A veces las redes sociales hacen mucha alharaca a propósito de tal o cual libro. En la mayoría de los casos, esta viene animada por las editoriales y revela más nuestra poca capacidad crítica, escasa comprensión lectora (aun entre personas dedicadas a la literatura) y los pocos lectores que hay en el país más que la aparición de un talento nuevo o un libro que valga la pena.
Me acerqué a El verano de la serpiente con recelo. Estamos hablando de una novela corta (apenas 135 páginas con márgenes generosos y portadillas para el número de cada capítulo) que se lee en una tarde y cuyo precio es desalentador para muchos, especialmente si ponemos sobre la mesa el hecho de que Alfaguara (Penguin-Random House) a veces no suele honrar el pacto de costo-beneficio a favor de sus lectores: muchos títulos de su catálogo fueron one-hit-wonders que palidecen en los botaderos a 99 MXN o menos, mientras que las inmanejables (e imprácticas) ediciones de Roberto Bolaño están por encima de los 300 MXN. Así, ¿en qué categoría caería este libro de Cecilia Eudave?
En él asistimos a una fábula, fiel al espíritu del realismo mágico e impecablemente escrita, donde los fantasmas forman parte integral de las familias y constituyen un medio infalible para arrostrar nuestros secretos. La acción transcurre (veladamente) en Guadalajara, en 1977, en el cuadrilátero formado por las avenidas Tolsá, Francia, Federalismo y Alemania, cerca de donde tuviera su residencia el escritor Agustín Yáñez, quien también hace un muy merecido ‘cameo’ en el libro.
El hilo conductor de la trama es, en el espíritu más proustiano de la ‘Recherche’, la evocación del pasado a través de los objetos cotidianos, pero no por ello simples, que, cargados con un simbolismo individual y personalísimo al pasar de los años, nos permiten hacer el más fiel de los inventarios de nuestra identidad. Asistimos así —y no creo estar faltando al espíritu del libro— a las cosas y situaciones de antaño, no “como ocurrieron”, sino “como las recordamos”, y en este sentido la obra de Cecilia no podría haber dado más en el blanco desde su planteamiento: la polifonía de personajes se presta más que bien al establecimiento del entramado narrativo, la brevedad de los capítulos apuntala su carácter transitorio de recuerdo, el cierre vertiginoso nos devuelve al presente que, como futuro del pasado, es necesariamente punto de partida que refrenda la circularidad de los mitos, ya sean familiares, nacionales o mundiales.
No puedo decirles con qué gusto (y mezcla de emociones) terminé El verano de la serpiente, porque —como las grandes narraciones— es uno de esos textos que resuenan en el interior de sus lectores como detonador de su propia memoria. Ignoro qué parte del relato sea autoficción, pero lo que sí es un hecho es que en cada capítulo es posible distinguir, en pocos trazos, las distintas voces que componen esta novela, y que el todo (¡apenas 135 páginas!) está construido y ensamblado con madurez, maestría e ingenio.
Si también tienes dudas, no lo pienses más. Dale un voto de confianza a Cecilia Eudave y El verano de la serpiente. Recomendable sin cortapisas.