“Sus ojos, atentos y apasionados, seguían los rápidos movimientos de las nubes. «Sombras de mis antepasados —meditaba—, reconoced vuestra sangre; soy valiente como vosotros. No os espante el extraño atuendo en que me veis, seré fiel al honor. Esta llama secreta de honor y de heroísmo que vosotros me habéis legado no encuentra nada digno de ella en este prosaico siglo en que el destino me ha puesto.»”
Un relato breve, de menos de cincuenta páginas, donde reaparece el sello stendhaliano por excelencia: un personaje que acapara la escena con la fuerza de su singularidad. Sin embargo, esta vez la construcción del personaje no me resultó del todo verosímil. Frente al realismo psicológico que caracteriza al autor, Mina, con su alma alemana indómita, que peca y se vanagloria de su excepcionalidad, termina por parecer más ridícula que heroica, tomando decisiones que, quizá debido a la brevedad del formato, carecen de la coherencia interna que distingue a los grandes personajes de Stendhal. De los relatos que he leído de Beyle, este es, sin duda, el que me ha parecido más flojito de papeles.
La escena en que Mina se disfraza de sirvienta resulta confusa y, me atrevo a decirlo, banal —por primera vez empleo esta palabra para la obra de Stendhal—. No hay aquí la grandeza trágica de esas almas italianas que nos cautivan en La cartuja de Parma o en las Crónicas italianas; en su lugar, encontramos un idealismo germánico que se queda en la superficie, un misticismo sin hondura, apenas esbozado y poco explorado por el autor. Stendhal, tan lúcido al capturar las pasiones humanas en conflicto con la sociedad, parece aquí haberse conformado con un estereotipo: la mujer exaltada y romántica cuyo dramatismo roza lo melodramático sin alcanzar la verdad psicológica que esperamos de él.