Después de una penosa enfermedad, Juan, un hombre de mediana edad, fallece. Teresa, la mujer con la que ha vivido los últimos años, se aferra y cobija en su recuerdo. Eva, amiga de Teresa y antigua amante de Juan, llega a su casa para intentar que Teresa salga de ese estado de dependencia póstuma. A partir de ahí se estable ce una pelea sorda pero llena de violencia física y verbal entre las dos mujeres. Ambas luchan por la posesión y destrucción de esa herencia que supone el recuerdo de Juan.Una novela desgarradora, dura, importante. La búsqueda de una lengua propia.
Marta Sanz es doctora en Filología. Ha publicado las novelas El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos, Animales domésticos, Susana y los viejos y La lección de anatomía, así como cinco poemarios (Perra mentirosa, Hardcore, Vintage, Cíngulo y estrella y La vida secreta de los gatos) y dos ensayos (No tan incendiario y Éramos mujeres jóvenes). En Anagrama ha publicado las novelas Black, black, black: «Admirable. Tiene la crueldad y la lucidez desoladora de una de las mejores novelas de Patricia Highsmith, El diario de Edith» (Rafael Reig, ABC);Un buen detective no se casa jamás: «Vuelve a mostrar su dominio del lenguaje (y de sus juegos) y del registro satírico (de la novela de detectives, de la novela romántica), con una estupenda narración» (Manuel Rodríguez Rivero, El País); Daniela Astor y la caja negra (Premio Tigre Juan, Premio Cálamo y Premio Estado Crítico): «Hipnótico, fascinante y sobrecogedor» (Jesús Ferrer, La Razón); una versión revisada y ampliada de la que es posiblemente su mejor novela, La lección de anatomía: «Ha conseguido situarse en una posición de referencia de la literatura española, o, en palabras de Rafael Chirbes, “en el escalón superior”» (Sònia Hernández, La Vanguardia); Farándula (Premio Herralde de Novela): «Muy buena. Estilazo. Talento, brillo, viveza, nervio, inventiva verbal, verdad» (Marcos Ordóñez, El País); Clavícula: «Uno de los libros más crudos, brutales e impíos que haya leído en mucho rato» (Leila Guerriero) y una nueva edición de Amor fou: «Una de las novelas más dolorosas de Marta Sanz... Las heridas que deja son una forma de lucidez» (Isaac Rosa), y pequeñas mujeres rojas: «Una brutalidad literaria, un despliegue verbal que asombra» (Luisgé Martín), así como el ensayo Monstruas y centauras: «Extraordinario» (María Jesús Espinosa de los Monteros, Mercurio).
¿Alguien se ha dado cuenta de que también existen los malos sentimientos?¿De que están escondidos y por mucho que uno los disfrace de palabras que son justificaciones, juegos, los malos sentimientos son los malos sentimientos y están agazapados en el fondo de los que ni siquiera saben sentir, sin pensarlo dos veces, un auténtico gesto de cariño? ¿Nadie se ha parado a pensar que en el amor muchas veces hay admiración, orgullo por poseer lo que es diferente e incomprensible, una sensación de poder sobre lo que nos sobrepasa? ¿Alguno ha llegado a ver en el amor, esa admiración, ese afán de bebernos al otro, ese orgullo que se sobrepone al mundo está lleno de violencia?
Mi tía Ángela practica la caridad con los mendigos de la puerta de la iglesia de su pueblo. Practica la caridad, elevándola a la categoría deportiva del ocio. Yo no sé si soy fiel, si practico la fidelidad como acto voluntario, igual que cuando mi tía se pone los ropajes de ser caritativa y se viste de blanco y negro y va a la puerta de la iglesia a buscar un hombre, con atuendo de mendigo y careta de gitano.
Conociendo a Teresa,seguro que empezó a creer que era como Bette Davis en alguna película en la que hacía de víctima y, de repente, fue capaz de subvertir todos los órdenes y ser la perversa, asesinar niños y perros,mentir y condenar con esa voz aguardentosa, de grulla, que se le fue poniendo con los años a Bette Davis, o tal vez creyó que Bette Davis era yo y que hacía de mala, la chica dura de la película de gángsteres que al final es de carne y hueso y muere de un cáncer cerebral, llena de generosidad y buenas intenciones para todos sus hombres. Mi enfermedad resultaba tan cinematográfica, tal vez, tan justo para el ojo de cámara de Teresa.
Teresa debería estar llorando,en la otra esquina del salón, lejos de mí, mientras iba comprendiendo que, sin mi boca hospitalaria, su vida hubiera sido mucho más corta, que me estaba pidiendo más ayuda y que probablemente era cierto que me quería, por la sencilla razón de que siempre me había necesitado. [...] Teresa usa mal un impulso que no siente, porque para hacer uso de la pasión ha que palparla y dejarse quemar por ella hasta saber convertirla en un instrumento.
Y sin embargo, mientras hablo y ordeno lo que quiero decir hay un espacio en blanco,un lapso de tiempo, una distancia que me aparta de la verdad de las cosas y en las que existe una posibilidad de correr las cortinas y ver los negativos de las fotos, deformar, asegurar que lo blanco es negro, observar y sentir sólo el revés de lo evidente. No quiero que nadie piense que me justifico, y por eso sufro, y digo que sufro, al comprobar que no sería lo mismo si alguien me hubiese visto proteger a Teresa de sus adversidades, de esa manera de acercarse a la vida con recelo. [...] que alguien me hubiese visto sujetarle la cabeza y preparar croquetas de pollo y trabajar cada día y hacer sentir que mi presencia estaba caldeando la casa y por eso intento hablar de frente y no soporto que algo turbio se vaya colando en un territorio que no domino, un hilillo colgando de mi voz que no quiero asumir [...] que ni si quiere me hace sentir culpable. Porque mi voz tendría que ser como yo misma, una piedra ya pulimentada y limpia, con las aristas claras a la visión del ojo. Quien convierta ese hilo turbio, esa arenilla que se queda dentro de la concha sin lavar, en el principio de la madeja sólo estará jugando con los malos pensamientos y hará la cama a esa torpeza que me está obligando otra vez a hablar mal de quien no quiero hacerlo. Que cada uno piense lo que quiera: yo no tengo más que decir.
Conocí esta novela cuando tenía catorce años, pude leerla con veinticuatro, y desde entonces está entre mis favoritas. La crudeza y desgarro de Marta Sanz en esta historia de mujeres es solo una pequeña muestra de su magistral pluma.