Piedad Bonnett revisa su propia vida para ir llegando a otros temas, con la famosa cita de Sartre en el disparadero: "Lo importante no es lo que hacemos de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos con lo que hicieron de nosotros". Se vale de una estructura que evita el desarrollo cronológico apostando por capítulos cortos, con fragmentos finales en los que retrata un presente al cuidado de sus padres ya muy ancianos, con lo que me ha recordado bastante a Misericordia, de Lídia Jorge.
Había oído que este libro era profundamente feminista, pero yo no puedo más que acordarme de Amelia Valcárcel cuando dice aquello de que "el feminismo siempre es en sí rebelde, pero no toda la rebeldía es feminista." Porque Bonnett, combativa es, pero tanto como feminista... Intenta escribir desde una posición de pelea con el autoritarismo, desde el deseo de rebelión que creció en su infancia como planta espinosa, pero, ¿cuál es su máxima transgresión vital? ¿Un embarazo a destiempo? Aunque en múltiples ocasiones alardea de desmesura en sus pasiones –me falta leer su poesía, eso sí es verdad–, yo veo aquí a una mujer indómita pero con un gran autocontrol. Ay, Piedad: pero si tu periplo vital pasó por la universidad, por el matrimonio, por tener hijos, por cuidar de los padres... al final me pareces una persona "guiadiña" de más, como decimos por estos lares. En cualquier caso, todo lo que retrata ayuda a reafirmar la condición de lo que es ser una señora, en su acepción más elegante, es decir, la de mujer madura, responsable e independiente.
Entiendo que Piedad Bonnett ya tiene unos años, y que indudablemente se le acaba cogiendo cariño, pero a riesgo de parecer áspera, su estilo es demasiado tibio para mí. Llego a la conclusión de que la rebeldía que en vida doblegó en aras de la armonía, contaminó también su escritura y la volvió complaciente. No me cuadra que haya sido tan firme en lo cotidiano y que sea tan suave en la resolución formal. Reclamo más sordidez. Es más, cuando narra experiencias tan sobrecogedoras como un parto, un ataque de pánico, una depresión o un duelo, las escenas nunca se desbocan y al final me resultan desprovistas de emoción: "Se paga un precio eterno por haber sido educado en la opresión del orden".
En fin, que he dudado entre el "bien" y el "mejor que bien", pero finalmente apuesto por las cuatro estrellas, ya que en el último tercio, la cosa mejora considerablemente.