Tiene mucho más mérito mirar lo mismo que todos, ver algo distinto y ser capaz de mostrarlo que ver algo que sólo tú eres capaz de ver. La historia de Nora no tiene nada de extraordinario, es feliz, la llevan a vivir a un sitio nuevo, y de pronto ya no lo es. Crece desarraigada y se enfrenta a los sinsabores de madurar sin ese terreno firme y conocido en el que apoyarse.
Nora se rompe, y los pedazos están ahí, desordenados, brillantes, mezclados, algunos suficientemente grandes o cercanos a otros parecidos como para que podamos reconstruir la imagen, otros mezclados sin remedio con los de otra imagen distinta, formando un dibujo nuevo. Es la poesía de esos pedazos, la forma extraña en que se combinan, lo que hace que esta historia se eleve y nos toque muy por encima de lo que una sinópsis aséptica invita a esperar.
Creo que os gustará mucho si os gustan las historias de paso a la madurez y si estáis dispuestos a leer con calma y masticar saboreando.