Nada me habría gustado más que encontrarme entre las afortunadas personas que han disfrutado y se han maravillado tanto con este libro (especialmente porque me lo regaló uno de mis mejores amigos, al que quiero muchísimo, fascinado por él, y le voy a decepcionar si me pregunta lo que opino sobre él).
Desgraciadamente no ha sido así. No es solo que no me haya gustado, es que lo he detestado, para mi desgracia (ya he comentado más de una vez lo mucho que me frustra en las pocas ocasiones en que no soy capaz de disfrutar lo que a muchos les maravilla, me hace sentir rara y excluida de una especie de club al que no he sido capaz de entrar).
Yo ya había oído algunos comentarios que decían que este libro NO es un ensayo, y, efectivamente no lo es: un ensayo es una obra de no ficción rigurosa, que trabaja con las fuentes que existan sobre la materia en cuestión, de manera OBJETIVA, y que extrae unas conclusiones (más o menos originales, en función del tema y el autor) de esas fuentes. Pero un ensayo no equipara las imaginaciones, deseos o elucubraciones personales del autor con los documentos históricos, y mucho menos introduce aventuras personales, recuerdos de la infancia o deseos propios, como sí hace Irene Vallejo en este libro. (EDITO AQUÍ: ya me han explicado que a lo que yo me refiero es a tratados especializados, pero que un ensayo sí puede ser así, más de divulgación general. Así que rectifico esta parte respecto a que no sea un ensayo... no era un ensayo de los que yo estaba acostumbrada, y en mi caso, esta variante no me agrada demasiado)
De todas formas, ya iba mentalmente preparada para ello: me dije, “Sonia, no seas tiquismiquis, no esperes encontrar un ensayo, sino un bonito libro de divulgación”… pero es que ni eso.
Empezaré por lo que sí me ha gustado, ya que es más breve: Irene Vallejo escribe superbien (aquí haré una pequeña puntualización más adelante), es cultísima y muy erudita (me parece algo innegable y muy meritorio), y transmite un amor y una pasión por los libros y la literatura encomiables.
Y ahora voy con lo que no me ha gustado, para intentar justificar mi baja percepción de este libro. No pretendo que esto sea una verdad universal, ni una valoración objetiva: se trata de lo que me ha parecido a mí, lo que he sentido al leerlo. Por tanto, en general se trata de una valoración absolutamente personal y subjetiva.
Respeto completamente a todas aquellas personas que han gozado con el libro, y ni pretendo imponer mi opinión, ni creo que la mía sea más válida que la del resto. Simplemente quiero explicarme, y decir por qué me ha disgustado tanto, me ha generado rechazo y, en muchas partes me ha enervado hasta el punto de casi cabrearme. Vamos allá con todo lo que no me ha gustado:
1. Los momentos “voy a escribir auténtica literatura con frases para la posteridad”: ya he dicho que la autora escribe superbien: es clara, con un estilo ágil y fresco… menos cuando le da por ponerse “auténticamente literaria” y sacarse frases “poéticas” que, a mí, me han parecido engoladas, grandilocuentes y, algunas veces, incluso cursis.
2. Está pésimamente estructurado: va dando saltos temporales sin ton ni son, para volver atrás cada cierto tiempo, mezclando épocas incluso en un mismo párrafo. Pero es que encima repite ideas y frases hasta la saciedad. Ideas que ya había descrito ampliamente con anterioridad, vuelven a aparecer cada cierto tiempo en otros capítulos, lo que me ha hecho la lectura tediosa. De hecho, en algunas partes incluso me ha parecido como si hubiera hecho un “cortar y pegar” de otros artículos que ya tenía escritos. Sin embargo, curiosamente, pasa de puntillas sobre otros datos que, a mi juicio, sí tienen importancia en el tema tratado: llama poderosamente la atención, por ejemplo, que no mencione hasta la página 350 que los primeros textos griegos y latinos no separaban las palabras, y cómo se introdujeron los espacios, los signos de puntuación y los párrafos… y lo liquida en una página.
