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345 pages, Kindle Edition
First published October 1, 2024
Si el milagro cubano es que los cubanos viven de milagro, el misterio habanero es que la ciudad, a pesar de todos esos pesares, sobrevive y, orgullosa de su historia y su prosapia, de sus bellezas patentes, sigue siendo el sitio al que muchos quieren ir, en el que otros muchos empecinados queremos estar, a pesar de todos los pesares, que son muchos. Y en mi caso —que también debe de ser el de otros— porque es el lugar donde soy y estoy.y la desilusión final que parece sostener una dolorosa opción de exilio:
Y por eso yo escribo. Escribo en mi casa del barrio de Mantilla, al sur de La Habana, en la misma casa y sitio donde nací, hace ya casi siete décadas y desde el que mis padres me invitaban a «ir a La Habana». (…) Tratando, con palabras, de armar una sinfonía habanera, con acordes amables y con ruidos discordantes. Y siempre aquí, en mi casa de Mantilla, La Habana, Cuba.
Y lo haré hasta que me expulsen por lo que pienso y escribo o yo mismo me dé por vencido, que todo puede ocurrir, y entonces, igual que varios de los personajes de Como polvo en el viento, cierre a mis espaldas las puertas físicas de la ciudad, solo las puertas de la ciudad ajena, porque estoy convencido de que vaya a donde vaya, La Habana, la mía, se irá conmigo.
Junto a esas ruinas, La Habana de hoy exhibe otros rostros que acentúan esa sensación de extrañamiento o «ajenitud». El florecimiento de pequeños negocios privados es una de esas señales: desde cafeterías y establecimientos de cierto lujo hasta candongas callejeras de resonancias tercermundistas. En las casas, mientras tanto, ahora pululan los carteles ofreciendo la venta de inmuebles que nadie compra, pues los que pudieran hacerlo prefieren emigrar, como los que ofertan sus casas a precios casi ridículos.En fin, esperemos que las fuerzas en el poder en el país vecino no sometan a la ciudad y al país al mismo tratamiento que están dando a Teherán, Isfahán, Gaza y Beirut... Si es que antes no provocan la muerte en masa de la población por hambre.
Como cualquier organismo vivo, las ciudades reclaman afectos y desde hace décadas La Habana ha recibido pocos con la abundancia exigida. Hoy, tal vez, recibe menos caricias que nunca. Y mi sentido de pertenencia sufre con ese proceso que me hace preguntarme incluso si alguna vez, de tan ajena y por momentos hasta tan hostil, de tan desfigurada y con el alma en pena, yo también dejaré de sentir que La Habana todavía es mi ciudad.