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Domingo Faustino Sarmiento Albarracín was an Argentine activist, intellectual, writer, statesman and the seventh President of Argentina. His writing spanned a wide range of genres and topics, from journalism to autobiography, to political philosophy and history. He was a member of a group of intellectuals, known as the "Generation of 1837", who had a great influence on nineteenth-century Argentina. Sarmiento himself was particularly concerned with educational issues, and is now sometimes considered "The Teacher" of Latin America. He was also an important influence on the region's literature.
Sarmiento grew up in a poor but politically active family that paved the way for much of his future accomplishments. Between 1843 and 1850 he was frequently in exile, and wrote in both Chile and in Argentina. His great literary achievement was Facundo, a critique of Juan Manuel de Rosas, that Sarmiento wrote while working for the newspaper El Progreso during his exile in Chile. The book brought him far more than just literary recognition; he expended his efforts and energy on the war against dictatorships, specifically that of Rosas, and contrasted enlightened Europe—a world where, in his eyes, democracy, social services, and intelligent thought were valued—with the barbarism of the gaucho and especially the caudillo, the ruthless strongmen of nineteenth-century Argentina.
While president of Argentina from 1868 to 1874, Sarmiento championed intelligent thought—including education for children and women—and democracy for Latin America. He also took advantage of the opportunity to modernize and develop train systems, a postal system, and a comprehensive education system. He spent many years in ministerial roles on the federal and state levels where he travelled abroad and examined other education systems.
Sarmiento died in Asunción, Paraguay, at the age of 77 from a heart attack. He was buried in Buenos Aires. Today, he is respected as a political innovator and writer.
Cada libro de Domingo Faustino Sarmiento es una Opereta. El tipo escribe como él es: todo sacado. Flashea siempre una trama en su contra, no literaria, sino política; pero la trama política solo está en su cabeza, y por esa misma razón cae en las manos del lector como si estuvieran desplegándose ante él las conspiraciones, las traiciones, los desplantes que tienen un carácter imaginario: el tema político se vuelve así forma literaria. Tanto el Facundo como este, el segundo que leí de él, Recuerdos de provincia, dicen de su propia persona (o del narrador, mejor dicho) una sola cosa: quiero posicionarme, quiero tener un lugar en la Argentina. El tiro le salió doblemente bien: tuvo un lugar en la historia del país, y en la historia de la literatura del país. Ya los epígrafes que abren el libro hablan del enorme ego monstruoso de Sarmiento. Uno de Shakespeare: “es éste un cuento que, con aspavientos / y gritos, refiere un loco, / y que no significa nada”. ¿En serio no significa nada plantarse ante Rosas, decir que es lo peor de lo peor, lo más malo de este mundo? De hecho, las mejores páginas aparecen cuando cobra importancia la figura del Restaurador. Con el segundo epígrafe trata de remedarse a sí mismo: “decir de sí menos de lo que hay, / es necedad y no modestia; / tenerse en menos de lo que uno vale, / es cobardía y pusilanimidad, según Aristóteles”, y firma un tal Montaige. ¿En qué quedamos, Sarmiento? Antes de que los recuerdos abran, hay un texto que funciona como prólogo, denominado “A mis compatriotas solamente”, ok, ¿el resto que hacemos? ¿Pasamos las páginas? Yo nací en tu mismo país, Domingo, pero imaginate que un chileno, que pobre se quedó afuera del mundial, quiera leer tu texto, ¿qué tiene que hacer? ¿Sentirse discriminado porque nació en otro territorio? Fea la actitud. Libro resentido, Sarmiento escribe por una sola razón, que deja en claro en una oración: “el deseo de todo hombre de bien de no ser desestimado, el anhelo de un patriota de conservar la estimación de sus conciudadanos, han motivado la publicación de este opúsculo…” Parece que Sarmiento no tenía el beneplácito de la prensa ni de los gobernadores de provincia, que lo llamaban “traidor, loco, envilecido, protevo, empecinado”. Sarmiento concentra toda la fuerza de su odio en una escritura poderosa. Los Recuerdos de provincia son así no a favor suyo, sino en contra de otros. Escribir en contra tiene su contraparte, porque uno no está feliz consigo mismo, quiere hacer daño, quiere que su palabra llegue a alguien. De la cruza de resentimiento, egocentrismo, necesidad de poder, locura, política y show, nace su literatura. Me llaman la atención sus capítulos. Escribe sobre las personas que lo formaron, dedica un capítulo a su padre, otro a su madre, otro a su educación, a sus abuelos, sus antepasados, es excelente como va haciendo una genealogía de dónde viene, o de dónde él cree que es. La prosa de Sarmiento no tiene comparación en la literatura argentina, por lo menos en la del siglo XIX. Eso hay que decirlo, escribe como los dioses. Hay muchas tensiones también. El narrador que crea es tan incomprensible y contradictorio que dan ganas de seguir leyéndolo, como con todo misterio, ¿no? Me quedo con una de sus frases que lo describen de pe a pa: “Tenemos decididamente una necesidad de llamar la atención de nosotros mismos, que hace a los que no pueden más de viejos, rudos y pobres, hacerse brujos; a los osados sin capacidad, volverse tiranos crueles; y a mí, acaso, perdónemelo, Dios, el estar escribiendo estas páginas.” Se te ven los hilos, tirano loco, mirá lo que hiciste de nosotros, en qué nos convertiste, ahora todo este país orbita desde hace más de doscientos años entre la civilización y la barbarie, somos como el Chacho, estamos enfermos, borrachos, ¡no traten de entendernos!
