En las distancias cortas es donde un hombre se la juega. O no necesariamente. A diferencia de la novela —entendiendo por tal cualquier historia de cierta duración, sea cómic o literatura—, el relato requiere unas gestiones más emocionales que temporales; donde la novela exige mantener la atmósfera, crear un universo rico en reminiscencias, el relato debe ir directo al grano, desarrollar una idea o un sentimiento con la mayor precisión posible. Es la diferencia entre construir una catedral, hacer un trabajo grandioso que no requiere que todos los espacios tengan la misma armonía, o construir una casa, cuya belleza es menos importante que el hecho mismo de que sea habitable.
Aunque El fin del mundo y antes del amanecer se venda como un recopilatorio de historias cortas, eso es mentira. Inio Asano juega siempre en distancias largas. Todos sus relatos se comportan como pequeñas novelas o como fragmentos conclusos de algo potencialmente más grande, que no esbozos de novela.
Esto se hace patente en el mejor de sus relatos, Antes del amanecer. En él todo se juega en el tempo, en el desarrollo específico de un ritmo perfectamente marcado, que rompe al final para enfangarse en la conexión de todos los diferentes momentos que ha ido esbozando en una armonía común. Ahí, donde Asano experimenta de forma más incontrovertida, es donde se puede ver ese germen de algo mayor —cada historia, de dos páginas de duración, podrían ser un capítulo que confluyeran en un último capítulo doble de un manga de un par de tomos—, sin que por ello sea necesario desarrollarlo más. No es un relato, sino una novela; no es una casa, sino una catedral en miniatura.
Eso no significa que no tenga algo que pueda considerarse canónicamente breve. El fin del mundo o, especialmente, Alfalfa, cumplen perfectamente la función del relato como estampa de un mundo que termina en sí mismo, pero no dejan de ser una excepción.
¿Significa eso que Asano sólo encuentra la genialidad en la larga distancia? En absoluto. Sus relatos de larga-breve distancia son suntuosos, mágicos, absolutamente perfectos, pero sus relatos de corta distancia, sus relatos más canónicos, también logran crear una agradable sensación de paz, de armonía con el mundo. Algo que sólo consiguen los mejores relatos. Y por eso, aunque Asano sea un constructor de catedrales, sean en miniatura o a tamaño natural, también sabe cómo construir preciosas casas perfectamente habitables. Porque la preferencia por lo suntuoso o lo habitable no debería eximir de poder abrazar también el otro camino nunca del todo descartado.