La vida pública de Jesús a través de los ojos de Nicodemo.
El reflejo de uno mismo en el personaje de Nicodemo es recurrente y hasta lógico. Uno se hace protagonista en esta historia ¿Por qué?
Porque es un ser humano y, aun teniendo el sentido de la trascendencia enraizado en su cultura y tradición judía, la encarnación de un Dios y su concreción en la humildad y el amor extremo es difícil de absorber, sobre todo cuando esperas a un Mesías aplastador de legiones romanas. ¿Cómo iba a comprender este soberbio fariseo a un Dios humillado y derrotado? ¿Cómo vamos nosotros a reconocer la exigencia que nos pide Dios si no queremos asumir la radicalidad que nos pide?
¿Cómo va a abandonar y renunciar a sus refugios y poderes por una persona que ha echado a perder la oportunidad de elevar al pueblo de Israel sobre cualquier otro? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido tiene la cruz, si ese que venía a cambiar al mundo ha muerto? Incluso sus seguidores incondicionales fueron dispersados por la repugnancia de su muerte. Si este es el Hijo de Dios, ha fracasado en su misión. Será olvidado en la historia y, si deja algún atisbo de su rastro, no será más que el de una persona que hizo grandes obras, pero que no pudo con este mundo implacable.
Así se queda Nicodemo, triste y desesperanzado, pues depositó su esperanza y su poder en un hombre extraordinario, pero nada más.
Pero nos han contado la historia… Los humildes pescadores seguidores de Jesús y nuestro amigo Nicodemo viajan de la traición a su Maestro, al abandonarle en su muerte, a reunir una fuerza y un poder jamás visto, convirtiéndose en testimonio de lo que han vivido. De repente, no hay frontera ni poder terrenal capaz de ahuyentarles. Una fuerza mayor que la de aquellos héroes de las epopeyas cantadas por los griegos ha nacido en su corazón. ¿Cómo es posible? ¿Cómo esos inútiles y cobardes han llegado a todos los confines de la tierra conocida, poniendo sus vidas en holocausto?
No puede ser otra cosa que la manifestación del mayor poder visto por el universo desde su creación. La resurrección, la vuelta a la vida, la victoria sobre el fin de las cosas. La certeza de la eternidad condensada en un mundo minúsculo y diminuto presente en un universo enorme.
¿Cómo explicar esto? Difícil. Solo una experiencia de amor que jamás comprenderemos, pero que inundó con fuego los corazones de Nicodemo y los discípulos, puede ser la respuesta. He aquí el sentido del dolor y sufrimiento, de la gracia de la libertad y el mal que nace después. He aquí la evidencia de nuestra fe y de la promesa de la eternidad.