"¡Cuántos hombres ilustres tienen vidas que no están a la altura de sus obras!", dice Henri Troyat en esta magnífica y detalladísima biografía sobre uno de mis tres escritores preferidos. No puedo dejar de estar tan de acuerdo con el autor, ya que su biografía me ha maravillado.
La vida de Dostoievski durante décadas fue una seguidilla de desgracias que lo acompañaron casi hasta sus años finales y luego de todos esos padeceres pudo saborear un poco de efímera gloria antes de su muerte.
Es que al igual que Troyat yo sostengo lo mismo. Es muy fácil ser un acaudalado Turgueniev o un viejito chocho como Whitman.
Autores que no sufrieron ningún tipo de alteración de ninguna índole en su vida; con una buena posición social, dinero, despreocupados, se levantaban a la mañana y se decían “hoy, como estoy sensible y aburrido, voy a escribir unos versos”. La vida no les presentaba obstáculos, no tenían nada de qué preocuparse.
Distinto era el caso de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, que atravesó todos los sufrimientos posibles que un ser humano puede soportar, de la misma forma que Edgar Allan Poe lo hizo. Poe sucumbió, pero Dostoievski estuvo cerca. Pero aún así, no cejar nunca en escribir sin parar y además escribir novelas notables e inolvidables.
Le pasó de todo: tuvo una infancia durísima, un padre brutal, vivió la pobreza de cerca casi toda su vida, fue encontrado culpable al cruzarse con un grupo revolucionario que quería atentar contra el Zar, fue humillado en un simulacro de fusilamiento, fue enviado preso a realizar trabajos forzados a Siberia ¡durante cuatro años!, sufrió la humillación de sus pares, tuvo una desastrosa adicción a juego de ruleta que lo dejó innumerables veces en la ruina, sufría de horrorosos ataques de epilepsia, el hecho de ser epiléptico lo acercaba constantemente a la muerte, sufrió la muerte de dos de sus hijos, Sonia y Fiódor, tuvo que soportar la opulencia que le los escritores afamados (como Turguéniev) le pasaban por la cara, vivió al límite y sin embargo escribió, escribió y escribió.
Nos legó joyas de la literatura como “Crimen y castigo”, “El idiota”, “Los demonios” y su monumental “Los hermanos Karamázov”, concebida durante sus últimos tres años de vida. Disfrutó solo dos años de cierto bienestar económico, que son casualmente los últimos: 1880 y 1881.
Murió a los 59 años para entrar en la gloria de transformarse en el escritor ruso más grande de todos los tiempos. Sí, mejor que Tolstói.
Logró trascender en la vida como un ser humano digno y cabal, y de ser un extraordinario escritor, con todas las letras.
Por eso digo que es muy fácil ser un Whitman o un Turguéniev. Difícil es ser Poe o Dostoievski.