Excelente biografía de un personaje imaginario. María Moreno propone una sucesión de deslizamientos que es, en sí misma, un metadeslizamiento, un desplazamiento borgeano de personajes de ficción que configura una red más densa que la supuesta veracidad histórica. Dicho de otra manera: una colección bien entramada de mentiras dice más verdad que la verdad directa con la que trabajan los biógrafos y los memorialistas -en ambos casos, formas apenas camufladas de la ficción-. Estos eslabones Pierremenardianos nos arrojan felizmente sobre el mundo puro de la literatura, de una forma de escritura y lectura que obliga a repensar la experiencia. Opino que el estilo de Moreno es intenso, erudito, inquieto. Su prosa es diáfana, vigorosa, antagónica consigo misma hasta la aproximación asintótica de la perfección. Como se trata de un libro personalísimo por los temas que trata -Moreno se ha dedicado sin tregua a problemas de cruce entre sexualidad, política, integración, feminismo-, su estilo también es personalísimo. Si bien se aprecia que buena parte del libro es un compilado ficcional de poesía, Moreno afirma que se trata de una novela, quizás de vanguardia pero novela al fin. En cualquier caso, la ruptura con las formas establecidas se inscribe como prioritaria en la estética de Moreno. También al igual que Borges, Moreno logra frases muy pulidas que, sin embargo, emergen de ese fondo poético que no tiene palabras pero opera como agencia inconsciente de la subjetividad. También como Borges, Moreno incrusta a la perfección en su prosa referencias eruditas, una tras otra, sin concesiones. Creo que un rasgo notable de este libro radica en que el feminismo no se limita a ser el tema del libro, sino que se expande hasta darle forma al libro. Es decir, se trata de una obra muy inteligente que en la sucesión de frases ajustadas se escapa siempre, destruye cualquier intento de confrontación con algún canon. El feminismo crece desde el interior del libro, desde la forma misma que en su juego de deslizamientos psicoanalíticos promueve la intuición de la subjetividad como un compendio inasible de fugas, de movimientos afectivos, representacionales y estéticos que nunca cristalizan. Si se acepta la confrontación con algún canon, ese canon es el que emerge de este mismo libro. La tradición va del presente al pasado y no al revés, como dice felizmente Carlos Gamerro, lector de Borges, de Joyce, de los clásicos y de la vanguardia. Moreno construye su propia tradición mediante la experimentación. Me gustó mucho esa mecánica, ese movimiento perpetuo que parece configurarnos en nuestra identidad. En síntesis, opino que este libro es extraordinario. Pienso que hay que leer todo lo publicado por María Moreno.