No bailé con él, no bailé con ella es una emotiva novela que utiliza la memoria como el eje por medio del cual vemos a un hombre reinventarse ante la pérdida. La sencilla claridad con que Gabriel Vera teje emociones y recuerdos hacen de la lectura no sólo una experiencia placentera, sino también un ejercicio de reflexión que contrasta épocas, así como percepciones sobre el amor, el deseo… En fin, todo aquello que se entiende como la condición humana.
Gabriel Vera Baeza nos entrega una novela en la que cuatro voces hablan y al hacerlo logran crear y transmitir algo muy interesante y cierto: la realidad siempre es una, pero no hay dos percepciones iguales en torno a ella, cada sujeto, y personaje, la vive de maneras distintas, por más que se trate del mismo suceso. De esta forma tenemos al inicio el registro de la voz de Mariano, un hombre entrado en años que sufre de tres duelos: la pérdida de su esposa, la confirmación de que él está envejeciendo y finalmente el darse cuenta de que el mundo está cambiando sin él y a pesar de él, de sus opiniones y deseos. Después conocemos la historia de Pedro y la relación que tiene con su padre, misma que se ve siempre atravesada por la precariedad, pero como buen mexicano que es, encuentra las maneras de salir adelante a partir de su ingenio. Herido en sus vínculos, Pedro conoce a Mariana, mujer con la que se casa antes de tener que irse a Estados Unidos a trabajar. A partir de aquí la que lleva el protagonismo es Mariana, personaje que le da la vuelta a su papel de esposa y se nos muestra como una mujer que no sólo es bella, también es inteligente, que disfruta de leer y también de escribir, pero la vida no ha sido fácil para ella, ni para su estirpe, por eso baila para sentir algo agradable, para olvidar los dolores del mundo. Además de la migración, aquí se trata un tema históricamente tormentoso para nuestro país, que tiene que ver con el racismo, el desprecio a un color de piel que da cuenta no sólo de nuestra singularidad, también de nuestro pasado y como dijo alguna vez Vasconcelos de lo cósmico que hay en nuestra raza, que ha sido devaluado frente al implacable proceso colonialista, pero que a tantos años de distancia urge subvertirlo, como lo hace Gabriel, mostrando que lo moreno también es hermoso. Finalmente, en la novela hay espacio para una voz más, la de Kelly, una mujer que se presume la prima de Pedro, pero al mismo tiempo y en secreto guarda un fuerte deseo por él, tanto que la motiva a seguirlo a Estados Unidos para hacer que se olvide de Mariana y de sus hijos, ofreciéndole lo que todo migrante anhela: la realización del sueño americano y no la pesadilla compartida de la funesta realidad. Si bien hay un claro triángulo amoroso entre Mariana, Pedro y Kelly, uno se podría preguntar, ¿qué tiene que ver Mariano, el primer personaje, con todo esto? Y aquí la novela se apoya de un recurso, que no sólo ocurre en lo literario, también en lo empírico, el de la posibilidad, ¿qué tan diferentes serían nuestras vidas si hubiéramos tomado otras decisiones? Por ejemplo, ¿qué habría sucedido si hubiéramos aceptado la invitación a bailar de un desconocido? ¿Y si al negarnos estamos perdiendo una gran oportunidad? ¿O nos estamos salvando del evento canónico de nuestras vidas? Gabriel Vera lo anuncia desde el título de su obra: hay dos negativas. Y el universo que se abre con todas sus infinitas posibilidades nos muestra que no todo puede ser y menos al mismo tiempo; el presente se va construyendo a partir de las elecciones que hacemos y al elegir un camino, millones de ellos se truncan y se relegan al espacio de lo especulativo, al ámbito del, ¿qué hubiera sido si…? Como resignación y bálsamo se nos ofrece lo onírico, donde la realidad no rige con sus leyes y todo es posible, hasta el encuentro de dos amantes, que pese a lo difícil e improbable que resultaba el encontrarse, decidieron no bailar, pero en el sueño lo hacen y al despertar se muestran renovados para encarar la vida, el tiempo y la realidad. Gabriel Vera Baeza evade el cursi final feliz, pero con su obra nos enseña otro camino que es esperanzador y más realista, ya lo decía el poeta griego, Píndaro, “no te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”.