esta obra de autobombo arranca con mucha potencia y parece imponer un lenguaje lleno de energía y vitalidad que con el paso de las páginas se va apagando o más bien comienza a cansar con sus pretensiones y sobre todo su narrador, un sujeto bastante despreciable que dice que de niño no jugaba y era algo así como un pequeño cerebro dios qué horror. su pasión y cierto talento lo rescatan pero en líneas generales está piola para quedarse dormido onda 1 am cuando estás medio somnoliento. gran lectura para esos propósitos. no me cae bien Sarmiento, de ningún modo es épico, su mundana forma de representarse el mundo plagado de pullas y esa noción de 'escritor público' me la recontra bajan, me lo hace aborrecible y su estilo no me seduce. me llama la atención como dato de época y me parece que es vital que este libro se siga leyendo pero también UNA EXPEDICIÓN A LOS INDIOS RANQUELES, es quince veces mejor y demuestra cómo en la misma época se podía ser un distinto y aspirar a cosas más piolas. Lucius Victorius Imperator no se borrará jamás de mi mente, 'la pluma' de Sarmiento, ble, el Facundo también me torró en su momento...
Sarmiento, más allá de su controversial figura, es el mejor escritor del siglo XIX argentino. Quizá Mansilla, desde otro registro diferente, le haga un poco de competencia. En esta obra, a la vez íntima y pública, histórica y narrativa, documental y anecdótica, de defensa personal y de combate de ideas en el escenario público, Sarmiento avanza cronológicamente desde la prehistoria de la Nación Argentina, abordada a través de una serie de personajes que se relacionan con su propia familia e historia personal, pasando por su infancia y la época de su educación, hasta llegar a sus intervenciones en la vida pública de su provincia, su país y de Chile, a donde tuvo que irse desterrado por el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Las escenas pintorescas y el anecdotario interesante fluye de esa prosa verborrágica y explosiva que caracteriza la escritura de Sarmiento. Y entre los cuadros pintados con maestría y excelencia (baste recordar las escenas de los niños jugando a la guerra durante su infancia, o el intento de asesinarlo de aquella turba exaltada mientras estaba en prisión), lo que se entreteje constantemente es la autobiografía como género que habilita y acredita al personaje público (el libro fue escrito en 1850, dos años antes de la caída de Rosas) para desempañarse en la conducción de la naciente república. Una obra indispensable.
