Este es el tipo de libro que normalmente no leo: historia militar, fronteras, política y banderas. Pero me sorprendió. Tiene algo profundamente chileno, no en el sentido folclórico, sino en la mezcla de orgullo, desidia y frustración que parece repetirse a lo largo de nuestra historia. Leer sobre el Teniente Merino —su convicción, su sentido del deber, su manera de entender la patria— hace que uno mire con otra perspectiva eso de la “soberanía”, tan manoseada por los discursos y tan poco defendida en la práctica.
Da rabia. Rabia con la clase política chilena de entonces, incapaz de proteger lo que le correspondía. Me dieron ganas de enlistarme en Carabineros (al menos en esa versión ideal, noble, incorruptible, que el libro rescata).
En tiempos donde la palabra “patria” suena a consigna vacía, recordar historias como ésta devuelve un poco de sentido. Porque detrás de la épica militar hay un retrato dolorosamente vigente de cómo Chile suele fallarse a sí mismo.