El libro entremezcla dos historias.
La primera es la vida y muerte de Mónica Briones, artísta plástica de 34 años, abiertamente lesbiana, que fue asesinada en 1984 bajo extrañas circunstancias en plena dictadura.
Mónica fue una figura compleja, obligada a crecer y vivir en una época donde ser homosexual era sinónimo de «desviado» o «raro». Hubiese sido fácil o tentador caer en la hagiografía, pero el libro, oportunamente, lo evita. El texto entra en las dificultades que tuvo Mónica durante su vida, como una frustrante carrera profesional, el consumo de alcohol, y la difícil y contradictoria relación que mantuvo con su madre hasta sus últimos días; junto con esto, también aborda la frustrante investigación judicial que poco y nada permitió dislucidar acerca de quién fue el responsable del crimen y por qué asesinó a Mónica. Todo esto, envuelto en una narración subjetiva, personal, en primera persona por parte de la autora, que en algunos momentos se ve obligada a entrar en el campo de la especulación para tratar de explicar o hacer sentido de ciertos aspectos o episodios de la vida de Mónica.
Y he aquí la segunda historia: la búsqueda que Érika Montecinos, la autora, emprendió durante dieciocho años —en su rol como periodista y activista lesbofeminista— para conocer, entender y dar a conocer quién fue esta mujer cuya brutal muerte la convertió en una figura. Por lo general, este segundo relato funciona bien, pues a través de su propia experiencia, la autora ilustra cómo fue crecer en una época donde la diversidad sexual no era del todo aceptada —como sí lo es hoy día—, cómo se llega al activismo y cómo la muerte de Mónica influencia su vida. Esta segunda historia, no obstante, simplemente es menos interesante que la primera. Y esto no sería un problema, excepto por el hecho de que en algunos momentos, en particular en las últimas páginas del libro, Mónica Briones queda totalmente relegada a un segundo plano.
El excesivo protagonismo de Montecinos resta al relato, pero, por fortuna, su pluma es inspirada y, salvo por algunos pasajes algo confusos, bastante clara y en ciertos momentos emotiva. No se queda solo en el dato y trata de hacer sentido de una muerte trágica y absurda.
No obstante, al final del libro la figura de Mónica Briones se mantiene opaca. Y no porque la investigación periodística haya sido insuficiente, si no, tal vez, porque su vida fue abruptamente truncada y el misterio de su asesinato perdura. Una vida inconclusa, incompleta, y en el papel no podía ser de otra manera.