Este es el libro con el que entendí al Sarmiento escritor. Práctica que en él (y en todo el siglo XIX argentino, en general) está ligada necesariamente al terreno de la política. “Recuerdos de provincia” fue escrito con la certeza y el ansia (sobre todo el ansia) de que el gobierno de Rosas iba a caer, indefectiblemente, pronto. También presenta, como toda la obra sarmientina, los problemas del género al que suscribe. Si bien aparenta ser una biografía, no lo es o al menos no es una biografía como las conocemos, ya que tarda aproximadamente la mitad del libro para comenzar a desarrollar la propia historia de vida. Creo que este, contrario a lo que parece, es un punto fuerte porque demuestra la potencia de la pluma de Sarmiento, capacidad no tantas veces resaltada en la vasta carrera del prócer argentino. La indefinición genérica hace que el libro sea libre en su narrativa, ya que no necesita estar atado mucho a ninguna exigencia de estilo. Es particularmente interesante la manera en que el sanjuanino ata los cabos desde la historia colonial hasta su presente en Chile, siempre con miras al escenario de la Argentina posrrosista. Su pose de falsa modestia y, al mismo tiempo, de presunción de capacidad hace que el tono sea extraño pero atrapante (personalmente, considero que este Sarmiento es graciocísimo). Si, debo admitir, como todo libro que es fruto de la necesidad (como lo aclara el propio autor en el prólogo del libro) la segunda parte se me hizo un poco engorrosa con tanta referencia y mención a hechos, personas y escenas dirigidas al lector entendido del momento. Además, siento que el libro pierde potencia a medida que avanza, que ese Sarmiento hijo de la historia colonial pero aprendido a la luz de las ideas iluministas, ese Sarmiento capaz de aunar las dos tradiciones de desdibuja en las últimas entradas.
Sarmiento logra algo bastante impresionante: con el recurso biográfico conecta la historia personal con la nacional de una forma fluida y elegante, mientras a la vez utiliza anécdotas y situaciones para ilustrar su crítica a Rosas y llevar agua a su molino en la discusión sobre cómo debe ser el país y su gente. Hasta las cosas más cotidianas o que parecen lejanas a la política se vuelven un ejemplo, analogía o alegoría de la barbarie federal.
No simpatizo con la ideología de Sarmiento en general, pero su calidad literaria me sorprendió. Tiene sus momentos aburridos, eso sí. Pero en general vale la pena
Tres estrellas por lo bien que escribe, y porque cuando lográs construir una imagen con tu autobiografía (o autoficción) que va a perdurar por años y que va a hacer que la maestra de primario te cuente como Sarmiento no faltaba nunca a la escuela, es porque tenés talento. Si tuviera que basar el puntaje en mi opinión del hombre o en mi disfrute del libro, le daría una estrella con suerte.
Un escritor contemporáneo escribiría: "Entonces talamos la higuera", y si es un escritor como los que abundan la frase no pasaría del mero registro: no habría ni imagen, ni fraseo, ni recurso, ni pensamiento, ni nada muy diferente al twit más chato, a un posteo de facebook. Sarmiento es siempre desmesurado, por eso divierte, y por eso prefiere: "Fue este un momento tristísimo, una escena de duelo y de arrepentimiento. Los golpes del hacha higuericida (!!!) sacudieron también el corazón de mi madre, las lágrimas asomaron a sus ojos, como la savia del árbol que se derramaba por la herida... (etc.)". En la desmesura literaria está la desmesura del proyecto político, y ese camino de ida y vuelta funda de paso un mito que se va a consolidar recién un siglo más tarde: el del self-made man literario --una herencia cara a quienes no heredamos biblioteca. Sarmiento escritor, Sarmiento presidente, Sarmiento políglota, maestro, traductor, viajero, agrimensor, perito, estadista, militar: Sarmiento autodidacta. En el fraseo apurado y siempre sobrecargado aparece todo el tiempo, como un centro móvil, ese yo exagerado y adusto que inventa a fuerza de disciplina y de anécdotas, y que no puede sino publicar. Recuerdos de provincia está todo hecho de este impulso exagerado, en el que hasta la tala de una higuera se vuelve un rasgo de carácter y, en última instancia, una cuestión de Estado.
Primero, conmueve. Estos recuerdos son la exitosa plasmacion del principio de personificación sarmientino. Conmueve ser sudamericano y leer esta vida y la consciencia de esta vida que barre contra la austeridad. Y qué decir de aquellos personajes construidos con el detalle propicio y la justa vitalidad histórica; los Oro, los Fray Justo.
El niño modelo, según el patrón norteamericano, lleva un diario de su vida que se interrumpe por muerte prematura. El nuestro tiene que vivir para llegar a Presidente y para escribir su biografía ya crecidito. En este caso, la biografía se llama Recuerdos de Provincia. (Es curioso que todas las autobiografías sean de niños modelos. Habría que averiguar por qué no las escriben los niños malos).