Un auténtico retrato de una mujer extraordinaria. Mariana Enriquez encontró la música, el ritmo, la técnica y los datos para dar con la figura irrepetible de Silvina Ocampo. Todos los ángulos, todos los colores, todas las sombras, el aire, la vida, los papeles, el tiempo y los cuentos están aquí.
Menos Silvina.
Silvina nunca aparece, o aparece sólo para justificar, con sus cartas o su voz, algún evento insólito en su biografía, algún viraje en su obra, algún detalle curioso. Pero ella no es la que cuenta matices, no es la que devela, no es la que sale en primer plano. No es la entrevistada que declara sobre algo nunca dicho. Es el tema.
Silvina Ocampo es el objeto de este perfil, no el sujeto.
Y sobre esa base, como si de un perverso remake borgeano se tratara, Mariana Enriquez logra construir un ambicioso cuadro que termina por desplazar, e incluso suplantar, a la figura pública original.
Enriquez busca todo, lo que hay y lo que falta decir, los papeles y los testimonios, y con todo ello va moldeando, poco a poco, una estatua de cera, de texto, tamaño real, de Silvina Ocampo.
El realismo de su trabajo escultórico, el gusto por el detalle más pequeño o escondido y el modo en que une los diversos materiales que encuentra, esa capacidad para conjugar a su antojo la armonía de la pieza con sus objetivos políticos, para enfatizar sin renunciar al equilibrio y para administrar la luz y la elipsis según la perspectiva y los colores disponibles, sometiendo la vitalidad intrínseca de la modelo que posa, la Silvina viva que no está, a las reglas del contraste textual, a las instrucciones orgánicas de la composición, a la teoría que dicta el método, representando en materia inerte lo vivo, intentando capturar en simulacro ilusorio, hiperrealista, el flujo, la savia, el soplido, el aliento de lo irrepetible, empuja a admirar sin reparos a la escultora y a creer, fervorosamente, que su escultura vive, que ese sinfín de anécdotas interconectadas con sesudos análisis críticos de su obra, y todo eso que se dice de Silvina y todo eso que ella escribió y que Mariana reseña en fugaces párrafos, son o fueron los elementos constitutivos de su figura.
Solo al final del libro nos damos cuenta, como lectores, del embuste, de la paradoja y de Silvina.
Es extraño, y no sé si fue un efecto premeditado durante la escritura, pero la gran figura viva que construye Enriquez durante todas sus páginas se revela, una vez cerrado el libro, sin ningún esfuerzo de por medio, sin ningún acertijo, como lo que realmente era: una figura de cera. Una escultura que parecía viva, pero estaba inerte, incluso hueca. Como si sólo al terminar el libro, resonara el eco y la falsía, el artificio de las palabras, la imposibilidad de restituir, la exacta dimensión del truco: un documental escrito y narrado desde el presente sobre Silvina Ocampo, acerca de ella pero sin ella.
Y he ahí la paradoja que emerge y que una vez terminada la lectura, a posteriori, atraviesa todo el libro. La típica contradicción entre la vida y la mímesis. La imposibilidad de representar el movimiento vital y la posibilidad total de construir simulacros que lo suplanten.
La imposibilidad de transferir -del mundo al texto- el hálito individual, y al mismo tiempo, la resignada posibilidad de emular, aunque sea, con artificio y materia, su intensidad y temperatura.
Y si la intensidad que busca Mariana Enriquez la encuentra en las anécdotas que un montón de personas cercanas recuerdan de y sobre ella, y la temperatura en los cuentos y poemas que escribió (y en la crítica literaria que se formó en torno a ellos) y en las memorias que su esposo y unos cuantos más asiduos a su vida dejaron escritas y publicadas, la imposibilidad de la transferencia, de convertir en texto el hálito, la descubrió, pienso, en el proceso.
Durante la persecución.
Porque Mariana, en su intento de darle más realismo a su retrato, no sólo persigue los datos biográficos de Silvina, o las interpretaciones de su vida y obra. Persigue a Silvina. De otro modo no podríamos comprender ni justificar su insistencia en hilvanar tantas fuentes dipersas y heterogéneas. Su objetivo es atrapar a Silvina, o siendo exagerado, desenmascararla, quitarle la máscara visible, identificable, mostrarla tal como fue.
Y si bien durante todo el libro la rodea con todas las armas posibles, con evidencia contrastada y chisme jerarquizado, hasta tenerla prácticamente en sus manos, al final, justo antes de narrar el colapso mental de Silvina, la aparición del Alzheimer, o durante, Mariana pierde el timón, cae en la trampa de la confusión y el olvido, en la última novelita de Silvina, en ese naufragio aparente y ambiguo que tiene tanto de broma y de artificio, y mientras busca la salida, la reanudación decorosa, Silvina se escapa del perfil, huye del retrato de Mariana, y nunca más vuelve.
El lector ve el escape, en cierto modo lo vive, y la sensación es más extraña aún. Por un lado, siente satisfacción por la huida: Silvina logró evadir la pesquisa y la matriz de su misterio no pudo ser decodificado. Pero por otro, y al mismo tiempo, sufre un total desconcierto: ¿quien fue, entonces, Silvina Ocampo?
Mariana, sin perder la oportunidad, corre el telón y cierra el libro.
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Por supuesto, hay más. El perfil es pródigo en testimonios directos e indirectos sobre la vida de Silvina Ocampo y el ambiente cultural porteño en que su obra (y su figura pública) se desplegó. Y ni qué decir de las interpretaciones y reseñas sobre su obra, escritas en distintas épocas y la mayoría publicadas en revistas, que Mariana rescata del archivo con prolijidad y pertinencia. Personalmente, aparte del chisme genérico, es lo que más disfruté.
Eso por ahora. Ojalá en el futuro pueda volver a este librito y revisar, con otros ojos, todo lo que ofrece y deja entrelíneas y en hipótesis.
Fue la primera vez que leí a Mariana Enriquez y la primera vez que leí algo sobre Silvina Ocampo. Quizá esa coincidencia me haya impedido aventurar otra manera de abordar el texto diferente a esta. Dejo mucho fuera, quizá el resumen mismo del perfil, pero creo que lo que queria comentar sobre él está aquí.
Por último, me encantó el título de cada apartado. Mariana Enriquez es una crack para encontrar la frase precisa y la escena perfecta.
Lo demás es literatura pura. Y de la buena.
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Léanlo con una copa de vino argentino🍷 y escuchando, como música de fondo, el tango «A la gran muñeca», de Carlos di Sarli, en la versión instrumental del Cuarteto Palais de Glace 🎶. Ambos le caen perfecto.
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