A este libro le pondrías un 2 o un 4, e incluso creo que, como tantas obras, todas en realidad, no hay una numeración justa o proporcionada.
Aquí, en este libro tienes como en Joaquín el mismo sentido ambivalente unamunesco: o lo odias, o lo amas. No puedes tener término medio, al menos de primeras. Creo que esto es más complicado que eso.
Unamuno ha representado aquí un mito noventayochesco, que sirvió como crítica nacional pero a día de hoy es un mito anquilosado y lastrante. La idea de la envidia como motor esclavizante y condenatorio que está en la tierra, en concreto en España. Incluso podemos observarlo en autores actuales, aun modificado con leves cambios, como Carlos Ruíz Zafón. En otros tiempos estos mitos que construye Unamuno, como en otras obras, podrían dar esa melancolía de saber que es verdad. Pero no es cierto, es la vieja teleología de origen cristiana; la misma esencia de pensamiento que destilaba el vasco-salmantino. La vuelta de tuerca sería Baroja, pero no deja de ser la manifestación de la otra cara, como lo es Abel de Joaquín, como lo era Unamuno de Baroja...
El trato filosófico (si es que podemos decirlo así, pues es más teológico) es algo deleznable: el sentido determinista de la condición humana basado en la fe, la vieja fe... Al final y al cabo esta visión histórica es en realidad un retroceso a nivel filosófico, por mucho que a nivel literario sea una verdadera novedad. Es ésta la verdadera problemática novestayochista, mirar atrás nostálgico para buscar solución del problema. Aquí la perfilación antropológica se transforma en el gran mantra unamunesco: la obligación de verse creer por la existencia de la contradicción humana, imposible de cambiar, en el sentido cristiano del libre albedrio (obligado al bien o al mal), sin obligación a modificación alguna. Esto es el gran punto negativo de la obra. El más grave. El que da asco de la novela, sobre todo porque, si bien es presente en otras obras de la generación, en ésta es vista como inevitable, al contrario de Baroja, por ejemplo, aunque con matices... Si bien es cierto que representa algunos de los grandes problemas de la época, el ambiente tenía que ser explicado: o por el ambientalismo, o por la teología. Las dos respuestas al final acaban por ser reduccionistas, aunque la última es peor incluso. Esta búsqueda de respuestas haya aquí la peores de las ejemplarizaciones, como imitando al Quijote, a una muerte exculpatoria, no redentora en un sentido ético, de responsabilidad, sino de culpa... Siempre la culpa. ¡La maldita culpa! Nadie aquí acepta sus problemas, son incuestionables e invariables... El mito sobre el problema real.
Aun así, el tema sicológico es magnífico. Tiene un cierto sentido dostoyesco en la forma y en la búsqueda de la comprensión de la sique, en este caso de Caín. Es representada la contradicción unamunesca de una manera en que lo haría Dostoievski en Memorias del Subsuelo. En este caso es a través de un diálogo casi platónico entre Abel y Joaquín. El debate también representa el conflicto de la época: arte contra ciencia, ciencia contra arte, que incluso hoy día es habitual, como entre ciencias humanistas o sociales (del espíritu a veces volvemos a decir) y las ciencias naturales. Pero he decir que esta apreciación se va volviendo banal en cuanto no cambia, y aquí volvería a citar lo anterior. La futilidad de la muerte de ambos enemigos por su odio y envidia cainita, que también se representa en el aragonés. La idea social, en su cacao mental e ideológica, se justificaría en esta idiotizada contradicción entre hermanos envidiosos, otra justificación cristiana.
Técnicamente la novela es muy buena e interesante, puesto que anda entre la novela realista del s. XIX y una novela más experimental que anda hacia la modernidad literaria y las vanguardias. En el fondo, son cuadros técnicos que están filosofeando sobre la cuestión humana y nacional. Es decir, la abstracción del problema, que en realidad es una cuestión individual, reflejo del conflicto interior de los autores con una época anclada aún al pasado. Pero es también la manifestación de las vueltas al pasado, como siguen haciendo terroríficamente Pérez-Reverte y demás a día de hoy; mitificando, otra vez, un problema cuya pregunta estaba también mal formulada. ¿Qué es lo que causa el verdadero mal o malestar en Unamuno? ¿En España, o la España rural?