansar, tiene pudores y a la vez mucha experiencia. Está genial caracterizada. Además, entre tanto despliegue de características, la autora nos oculta a plena vista quién es Rubicunda y por qué está haciendo lo que está haciendo.
Y segunda, la comida. Este libro es un canto de amor a la cocina como proceso. Rubicunda cuece, trocea, asa, pincela y combina sabores, y usa el resultado para lograr entendimiento y pacificación. Ha conectado muy bien conmigo y con mi propio proceso de cocinillas. Eso sí, creo que he extraviado el cuadernillo extra con recetas que regalaban en el Celsius por la compra de este libro, y me da mucha pena.
Me quedo con este párrafo: "Cocinar un plato es mucho más que echarlo al fuego para que se ablande. Es hablar en un lenguaje que solo el alma conoce. Expresa más amor que cualquier beso. Reconforta más que el fuego en una noche gélida, porque no solo calienta el cuerpo. Da placer aun en la simpleza, alimenta la nostalgia y a la vez la mitiga, consigue que los enemigos pacten treguas y que las familias recuerden una velada sencilla como la mejor de sus vidas. Comunica generaciones enteras por el lazo irrompible de la memoria del sabor, desde mil años atrás a otros mil años que vendrán. Cocinar nos hace... personas".