Que sí, que sí, que Joel Dicker (1985-) posee una gran imaginación para crear complejas y enrevesadas historias; que sí, que tiene una gran habilidad para concluirlas con acierto; que sí, que tiene muchísimos adeptos, que sí...
Sin embargo, debo decir que siempre me queda la sensación de que me está tomando el pelo: el uso de los mismos recursos para mantenernos en vilo, aunque funcionen, la manía de introducir temas y personajes, reales o no, que no vienen a cuento, las referencias a su persona y a otras de sus obras sin saber el porqué, el exceso de páginas, etc. Y, sobre todo, lo que más me molesta es su falta de interés por la forma, por el estilo, por el modo de contar el argumento.
En cualquier caso, como las buenas historias las valoro bastante, sigo leyendo a Dicker con la esperanza de que me regale una novela redonda. Pero no, por ahora, continúa exprimiendo su fórmula habitual y, al terminar sus novelas, no me quedo convencido del todo.
El caso Alaska Sanders (2022) es puro Dicker: interesante historia de intriga, complejidad argumental, buena resolución final, metaliteratura, autobiografía verdadera y ficticia, y personajes recurrentes. En este caso no están mal imbricados, todo hay que decirlo, y los que disfrutaron con su mayor éxito, La verdad sobre el caso Harry Quebert (2012), estoy seguro que van a pasar un buen rato. Al menos, está mejor escrita que la anterior, El enigma de la habitación 622 (2020), donde los fallos de todo tipo no me permitieron disfrutar de la historia.
Y, como siempre tengo estas mismas sensaciones cuando leo a este autor y ya las he repetido otras veces, no me voy a alargar más aquí. Así que, después de leer El caso Alaska Sanders y ante un autor con cinco novelas negras con notas tan altas por estos lares, voy a aceptar (por ahora) pulpo como animal de compañía.