No tengo más que cosas hermosas que decir sobre este libro. Pero antes de nada, tengo que agradecerle: cada bloqueo de escritura que tuve se desvaneció cada vez que leí páginas de Lectoras. Qué manera tan hermosa tiene Milagros Pochat de invitar a escribir. ¿Habré sido yo la única a la que le pasó?
Eso se logra cuando uno escribe con una simpleza que acompaña de maneras peculiares. Lo simple, lo reducido puede llegar a decir tanto. Hay que tener no solo oficio, sino también mucha generosidad.
No sé, puede que esta crítica sea completamente parcial porque he sido alumna de Milagros y soy testigo de su generosidad gigante para compartir lo que sabe. Pero en Lectoras, en particular, no hay un compartir de conocimientos en el sentido tradicional. Aquí la generosidad está en dejarnos ver un espacio íntimo, en abrirnos la puerta a un lugar tan privado y tan bien cuidado como es un cuaderno.
Al escribir esta reseña me doy cuenta de que este libro es de esos que quiero leer siempre, al que quiero regresar, al que me gusta lo que me hace sentir.