Nora disfruta de una infancia feliz rodeada de sus amigas en Vitoria. Sin embargo, su vida da un giro cuando sus padres deciden mudarse a Villaverde, un barrio madrileño de la periferia. Sumida en el duelo de una doble mudanza física y geográfica, Nora deberá enfrentarse a la creación de nuevos lazos de amistad, al tiempo que se esfuerza en mantener vivos los anteriores. «Ojalá no nos hubiesen arrancado», le dice a su mejor amiga en una carta, tiempo después. Nora nos deja espiar como por una mirilla lo que ocurre en su cabeza en este viaje a través de la infancia y la adolescencia lleno de conflictos y desafíos. Esta novela es la fotografía en movimiento de una generación, la de la primera década del siglo XXI: la de los SMS, los MP3 y las revistas.
Tiene mucho más mérito mirar lo mismo que todos, ver algo distinto y ser capaz de mostrarlo que ver algo que sólo tú eres capaz de ver. La historia de Nora no tiene nada de extraordinario, es feliz, la llevan a vivir a un sitio nuevo, y de pronto ya no lo es. Crece desarraigada y se enfrenta a los sinsabores de madurar sin ese terreno firme y conocido en el que apoyarse.
Nora se rompe, y los pedazos están ahí, desordenados, brillantes, mezclados, algunos suficientemente grandes o cercanos a otros parecidos como para que podamos reconstruir la imagen, otros mezclados sin remedio con los de otra imagen distinta, formando un dibujo nuevo. Es la poesía de esos pedazos, la forma extraña en que se combinan, lo que hace que esta historia se eleve y nos toque muy por encima de lo que una sinópsis aséptica invita a esperar.
Creo que os gustará mucho si os gustan las historias de paso a la madurez y si estáis dispuestos a leer con calma y masticar saboreando.
Una maravillosa historia de adolescencias imperfectas, de aprendizajes difíciles y de autodescubrimientos. Nora, su protagonista, se muda de Vitoria al Madrid de los 2000, de los colegios de monjas, de las tardes de hastío en la periferia y de la Oreja de Van Gogh. Se descubre a sí misma y nos ayuda a conocernos un poquito mejor a través de este libro que tiene mucho de diario y de poesía, pero con una prosa cuidadísima que da gusto leer. Es una historia donde nada está idealizado pero que, lejos del pesimismo, nos deja entrever que lo roto se puede recomponer y podemos aprender a vivir con las cicatrices.