3. Toda la parte de las anécdotas y experiencias personales de la autora (y el texto está plagado de ellas): me han sacado de quicio, eran digresiones que no aportan ningún valor, y lo único que hacen es contribuir a la sensación de embrollo en el tratamiento del tema. Este libro se tendría que haber titulado “Yo, me, mi, conmigo”, por la cantidad de “momentos prota” de Irene Vallejo. Lo siento, pero a mí no me interesa lo más mínimo qué le leía su madre cuando era pequeña y aún no sabía leer (por cierto, que no sé si para una niña de 3, 4 o 5 años es una lectura muy adecuada “El Conde de Montecristo” o la “Odisea”, en lugar de “Fray Perico y su borrico”, “Ricitos de Oro” o "Los tres cerditos”), o que entre los 8 y los 12 sus grandes acompañantes fueran R.L. Stevenson, Michael Ende, Jack London y Joseph Conrad (porque ella, a diferencia de los niños de su quinta, solo se identificaba con clásicos, y no también con las novelas de María Gripe, Enid Blyton o Roald Dahl)
4. Las comparaciones anacrónicas y sonrojantes del mundo antiguo y nuestra época actual (como si el lector fuera tontísimo e incapaz de pillar el contexto), muchas de las cuales no tienen ningún sentido, o la manía de meter relaciones muy forzadas (o que directamente no venían a cuento), con obras muy posteriores, e incluso con películas, para demostrar lo culta que es la autora, lo mucho que lee y la cantidad de películas que ha visto. De hecho, el subtítulo de este libro tendría que haber sido “¿Qué hora es? Manzanas traigo”
5. La manía de meter resúmenes de novelas y obras (clásicas y actuales): primero me parece de una inmodestia pasmosa ponerse a explicar de manera “literaria” obras como, por ejemplo, “El nombre de la Rosa”, porque nadie escribía como Umberto Eco. Pero es que, además, la inmensa mayoría de las obras que “resume”, ya las había leído, por lo que esos resúmenes me parecen innecesarios y lastran el texto. Y en el caso de aquellas obras que aun no he leído, no tenía ninguna necesidad de que Vallejo me las “spoileara”, la verdad.
6. Pero lo que de verdad me ha generado rechazo, y me ha enervado en muchos momentos es la superficialidad con la que está tratado todo el tema… y lo que es aun peor: la cantidad de errores que contiene, lo que lo invalida como libro de divulgación.
Todo lo más, podría decirse que “El infinito en un junco” es un compendio de anécdotas curiosas relacionadas con los libros, que no aportan nada nuevo, bastante conocidas, tratadas superficialmente, y con explicaciones no del todo fiables, bien por las generalizaciones de la autora y por el tratamiento poco profundo de muchos temas, bien (y esto es lo peor, y lo que en muchos momentos me ha puesto al borde del enfado) por los errores que contiene.
Que un libro sea de divulgación no es incompatible con que sea riguroso y con base científica. Es más, creo que debería ser aun más preciso, si cabe, precisamente porque condensa las ideas.
No es el caso de Irene Vallejo, que cae en una generalización tras otra, o da por teorías asentadas, cuestiones que están siendo objeto de debate. Algunos ejemplos de teorías que Vallejo da como verdades absolutas: el origen del alfabeto fenicio ella lo relaciona indiscutidamente con el jeroglífico egipcio, cuando es una cuestión todavía abierta, y sometida a amplio debate (hay quienes dicen que el origen es egipcio, pero no del jeroglífico, sino del hierático, y otros lo relacionan con la escritura cuneiforme), o el afirmar hasta la saciedad que los antiguos no podían leer en silencio (visión que actualmente está casi descartada, ya que no soler hacer una cosa no significa no poder hacerla. Que los griegos y romanos asociaban la lectura a un acto social y oral al que daban gran importancia es cierto, pero también lo es que SÍ leían en silencio en otras muchas ocasiones).
En cuanto a las generalizaciones, que son la tónica habitual, no solo quitan todo tratamiento serio y preciso al tema, sino que incluso pueden llegar a generar confusión, al no precisar ni siquiera épocas o lugares cuando se refiere a una aseveración concreta. Así, por ejemplo, al decir que las mujeres griegas (así, a saco, todas ellas, sin importar a qué polis pertenecían), no salían, y que el deporte era solo cosa de hombres, parece olvidarse de las espartanas, a las que en la época clásica llamaban las más libres de las griegas y que incluso tenían sus propias competiciones deportivas; o al afirmar que Heródoto, era alguien excepcional al resto de los griegos, porque viajó incansablemente mientras los griegos apenas salían de su casa, parece olvidar que las polis griegas fueron hegemónicas en navegación y comercio, y se dedicaron a fundar colonias más allá de las islas griegas y del Peloponeso por todo el Mediterráneo e incluso el Mar Negro (¿Magna Grecia en el sur de Italia? ¿Sicilia? ¿Las colonias griegas en la Península Ibérica? Así borradas de un plumazo por la generalización). Hay muchas más (el analfabetismo de los romanos de Schrodinger: ahora no lee casi ningún romano, luego resulta que sí, en función del capítulo… fruto de aseverar en general, sin precisar época y contexto).
Pero, con diferencia, lo que más me ha molestado son LA CANTIDAD DE ERRORES que contiene este libro, especialmente por lo que se refiere a la parte de Roma, donde ya Vallejo entra en barrena, con desinformación, omisiones pasmosas, tendenciosidad, e información tratada incorrectamente: esta visión, ya cansina, de Roma como una panda de brutos y “bárbaros” (no en el sentido latino original de extranjeros, sino de cafres paletos bestias pardas), mientras los griegos (TODOS los griegos, ¿eh? y de todas las polis) eran de una cultura que quita el hipo, es agotadora. Hubo un desfase cultural (como también la hubo entre los egipcios y minoicos y los griegos de la época arcaica, a los que veían exactamente igual: como guerreros que usaban la fuerza sobre la mente). Roma no fue una mera imitadora de Grecia, y ya en el siglo II a. C. sufrió una auténtica eclosión cultural, que, eso sí, se vio avivada por la influencia griega. Y ya dije basta y me indigné con lo de la asquerosa, manida, injusta y equivocada costumbre de equiparar Roma y el EE.UU. actual, utilizando lindezas como imperialista, belicista y cima del sistema esclavista, como si el resto del mundo antiguo no se hubiera sostenido de la misma manera (egipcios, griegos, hebreos, fenicios, cartagineses, samnitas, etruscos, celtas, íberos y un largo etc, todos tenían esclavos).
En cuanto a los errores, hay muchísimos, especialmente en la parte de Roma. Aquí vamos con unos cuantos:
- Zenobia no era árabe. Se desconoce exactamente su origen, pero todo parece apuntar a que, en todo caso, sería aramea.
- Julio César, por el contrario de lo que afirma Vallejo, de que “los hombres serios, para mantener su prestigio, solamente escribían prosa”, SÍ escribió poesías, elegías amorosas y hasta una tragedia. Lamentablemente, se han perdido, y solo hay algunas alusiones. Tampoco fue asesinado en el Senado: fue asesinado cuando iba a empezar una sesión del senado, pero a las puertas del teatro de Pompeyo, porque el Senado estaba en obras.
- Rómulo Augústulo no abdicó. Fue depuesto por Odoacro, lo cual es bastante diferente
- Ni Cicerón fue de profesión abogado, ni Ovidio estudió para dicha profesión. Hasta el emperador Claudio, la abogacía no era una profesión, en el sentido de actividad especializada objeto de remuneración económica. Los romanos intervenían como abogados como medio para entrar en política y ascender en el cursus honorum, y cobrar por ejercerla estaba prohibido, así que mal se puede llamar a eso profesión
- “Los cristianos fueron perseguidos durante siglos”, así como generalización, está muy bien. Pero fueron dos siglos, y de manera intermitente.
- Las generalizaciones y la visión simplista sobre la esclavitud en Roma, o sobre el matrimonio (eso de que las mujeres se casaban obligadas con hombres mucho mayores que ellas, y se divorciaban cuando el padre las obligaba es impreciso e incorrecto), o el profundo desconocimiento del sistema jurídico, electoral y del orden de clases (utiliza indistintamente el término aristocracia y patricios, llama patricios a personajes históricos que fueron plebeyos, dice que los capite censi – al que ella llama la clase más baja- no podían votar, cuando no es así: no podían votar en las asambleas centuriadas, pero sí en las tribunicias y las asambleas plebeyas… otra cosa es que como el sistema no era 1 hombre = 1 voto, sus votos no tuvieran peso)
Y no sigo (aunque hay muchos más), porque esto me está quedando larguísimo.
Solo decir que con la cantidad de reiteraciones que tiene este libro, he encontrado omisiones imperdonables: que hable de Menandro, diga que solo quedan algunas de sus citas o partes de textos, y se olvide de decir que su cita más famosa fue la inmortalizada por Julio César al cruzar el Rubicón (ese “¡Que vuelen alto los dados!” pronunciado en griego, que recoge su contemporáneo y testigo Asinio Polión, mucho más fiable que el “alea iacta est” que recogió Suetonio). O que no hable de Cayo Mecenas, el personaje histórico de la época de Augusto que precisamente dio nombre al término. O el vergonzoso trato que da a Virgilio, a la “Eneida”, a ”De Bello Gallico” de César (creador del estilo indirecto), a Plutarco, Suetonio (entre otros muchos), a los que menciona de pasada.
En definitiva: que por todo esto, este libro no me ha gustado. Prefiero, como libros de divulgación, los de Javier Negrete (igual de amenos, y bien escritos, pero con más enjundia) o, para anécdotas (más o menos fiables) curiosas y divertidas, los libros de Indro Montanelli.